Oliver Laxe: hacer cine desde la depresión y el silencio

Oliver Laxe

Oliver Laxe es el director español que ha ganado un premio en Cannes con cada una de sus cuatro películas. Nació en París. Creció en Galicia. Aprendió cine en Barcelona y encontró su voz en Tánger. No hay un solo origen. Hay un desplazamiento permanente que es el nervio central de toda su obra.

Sus padres eran emigrantes gallegos. Se conocieron en el Bataclan parisino y trabajaban como porteros en el distrito XVI. Oliver creció viendo esa distancia desde dentro. Cuando tenía seis años, la familia volvió a Galicia. Llegó a una tierra que era suya por sangre pero que le resultaba extraña por idioma y por código. «Pasé de ser el primero de la clase al último», ha dicho. «He estado deprimido desde los seis años, y esa depresión me ha llevado a hacer cine.»

Esa frase me parece una de las más honestas que un director puede pronunciar. No es el cine como vocación heroica. Es el cine como forma de sobrevivir a la inadaptación. Y ahí está todo Laxe: en el gesto de alguien que aprende a mirar porque no encaja en lo que mira.

Estudió Publicidad en Pontevedra porque no había otra opción cerca. Después descubrió el cine de autor en el Cineclub local. Finalmente, accedió a la Facultad de Comunicación de la Universitat Pompeu Fabra. Tras un paso breve por Londres, eligió Marruecos como siguiente estación. No lo conocía. Lo eligió antes de conocerlo. El cine de autor de Laxe no nace del control. Nace de la disposición a perderse.

Una poética del tránsito

Si tuviera que definir el cine de Laxe con una sola imagen, elegiría la de alguien caminando por un paisaje que lo supera. No como metáfora vacía, sino como estructura narrativa literal. Sus personajes atraviesan territorios: el Rif, el Atlas, los bosques de los Ancares, el desierto que bordea Mauritania. En ese tránsito se juega la posibilidad de la redención. Y también la pregunta de si uno puede volver a ser parte de algo.

Sus influencias declaradas son Tarkovski, Bresson y Rossellini. De Tarkovski, a quien llama su gran maestro, toma el tiempo dilatado. Ese tempo que obliga al espectador a habitar lo que ya está sucediendo. De Bresson toma la austeridad y el gesto mínimo. De Rossellini, la ética de la presencia.

Además, Laxe añade algo que no encuentro en ninguno de sus maestros. Es una espiritualidad que tiene que ver con el sufismo y la psicología jungiana. También están los Rolling Stones y la cultura rave como rito contemporáneo. No es una contradicción. Es el mapa de alguien que busca en muchas direcciones al mismo tiempo.

Lo que más me resulta singular de su mirada es la relación que establece con los no actores. No los usa para conseguir «autenticidad» como coartada estética. Al contrario, convive con ellos antes de rodar. Por eso sus películas respiran de una manera que el cine español con actores profesionales rara vez consigue.

El método: convivir antes de filmar

Hay cineastas que trabajan con no actores como si fueran documentalistas camuflados. Laxe no. Su proceso es más radical y, en cierto modo, más exigente. Antes de cada rodaje pasa semanas o meses conviviendo con las personas que va a filmar. No les da instrucciones de actuación. Les da tiempo. Lo que importa es la presencia, no la técnica.

Para Todos vós sodes capitáns, vivió en Tánger durante meses antes de rodar. Para O que arde, se instaló en los Ancares y cultivó la confianza de Benedicta Sánchez hasta que la cámara dejó de ser un elemento extraño en su vida. El resultado no es interpretación. Es algo más cercano a la conducta real filmada en tiempo real.

Por eso sus películas tienen esa textura extraña. No son documentales. Sin embargo, tampoco son ficción en el sentido convencional. Son algo intermedio que todavía no tiene un nombre del todo preciso. Yo las llamaría «presencias fílmicas»: momentos en que la cámara no captura lo que alguien hace, sino lo que alguien es.

También es importante su relación con el tiempo de rodaje. Laxe no trabaja con guiones cerrados. Trabaja con estructuras. Con situaciones. Con preguntas abiertas. De hecho, ha declarado que en Sirât la mayor parte de las escenas con ravers reales eran situaciones diseñadas pero no escritas. El director como arquitecto de la situación, no como controlador del resultado.

La filmografía de Oliver Laxe: los primeros pasos

Todos vós sodes capitáns (2010) es una ópera prima que contenía en embrión casi todo lo que vendría después. Se rodó en Tánger con veinte mil euros de una beca de la Xunta de Galicia. En película, no en digital. Narra la experiencia de un cineasta europeo intentando hacer una película con niños de un centro de menores marroquí. La comunicación fracasa, o se transforma. De ese fracaso surge algo más honesto que cualquier éxito planificado. La Quincena de Realizadores de Cannes la seleccionó y le otorgó el Premio FIPRESCI.

Lo que más me llama la atención de esa primera película es su honestidad sobre el propio gesto de filmar. El director dentro de la película es también un extranjero. También fracasa. Sin embargo, en lugar de ocultar ese fracaso, lo convierte en el tema central. Eso requiere un tipo de valentía que no es frecuente en las óperas primas.

Mimosas (2016) es la película que más me fascina de su primera etapa. También creo que es la más arriesgada. Una caravana atraviesa el Atlas marroquí para llevar los restos de un jeque anciano a su lugar sagrado. Dos jóvenes sin razones para la fe se ven arrastrados por un encargo que no pidieron. Laxe la definió como «un western religioso» y la fórmula es exacta. Además, ganó el Gran Premio de la Semana de la Crítica en Cannes.

En Mimosas el paisaje deja de ser decorado para convertirse en sujeto. Las montañas del Atlas no son el fondo de la acción. Son parte de la acción. Imponen un ritmo, una dificultad, una escala que reduce a los personajes humanos a algo muy pequeño. Por eso la película tiene esa dimensión casi mística que resulta difícil de verbalizar. Es una película que se siente antes de entenderse.

El regreso a Galicia y el salto a Cannes

O que arde (2019) fue el retorno a Galicia. También fue el salto al reconocimiento más amplio. La historia es la de Amador, un pirómano que sale de prisión y vuelve a la aldea donde vive su madre. No mucho más en términos de trama. Sin embargo, lo que rodea esa historia mínima es un retrato de la Galicia rural sin equivalente en el cine español reciente. Mauro Herce ganó el Goya a Mejor Fotografía. Benedicta Sánchez, actriz no profesional de 84 años, ganó el Goya a Mejor Actriz Revelación. La película recibió el Premio del Jurado en Un Certain Regard.

Sirât (2025) es la que llega más lejos. La produjeron los hermanos Almodóvar junto a Movistar+. Sergi López protagoniza rodeado de ravers reales. La acción ocurre en el desierto marroquí. Un padre y su hijo buscan a la hija desaparecida en una rave. El título viene de la tradición islámica. El Sirât es el puente que une el infierno con el paraíso: más estrecho que un cabello y más afilado que una espada.

Sirât: la película más difícil de Laxe

Lo que más me interesa de Sirât es su negativa a ofrecer consuelo. La primera mitad es hipnótica. Casi documental en su inmersión en el mundo de los travellers. La cámara de Mauro Herce sigue los cuerpos en movimiento con una precisión que parece biológica. No hay distancia estética. Hay inmersión total.

La música juega en Sirât un papel que va más allá de la banda sonora. Es arquitectura dramática. Las sesiones de techno y trance no ilustran la rave. La construyen. Llevan al espectador a un estado alterado que prepara el terreno para lo que viene después. Es uno de los usos más inteligentes del sonido que he visto en el cine europeo reciente.

La segunda mitad, en cambio, acumula golpes de una violencia que no es espectáculo. No hay coreografía del dolor. Hay dolor. La crítica se dividió: unos la consideran su obra más radical, otros ven en ella un exceso calculado. A mí me parece que esa división garantiza que algo genuino está en juego. Por eso me interesa más que las películas que gustan a todo el mundo.

Además, Sirât plantea preguntas que van más allá del drama familiar. ¿Qué busca la juventud europea en el desierto? ¿Por qué la experiencia colectiva de la música electrónica ofrece lo que las instituciones no pueden dar? ¿Puede un padre seguir a su hija a un territorio que no reconoce? Laxe no responde. Pregunta con imágenes. Y eso, en 2025, es cada vez más inhabitual. Premio del Jurado en Cannes 2025. Premio Hugo de Oro en Chicago. Nominada al Oscar.

Puedes leer el análisis de las escenas más comentadas en ElDiario.

Galicia como territorio político

El regreso a Galicia en O que arde no fue solo geográfico. Fue un gesto político. Los incendios forestales en Galicia tienen una historia de especulación, negligencia y abandono institucional. Laxe no hace una película de denuncia. Sin embargo, pone la cámara exactamente donde está el conflicto: en la relación entre el cuerpo humano y una tierra que arde.

La Galicia que filma Laxe no es la del turismo ni la del folclore. Es la Galicia de la despoblación, de los mayores que se quedan solos, de los bosques que el Estado tarda en proteger. Es también la Galicia del Novo Cine Galego, ese movimiento que desde finales de los 2000 ha producido algunas de las obras más interesantes del cine español contemporáneo.

Laxe es parte de ese movimiento sin pertenecer completamente a él. Sus películas comparten con el Novo Cine Galego la apuesta por el territorio y por los no actores. Sin embargo, su universo espiritual y su vinculación con Marruecos lo sitúan en un lugar propio. No es un cineasta regional. Es un cineasta que usa la región como punto de partida hacia algo más amplio.

También me parece relevante lo que Laxe dice sobre el idioma. Rueda en gallego. No como reivindicación identitaria explícita, sino porque el gallego es el idioma de sus personajes. De hecho, ha declarado que rodar en castellano con esas personas habría sido una falsificación. El idioma es parte de la verdad del paisaje.

El sonido como segundo lenguaje

Una de las dimensiones menos comentadas del cine de Laxe es su relación con el sonido. Sus películas no tienen bandas sonoras convencionales. El sonido es diegético en su mayor parte. El viento. La lluvia. El fuego. Los pasos. En O que arde, los sonidos del bosque tienen una presencia tan activa como los personajes humanos.

Por eso sus películas funcionan tan bien en sala grande y tan mal en el móvil. No es una cuestión de formato visual. Es una cuestión de envolvimiento sonoro. Laxe diseña experiencias sensoriales que requieren una pantalla que ocupe el campo de visión y unos altavoces que rodeen el cuerpo.

En Sirât, además, el sonido pasa de ser paisaje a ser agente narrativo. La música electrónica no acompaña la historia. La provoca. Los cambios de estado emocional en la película coinciden con los cambios de temperatura sonora. Es una dramaturgia que viene más de la música que del guion. Por eso resulta tan difícil de resumir y tan fácil de recordar físicamente.

Cannes como casa y como espejo

El recorrido de Laxe por Cannes es uno de los ascensos más coherentes que recuerdo en el cine europeo reciente. Quincena de Realizadores. Semana de la Crítica. Un Certain Regard. Competición Oficial. Cada película en una sección más central. No es el ascenso de alguien que adapta su cine al mercado festivalero. Es el de alguien cuya búsqueda personal converge, con el tiempo, con lo que Cannes es capaz de reconocer.

Además, hay algo notable en eso. Un cine tan comprometido con la experiencia sensorial sobre la explicación ha encontrado en Cannes un interlocutor a la altura. Por eso su trayectoria no parece una concesión. Parece una convergencia entre un director que no cambia y un festival que aprende a reconocer lo que antes no sabía ver.

También es significativo el apoyo institucional que ha recibido en España. La retrospectiva que el Museo Reina Sofía le dedicó en febrero de 2026 es un reconocimiento que pocos directores españoles vivos han recibido. Y el hecho de que la Academia de Cine lo haya nominado en múltiples categorías con Sirât sugiere que el consenso crítico ha llegado finalmente al reconocimiento institucional.

El ermitaño con agente de Hollywood

Hay un detalle que me parece casi cinematográfico en sí mismo. Oliver Laxe vive en Vilela, una aldea de cinco casas en el Valle de los Ancares. Vive rodeado de animales y bosque. Y, sin embargo, comparte agente con Jim Jarmusch, Spike Lee y Sofia Coppola. Esa contradicción no es pose. Es la expresión más honesta de quién es.

Ha dicho que la etimología de radical es radicalis: raíz en latín. «Soy radical porque estoy comprometido a conectar con mis raíces.» Esa frase me parece la clave de todo. No es radicalismo como provocación. Es la radicalidad de quien vuelve al origen para mirar el presente con ojos sin ruido.

Además de director, estudia psicoterapia Gestalt. Define Sirât como «psicoterapia con LSD». También trabaja como actor y ha creado instalaciones para el Museo Reina Sofía. Es, en el mejor sentido posible, un artista sin fronteras de género ni de disciplina.

También conviene recordar que el salto de producción en Sirât es enorme. Los hermanos Almodóvar pusieron su nombre y su red detrás de esta película. Eso no cambió el cine de Laxe. Sin embargo, sí le dio los medios para llevar su visión más lejos: más días de rodaje, más tiempo en el desierto, un actor de primer nivel como Sergi López. El resultado demuestra que el dinero no corrompe necesariamente. A veces, simplemente amplifica.

Por qué me importa el cine de Oliver Laxe

Me cuesta hablar de Laxe sin una cierta emoción. No es solo que me gusten sus películas. Es que su existencia como cineasta me parece necesaria. La mayoría de las películas de autor «arriesgadas» están, en realidad, calibradas para el riesgo que el mercado admite. Laxe hace algo distinto.

Hace el cine que necesita hacer. Vive donde necesita vivir. Trabaja con el tiempo que necesita tomarse. Hay casi cinco años entre cada una de sus películas. Eso no garantiza que cada una sea una obra maestra. Sin embargo, garantiza algo más valioso: que cada película es irreducible. Que no podría haberla hecho otra persona en otro momento.

En un cine lleno de propuestas que suenan a lo que ya sabemos que suena el cine de autor, las películas de Laxe resuenan como algo que todavía no habías oído. Hay en su trabajo una confianza en el espectador que me parece cada vez más rara. No explica. No condescende. No señala la emoción correcta. Confía en que la imagen y el sonido llegarán solos si están bien puestos.

De hecho, esa confianza es también una forma de respeto. Un respeto hacia los personajes que filma. Hacia los paisajes. Hacia quien está en la sala. Por eso, cuando una película de Laxe funciona plenamente, la experiencia no se parece a ver una película. Se parece más a haber estado en algún sitio.

Puedes ver su trayectoria completa en Filmin y leer lo que le dedica la Academia de Cine española. También puedes escuchar su conversación con MUBI en el podcast Encuentros, especial Cannes 2025.

Para seguir leyendo y viendo

Retrospectiva en el Museo Reina Sofía — «Paisajes en trance. El cine de Oliver Laxe» (febrero 2026)
Entrevista en Cinencuentro — «Tarkovski es mi gran maestro»
Podcast MUBI Encuentros — Especial Cannes 2025, Sirât
Entrevista en El Salto — Oliver Laxe sobre O que arde
ElDiario — Laxe desvela los secretos de cuatro escenas de Sirât


Ficha

Nombre completo Óliver Laxe Coro
Nacimiento París, 11 de abril de 1982
Nacionalidad Española (nacido en Francia)
Lenguas de trabajo Gallego, español, francés, árabe marroquí, inglés
Colaboradores habituales Mauro Herce (fotografía) · Santiago Fillol (guion)
Filmografía principal Todos vós sodes capitáns (2010) · Mimosas (2016) · O que arde (2019) · Sirât (2025)
Premios en Cannes Premio FIPRESCI, Quincena de Realizadores (2010) · Gran Premio Semana de la Crítica (2016) · Premio del Jurado, Un Certain Regard (2019) · Premio del Jurado, Competición Oficial (2025)
Otros premios 2 Premios Goya por O que arde: Mejor Fotografía y Mejor Actriz Revelación · Nominaciones Goya a Mejor Dirección y Mejor Guion por Sirât (2026) · Premio Hugo de Oro, Chicago (2025) · Nominaciones al Oscar a Mejor Película Internacional y Mejor Sonido
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