Sinopsis:
Merab es un joven bailarín que forma parte de la Compañía Nacional de Danza de Georgia. Su vida está marcada por la disciplina, la tradición y la exigencia física de un baile que no admite fisuras. La llegada de Irakli, un nuevo bailarín con un carácter más libre y provocador, introduce una tensión que va más allá de la rivalidad profesional y empuja a Merab a enfrentarse a su deseo y a su lugar dentro de una sociedad profundamente conservadora.
Crítica:
Al terminar «Sólo nos queda bailar» tengo la sensación de haber asistido a una reflexión muy lúcida sobre el cuerpo como espacio de conflicto, de deseo y de resistencia. El filme me interesa especialmente porque no utiliza la danza como mero decorado, sino como auténtico lenguaje narrativo y político. Todo pasa por el cuerpo: la tradición, la represión, el deseo y, finalmente, la posibilidad de una afirmación personal.
Levan Akin filma la danza con respeto y cercanía, evitando la espectacularización gratuita. La cámara se sitúa casi siempre a la altura de los intérpretes, atendiendo a la respiración, al esfuerzo, a la tensión muscular. Esa proximidad convierte cada ensayo en una escena dramática en sí misma y hace que el conflicto no se exprese tanto con palabras como con gestos, miradas y silencios. El ritmo del filme está muy bien calibrado, dejando que las coreografías construyan sentido sin necesidad de subrayados.
La interpretación de Levan Gelbakhiani como Merab me parece fundamental para que la película funcione. Su trabajo es contenido y físico, más basado en la presencia que en el discurso. Transmite con mucha precisión la fractura interna entre la obediencia a una tradición heredada y la necesidad de escucharse a sí mismo. Frente a él, Bachi Valishvili encarna a Irakli con una energía distinta, más abierta y magnética, que actúa como catalizador del conflicto. La relación entre ambos se construye con mucha inteligencia, sin caer en el melodrama fácil.
Hay una escena de ensayo, en la que ambos bailan frente a frente, que me parece especialmente significativa. No es un clímax evidente, pero concentra toda la tensión del filme: el cuerpo como desafío, como afirmación y como riesgo. En ese momento la danza deja de ser disciplina para convertirse en declaración íntima. Es una escena sobria, casi seca, y precisamente por eso resulta tan potente.
Quizá el filme se apoya en algunos momentos en una oposición algo esquemática entre tradición y opresión, y ciertos personajes secundarios podrían haberse desarrollado con mayor complejidad. Aun así, estas limitaciones no empañan el núcleo de la película, que está en su capacidad para convertir una historia personal en una reflexión más amplia sobre identidad, pertenencia y libertad.
«Sólo nos queda bailar» es, en conjunto, un filme honesto y muy bien construido, que entiende el cuerpo como un territorio político sin necesidad de discursos explícitos. Una película que demuestra que a veces basta un gesto, un paso de baile o una mirada sostenida para cuestionar todo un sistema de valores.