Un simple accidente

«Un simple accidente» parte de un hecho cotidiano, casi insignificante, un choque leve en la carretera, para abrir una grieta moral que se ensancha a medida que avanza el relato. Lo que podría resolverse como un trámite más se transforma en una situación límite donde cada gesto, cada silencio y cada decisión revelan una compleja red de responsabilidades, culpas y miedos que ya no admiten una salida limpia.

Crítica

«Un simple accidente» es uno de esos filmes que me atrapan precisamente porque no parecen querer hacerlo. Todo en él es discreto, contenido, casi modesto, y sin embargo esa aparente sencillez es solo la superficie de una construcción ética muy exigente. Jafar Panahi vuelve a demostrar que no necesita grandes artificios narrativos para plantear preguntas incómodas; le basta con una situación mínima y con personajes atrapados en una lógica moral que se va cerrando sobre ellos.

Me interesa mucho cómo el filme se resiste a cualquier forma de pedagogía. No hay una tesis explícita, ni un mensaje tranquilizador, ni un juicio claro. La cámara observa, acompaña y espera. Esa espera es fundamental, porque es ahí donde el conflicto se vuelve verdaderamente humano. Los personajes dudan, se contradicen, se protegen y se traicionan sin estridencias, como ocurre en la vida real. Esa naturalidad hace que el dilema resulte aún más perturbador.

El trabajo interpretativo es clave. El protagonista implicado en el accidente está construido desde una contención extrema; su rostro y su cuerpo parecen siempre a punto de decir algo que nunca termina de formularse. Panahi, además, se reserva un papel que no es anecdótico: su presencia introduce una capa adicional de ambigüedad, como si el filme estuviera constantemente recordándonos que toda historia es también una posición frente al mundo. No hay gestos heroicos ni villanos evidentes, solo personas tratando de sostener una decisión que se les va de las manos.

Hay una escena que me parece central: el momento en que los personajes se detienen en un espacio abierto, con el coche parado y el tiempo suspendido. No sucede nada decisivo en términos de acción, pero ahí se concentra todo el peso del filme. Ese paréntesis, ese silencio incómodo, condensa la imposibilidad de volver atrás y la dificultad de seguir adelante. Es una escena que no se impone, pero que se queda resonando mucho después.

Formalmente, el filme apuesta por un minimalismo riguroso. Los planos largos, el uso preciso del fuera de campo y la ausencia de música enfática refuerzan una sensación de realidad que nunca se convierte en realismo complaciente. Todo está al servicio de una tensión moral que no se resuelve, que no se cierra, y que obliga al espectador a ocupar un lugar activo, incómodo, sin red.

Un simple accidente es un filme que me ha gustado mucho porque confía en la inteligencia del espectador y porque entiende el cine como un espacio de pensamiento, no de consumo rápido. Termina y no concluye nada, y en esa negativa a cerrar el sentido reside su mayor fuerza. Es un cine austero, profundamente humano, que demuestra que a veces basta un gesto mínimo para poner en crisis todo un sistema de valores.

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