El pulso de la noche electrónica
Un padre y su hijo pequeño llegan a una rave perdida en las montañas de Marruecos. No vienen a bailar. Vienen a buscar a Mar, la hija desaparecida hace meses en una de esas fiestas sin amanecer. Sergi López encarna a Luis con una contención demoledora: su rostro es un mapa de la desesperanza, sus ojos escanean rostros que se pierden entre luces estroboscópicas y cuerpos que se funden con la música. Bruno Núñez, como Esteban, el hijo menor, observa ese mundo ajeno con una mezcla de fascinación y miedo que resulta desgarradora. No hay diálogos innecesarios. La cámara de Mauro Herce sigue sus pasos como si fuera un fantasma, flotando entre la multitud, capturando el desorden sensorial de la rave con una honestidad brutal.
La secuencia inicial de la fiesta es un prodigio técnico: veinte minutos casi sin palabras donde el sonido electrónico no es banda sonora, sino personaje. Los cuerpos se mueven en cámara lenta, los primeros planos capturan gotas de sudor, miradas perdidas, sonrisas extáticas. Laxe filmó una rave real en Teruel, con ravers franceses que mantienen la filosofía pura de las free parties de los setenta y ochenta. Esa autenticidad se siente en cada plano: no hay impostación, no hay turismo visual. La cámara está dentro, respirando el mismo aire viciado, sintiendo el mismo pulso tribal que atraviesa el suelo.
Travesía por el infierno prometido
Cuando la policía disuelve la rave, padre e hijo se unen a un grupo de ravers que viajan hacia otra fiesta en el desierto, cerca de la frontera con Mauritania. Y aquí es donde Sirāt muta: de thriller de búsqueda a odisea existencial, de retrato de la cultura rave a parábola sobre la fragilidad de nuestras certezas occidentales. El viejo coche familiar de Luis no está preparado para ese terreno. Ni él tampoco. Ni su hijo. Pero la esperanza de encontrar a Mar justifica cualquier riesgo, cualquier temeridad.
Laxe trabaja con actores no profesionales para el grupo de ravers, y esa decisión es clave: sus gestos, sus diálogos fragmentados, su forma de habitar el espacio tienen una naturalidad que contrasta brutalmente con la rigidez del dolor de Luis. Están vivos, celebrando una libertad que él no comprende. Están en tránsito permanente, como nómadas del siglo XXI que rechazan las estructuras, las fronteras, las normas. Y en ese contraste surge una de las grandes preguntas de la película: ¿quién está realmente perdido?
La fotografía como herida abierta
Rodada en Super 16 mm, Sirāt tiene una textura granulada que refuerza su carácter de documento. La paleta de colores es áspera: ocres, marrones, grises que se queman bajo el sol implacable del desierto. Mauro Herce, que ya trabajó con Laxe en O que arde, compone planos de una belleza terrible. Los paisajes no son postales: son extensiones vacías donde la vida se reduce a su mínima expresión, donde un coche averiado puede significar la muerte, donde un camino equivocado no tiene vuelta atrás.
Hay momentos en los que la cámara se detiene en el polvo que levanta un vehículo, en el temblor del aire caliente, en las sombras que se alargan al atardecer. Y esos silencios visuales dicen más que cualquier diálogo. Dicen que estamos ante un territorio hostil, ajeno a nuestras preocupaciones, indiferente a nuestro sufrimiento. Dicen que la naturaleza no perdona, que el desierto no negocia.
Música electrónica como lenguaje del alma
La banda sonora, compuesta por Kangding Ray, es otro de los pilares fundamentales de Sirāt. El techno no funciona aquí como adorno, sino como estructura narrativa: sus repeticiones hipnóticas marcan el ritmo de la película, sus golpes de bajo subrayan la tensión, sus silencios repentinos dejan espacio para que el viento del desierto hable. Es música que envuelve, que atrapa, que te mete en un estado alterado de conciencia similar al de los personajes.
Laxe entiende que el techno es mucho más que entretenimiento. Es ritual, es comunidad, es resistencia. Los ravers de la película hablan de la música como de una religión, y esa fe se palpa en cada escena donde bailan. No es hedonismo vacío: es búsqueda de trascendencia, de conexión con algo más grande. Y en ese sentido, la película traza un paralelismo entre la búsqueda espiritual de los ravers y la búsqueda física de Luis. Ambos están buscando algo que quizá no existe, o que quizá solo existe en el acto mismo de buscar.
El peso de lo político
Laxe ha declarado que Sirāt es su película «más política» y «más radical». Y aunque no hay discursos explícitos, la dimensión política está por todas partes. En la mención a la frontera con Mauritania que en realidad atraviesa el Sahara Occidental ocupado. En el retrato de una juventud europea que busca libertad en territorios del Sur Global mientras ignora (¿conscientemente?) las complejidades geopolíticas de esos lugares. En la violencia de la policía marroquí que interrumpe la rave. En la precariedad material de quienes habitan ese desierto frente al privilegio de quienes pueden elegir vivir en los márgenes.
Es un cine que no juzga, pero tampoco mira hacia otro lado. Que muestra las contradicciones sin resolverlas, que plantea preguntas incómodas sin ofrecer respuestas fáciles. ¿Qué significa la libertad cuando la ejerces en un territorio que no es tuyo, sobre estructuras de desigualdad que permanecen invisibles? ¿Qué significa buscar cuando estás ciego a todo lo que no es tu propio dolor?
Lo mejor
La apuesta estética de Laxe es valiente y coherente: cada decisión formal está al servicio de una experiencia sensorial total. La dirección de fotografía de Mauro Herce es magistral, creando imágenes que se quedan grabadas en la retina. El trabajo sonoro es excepcional, logrando que la música electrónica funcione como elemento narrativo y no como simple banda sonora. Las interpretaciones de Sergi López y Bruno Núñez tienen una verdad devastadora, especialmente en los silencios. Y la forma en que la película integra a los actores no profesionales del mundo rave aporta una autenticidad que resulta esencial para que el conjunto funcione.
Además, Sirāt se atreve a incomodar, a no dar respuestas, a dejar al espectador en un estado de perturbación que persiste mucho después de que acaben los créditos. Es cine que no busca gustar, sino penetrar, remover, cuestionar. Y eso, en tiempos de consumo rápido y emociones prefabricadas, es un acto de resistencia en sí mismo.
Lo peor
La radicalidad de la propuesta es también su mayor barrera. Sirāt exige mucho del espectador: atención sostenida, capacidad para habitar el silencio, tolerancia a la incomodidad. No es una película que ofrezca alivio ni catarsis tradicional. Su ritmo contemplativo, especialmente en la primera mitad, puede resultar agotador para quien busque una narrativa más convencional. El giro dramático que ocurre a mitad de metraje, aunque está justificado temáticamente, puede percibirse como manipulación emocional o como un golpe de efecto gratuito, dependiendo de la sensibilidad de cada espectador.
También hay momentos en los que la ambigüedad se vuelve opacidad: no queda claro si Laxe está celebrando la cultura rave o cuestionándola, si está mostrando un camino de liberación o un callejón sin salida. Esa indefinición puede ser fascinante o frustrante, según se mire. Y la película no ayuda a procesar emocionalmente lo que muestra: te deja a la intemperie, sin asideros, con todas las preguntas abiertas.
Valoración
★★★★★★★★☆☆ (8/10)
Sirāt es cine que duele. Cine que no se consume, sino que se experimenta. Una película que respeta la inteligencia del espectador hasta el punto de no explicarle nada, de no consolarlo, de dejarlo solo frente a sus propias contradicciones. Óliver Laxe confirma con esta obra que es uno de los cineastas más singulares del panorama contemporáneo: alguien capaz de hacer del desierto un territorio mental, del techno una liturgia, de la búsqueda una forma de perderse. No es una película fácil. No es una película cómoda. Pero es una película necesaria, honesta, brutalmente viva. Sales del cine con la sensación de haber viajado muy lejos, de haber visto cosas que no se pueden nombrar con las palabras habituales. Y esa capacidad de transformar, de marcar, de no dejar indiferente, es lo que separa el cine del entretenimiento. Sirāt pertenece firmemente a la primera categoría.
Ficha técnica
| Título original | Sirāt |
| Dirección | Óliver Laxe |
| Guion | Óliver Laxe, Santiago Fillol |
| Reparto | Sergi López, Bruno Núñez, Jade Oukid, Stefania Gadda |
| Fotografía | Mauro Herce |
| Música | Kangding Ray |
| Producción | El Deseo, Movistar Plus+, 4A4 Productions |
| Duración | 114 minutos |
| Estreno en España | 6 de junio de 2025 |
| País | España, Francia |
| Premios | Premio del Jurado en Cannes 2025. Nominada a 2 Oscar (Mejor película internacional y Mejor sonido) |