Un romance que vive en el tiempo salteado
La premisa, en papel, suena a novela de aeropuerto: Shane Hollander (Hudson Williams) e Ilya Rozanov (Connor Storrie) son dos de las mayores estrellas del hockey profesional. Rivales declarados en la pista —uno canadiense, el otro ruso— y amantes en secreto fuera de ella durante casi una década. La serie adapta la segunda novela de la saga Game Changers de Rachel Reid, y Tierney toma una decisión estructural que eleva inmediatamente el material: no cuenta esta historia de manera lineal.
Los seis episodios saltan en el tiempo, comprimen años enteros en una elipsis nerviosa y luego se detienen en una sola noche con pausa casi voyeurista. Esa fragmentación temporal tiene algo en común con el tratamiento de la memoria en películas como Aftersun: el tiempo no avanza, ronda. El segundo episodio recorre varios años en pocos minutos de montaje y esa aceleración tiene algo de angustioso, muestra cómo el tiempo pasa sin que nada cambie en lo fundamental, sin que ninguno de los dos tenga el valor de nombrarse. La narrativa imita la experiencia de vivir partido en dos: instantes de intensidad máxima separados por largos periodos de distancia, represión y negación.
El armario como geografía dramática
La serie arranca en 2008, cuando la visibilidad LGTBIQ+ en el deporte profesional era prácticamente nula. Tierney usa ese marco histórico no como coartada de época sino como catalizador dramático concreto: el armario no es una metáfora abstracta sino una prisión con consecuencias profesionales reales, y la serie tiene la honestidad de no aliviarlo con anacronismos de buena conciencia.
Shane e Ilya no son héroes redentores; son dos hombres atrapados entre lo que desean y lo que el mundo les permite ser. Esa tensión —y no las escenas más explícitas— es la columna vertebral real de los seis episodios. La misma lógica que en Sólo nos queda bailar ponía el cuerpo ante la elección: rendirse a lo que el entorno exige o arriesgar todo lo construido. Aquí el deporte profesional juega el papel que allí jugaba la tradición familiar: un sistema que no perdona fisuras.
Puesta en escena y lenguaje visual en Más que rivales
Lo primero que hay que decir sobre la dirección de Tierney es que es contenida pero precisa. No hay grandilocuencia visual. La cámara se acerca a los cuerpos con una intimidad que, lejos de resultar gratuita, funciona como lenguaje dramático: en este mundo, el cuerpo dice lo que la boca no puede. En un sentido amplio, es el mismo principio que articula películas como Los domingos, donde la identidad se negocia en silencio, a través de gestos mínimos y no de declaraciones.
La fotografía de Jackson Parrell
El director de fotografía Jackson Parrell construye una paleta visual que distingue con inteligencia los dos mundos de la serie: las secuencias sobre el hielo, con luz eléctrica y cortes rápidos que transmiten el vértigo competitivo; y los espacios privados, calentados por una iluminación íntima y una cámara que no aparta la mirada. Parrell trabajó con una pizarra en blanco y la confianza de Tierney le dio libertad para diseñar el lenguaje visual desde cero. Se nota. Hay composiciones —una ventana contra la noche, una llamada telefónica filmada sobre el rostro que escucha y no el que habla— que demuestran que alguien pensó cada encuadre con intención concreta.
Las escenas de sexo, que tanto han concentrado la conversación pública, merecen análisis separado. Tierney las trata con una franqueza que inicialmente descoloca y que, vista en contexto, resulta coherente. No son atracción circense ni simulacro pudoroso: son revelación de dinámica de poder entre dos personajes que solo pueden ser vulnerables en ese espacio. Que la cámara no aparte la mirada es, en sí mismo, un posicionamiento sobre qué merece ser visto y desde qué lugar.
La música de Peter Peter
La música compuesta por Peter Peter —un debut sorprendente en la composición para imagen— opta por progresiones armónicas suaves en los momentos íntimos y texturas más eléctricas en las secuencias de hockey. La decisión de no atacar emocionalmente al espectador con la música, de dejar que los silencios respiren, es una de las más acertadas de la serie. La inclusión de «All the Things She Said» de t.A.T.u. en un momento cargado de ironía queda en la memoria mucho después del último episodio.
Shane e Ilya: la química como estructura narrativa
Lo que verdaderamente sostiene Más que rivales es la química entre Williams y Storrie, que no es la efusiva de las comedias románticas sino algo más tenso, más contradictorio. Shane es el más introspectivo: el peso de la culpa y la perfección pública se le nota en cada silencio. Ilya es el que parece más cínico en superficie y resulta más frágil por dentro.
Williams, en particular, tiene una capacidad para la expresión facial contenida que funciona mejor que cualquier diálogo que le hayan escrito. La gestión de esa asimetría emocional a lo largo de nueve años de historia requiere actores con registro suficiente para decir mucho con poco. El episodio cinco —«The Cottage»— contiene una escena de conversación telefónica filmada sobre el rostro que escucha y no el que habla, que concentra años de ambigüedad en unos pocos minutos. Rara vez una llamada ha pesado tanto. No la describo en detalle porque hay que verla sin saber qué viene.
Lo mejor de Más que rivales
La estructura temporal fragmentada articula dramáticamente la experiencia real de un amor que solo existe en los márgenes. La fotografía de Parrell, trabajada y coherente pese al presupuesto ajustado —algo menos de tres millones de dólares canadienses por episodio—, construye un lenguaje visual reconocible desde el primer plano. La química entre Williams y Storrie es genuina y difícil de fingir. Y el episodio cinco justifica solo el tiempo invertido en los cuatro anteriores.
Lo que chirría en Más que rivales
Los personajes secundarios son demasiado esquemáticos: compañeros de equipo, figuras familiares y parejas de cobertura cumplen funciones narrativas sin llegar a tener peso propio. Las secuencias de hockey sobre el hielo resultan genéricas para quien conozca el deporte. El guion, por momentos, verbaliza lo que la imagen ya había mostrado, como si no confiara del todo en el espectador. Y la comparación con Looking o It’s a Sin —inevitable en este género— deja claro que Más que rivales no alcanza la densidad emocional ni la precisión sociológica de esos referentes. Es, con todas sus virtudes, una adaptación de novela romántica con el techo de su propio origen.
Si te interesa seguir explorando series y películas de este tipo en La Casa Giratoria, hay mucho más sobre cine que pone el cuerpo, el deseo y la identidad en el centro del relato.
Valoración: ★★★★★★★☆☆☆ (7/10)
Cuando termina el último episodio queda la sensación de haber visto algo más honesto de lo que el marketing prometía y algo menos redondo de lo que el fandom proclama. Más que rivales no es la mejor serie del año ni el terremoto cultural que algunos han anunciado. Es una serie que sabe lo que quiere contar, tiene las herramientas visuales para contarlo y dos actores capaces de habitarlo con verdad. Eso, en un panorama de streaming donde el espectáculo sustituye cada vez más a la emoción, no es poca cosa. El hecho de que la visibilidad del deseo gay en televisión siga siendo suficientemente escasa como para que, cuando aparece sin pedir permiso, resulte subversiva, dice más sobre el estado del medio que sobre los méritos propios de la serie. Pero esos méritos existen, y merecen ser vistos con los ojos abiertos.
| Título original | Heated Rivalry |
| Título en España | Más que rivales |
| Dirección y guion | Jacob Tierney |
| Reparto principal | Hudson Williams, Connor Storrie, François Arnaud, Sophie Nélisse, Robbie G.K., Christina Chang, Dylan Walsh |
| Fotografía | Jackson Parrell |
| Música | Peter Peter |
| Producción | Accent Aigu Entertainment / Bell Media / Crave |
| Episodios | 6 (T1) |
| Estreno | 28 de noviembre de 2025 (Crave / Canadá) · 5 de febrero de 2026 (Movistar Plus+ / España) |
| País | Canadá |
| Premios | Proyección inaugural Image+Nation LGBTQ+ Film Festival, Montreal (2025) · Renovada para segunda temporada |
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