Sirāt narra el viaje de un padre y su hijo a través de un territorio árido y exigente, un desplazamiento físico que pronto se convierte en una travesía moral y existencial. Más que una historia de destino, la película se articula como una experiencia de tránsito, donde el paisaje, el cansancio y el tiempo imponen su propia lógica.
He visto Sirāt en casa, en televisión, y desde el principio tengo la sensación de estar ante una película que no busca mi complicidad fácil. Óliver Laxe vuelve a plantear el cine como una prueba, no tanto para los personajes como para quien mira. No hay aquí voluntad de seducción ni de relato amable, sino una insistencia casi obstinada en sostener una forma de estar en el mundo marcada por el desgaste, la repetición y la intemperie. Esa coherencia radical es, para mí, una de sus mayores virtudes y explica que mi valoración sea claramente alta.
Lo que más me interesa de Sirāt es cómo desplaza el centro de gravedad del cine narrativo hacia algo más físico y perceptivo. El paisaje no acompaña la acción, la condiciona; no ilustra, presiona. La cámara se mantiene atenta al tiempo real del desplazamiento, al peso de los cuerpos, al silencio que se instala entre los personajes. Como espectador, no siento que me cuenten algo, sino que me colocan en una posición incómoda desde la que tengo que aprender a mirar de otra manera. Hay planos que se prolongan más de lo que espero, situaciones que no avanzan, y en ese aparente estancamiento empiezo a entender que la película no quiere llevarme a ningún sitio concreto, sino obligarme a permanecer.
Sergi López resulta fundamental en este equilibrio. Su interpretación me parece contenida, seca, casi agotada, y precisamente por eso profundamente convincente. No busca imponerse al dispositivo ni reclamar atención, sino integrarse en él. Hay algo en su manera de caminar, de cargar con el cuerpo y con la responsabilidad, que transmite una vulnerabilidad muy poco subrayada, muy poco explicada. No me provoca admiración ni rechazo, sino una cercanía incómoda, como si su personaje encarnara una forma de resistencia que no tiene nada de heroica. En una película tan exigente, su presencia actúa como un anclaje humano que me permite seguir adelante sin que la experiencia se vuelva abstracta o distante.
Hay una escena, ya avanzada la película, en la que el grupo se detiene en mitad del trayecto, sin dramatismo ni énfasis narrativo. No ocurre nada que pueda resumirse en términos de acción, y sin embargo para mí es uno de los momentos más reveladores. El tiempo parece suspendido, el paisaje se impone con toda su dureza y los personajes quedan reducidos a cuerpos que respiran, esperan y resisten. Esa escena me resulta especialmente poderosa porque condensa la propuesta del film: no hay promesa de sentido, solo la experiencia de estar ahí, de sostener el camino aunque no sepamos muy bien por qué.
Sirāt no es una película cómoda ni complaciente, y tampoco creo que lo pretenda. Me exige atención, paciencia y una disposición a aceptar la incomodidad como parte del viaje. Pero precisamente por eso la valoro tan alto. Siento que Laxe confía en la inteligencia y en la resistencia del espectador, y que no rebaja su mirada para hacerla más digerible. Salgo de la película con la sensación de haber atravesado algo intenso y honesto, un cine que no se limita a ocupar un tiempo, sino que deja una huella, una especie de sedimentación lenta que sigue trabajando después de que la pantalla se apaga.