La universidad ha dejado de ser, en gran medida, un espacio de pensamiento crítico para convertirse en un dispositivo de producción adaptado al mercado, incluso cuando ese mercado ya no garantiza futuro alguno. La reflexión de Srećko Horvat, formulada con claridad incómoda en una entrevista publicada en El País, funciona como síntoma y como advertencia: algo se ha roto en la relación entre pensamiento, universidad y acción política.
El pensamiento crítico puede producirse en los claustros, pero la reforma de Bolonia ha convertido las universidades en fábricas de empleados para el mercado laboral, donde por cierto no hay trabajo.
La afirmación de Horvat apunta directamente al núcleo del problema. La universidad ya no se organiza en torno al pensamiento como fin, sino alrededor de indicadores de productividad, empleabilidad y evaluación constante. En ese desplazamiento, la crítica se tolera solo mientras no interrumpa el funcionamiento del sistema.
Cuando Horvat afirma que la universidad ya no es un lugar donde gozar de libertad para pensar y que no quiere formar parte de ello, no plantea una retirada romántica ni una deserción individualista. Señala, más bien, una línea de fractura. Permanecer dentro de una institución que neutraliza el conflicto puede acabar convirtiendo la crítica en simulacro, en gesto autorreferencial incapaz de producir efectos fuera de su propio circuito.
Este diagnóstico conecta con una percepción cada vez más extendida: la crítica cultural atraviesa un momento de debilidad. Papers, congresos y debates circulan dentro de un ecosistema cerrado, mientras el espacio público se llena de ruido, simplificación y espectáculo. Son malos tiempos para la crítica y buenos tiempos para la sátira. El populismo, la postverdad y la xenofobia avanzan de la mano de figuras bufonescas, y la risa funciona muchas veces como anestesia más que como resistencia.
Lo que distingue la posición de Horvat es su insistencia en ir más allá de la protesta como gesto repetido. Su interés no está en acumular denuncias, sino en imaginar nuevas formas de organización política que desborden los marcos convencionales. Pensar ya no basta. La crítica, si quiere seguir siendo relevante, debe vincularse a prácticas reales, asumir riesgos y abandonar la comodidad institucional.
En el ámbito de la cultura visual, la teoría de la imagen y la investigación artística, esta reflexión resulta especialmente pertinente. La universidad como fábrica, la crítica como simulacro y la sátira como válvula de escape forman parte del mismo paisaje. Pensar desde ahí implica aceptar el conflicto, renunciar a ciertas seguridades y replantear las condiciones mismas desde las que se produce el pensamiento crítico hoy.
Autor: Ángel García Fernández
Año: 2026
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