Aftersun (Charlotte Wells, 2022)

cartel de la película Aftersun en España
Aftersun (2022), ópera prima de Charlotte Wells con Paul Mescal y Frankie Corio

Hay películas que no se ven: se habitan. Aftersun, la ópera prima de Charlotte Wells, pertenece a esa categoría de obras que se instalan en el cuerpo como una quemadura solar —la del título— cuyo escozor no llega horas después de la exposición. La directora escocesa convierte unas vacaciones de padre e hija en un resort turco de finales de los noventa en un acto de arqueología emocional: Sophie, ya adulta, rebobina las cintas de vídeo doméstico para intentar descifrar a un padre que quería con toda su piel pero que nunca llegó a conocer del todo. Esta crítica de Aftersun es, ante todo, una confesión: yo también he mirado viejas cintas buscando gestos que en su momento no supe leer.

El sol que quema después: contenido y análisis de Aftersun

Wells construye la película sobre tres capas de imagen que funcionan como estratos geológicos de la memoria. La primera es el 35 mm luminoso y cálido de Gregory Oke, con una luz turca que vuelve postal cada encuadre mientras ya lo deja al borde de desteñirse. La segunda capa es el metraje de la MiniDV que Sophie maneja como si fuera un juguete: granulado tosco, zooms torpes, ese temblor familiar que quienes crecimos en los noventa asociamos a cintas que se veían en el salón. La tercera, la más opaca, es la de la rave: flashes estroboscópicos, siluetas borrosas, la Sophie adulta interpretada por Celia Rowlson‑Hall buscando a un Calum que baila convulso en un lugar que es más vacío mental que espacio físico. Tres texturas para tres formas de recordar: lo que creemos que pasó, lo que quedó grabado y lo que la mente inventa para rellenar los huecos.

Hay un plano que condensa la película en apenas unos segundos. Sophie graba a Calum en el balcón de la habitación del hotel. Él se apoya en la barandilla, a contraluz, y su rostro queda completamente negro: la cámara de una niña de once años es literalmente incapaz de iluminar a su padre. Más tarde, cuando la cámara se apaga y el televisor queda oscuro, aún devuelve un doble reflejo: el de ella, borroso; el de él, nítido en el espejo del fondo. La memoria de la hija es difusa, llena de ruido; la del padre —su dolor, sus gestos mínimos— permanece grabada con una claridad cruel. Nadie explica esto en voz alta, no hay subrayados de guion: está todo en la puesta en escena, en la decisión de encuadrar reflejos dentro de reflejos como quien mira un recuerdo alojado dentro de otro recuerdo. La propia Wells ha hablado de ese descubrimiento visual en entrevistas como la que concedió a W Magazine.

La depresión de Calum nunca se enuncia, pero ocupa la película como una corriente submarina. Paul Mescal la interpreta con una combinación incómoda de ternura y derrumbe. Hay pequeños detalles que se quedan clavados: el brazo escayolado cuyo origen nunca se aclara, el libro de autoayuda que aparece junto a un manual de tai chi, la frase lanzada casi como chiste al instructor de buceo —«me sorprende haber llegado a los treinta»— que a Sophie le resbala pero al espectador le abre un agujero en el estómago. Calum es mejor padre que cualquier otra cosa que haya intentado ser, pero eso no basta para taponar lo que le pasa por dentro. Frankie Corio, por su parte, convierte a Sophie en un terremoto silencioso: curiosa, mandona, tierna, incómoda, siempre tanteando el borde de la edad adulta para ver si así entiende mejor las sombras de su padre. En conversaciones con medios como TheWrap, la propia Wells ha explicado hasta qué punto sus recuerdos personales se infiltraron en estos personajes.

La estructura de Aftersun imita el gesto de rebobinar una cinta una y otra vez. La Sophie adulta vuelve al metraje como quien vuelve a una escena de crimen emocional: pausa, reencuadra, avanza, retrocede. Las elipsis no son capricho autoral sino la manera de admitir que hay cosas que no se recuerdan, o que se recuerdan tan mal que es más honesto mostrarlas como destellos inconexos: el karaoke, una caída en la cama, el sol golpeando una piel enrojecida, la mano de Calum sobre el hombro de su hija un segundo antes de retirarse. La película rehúye la explicación psicológica y se aferra a lo sensorial: a la música que suena en la piscina, al chillido de los adolescentes, al eco hueco del pasillo del hotel. El resultado es una especie de diario visual de algo que Sophie no sabía que estaba perdiendo mientras lo vivía, algo que críticos como los de RogerEbert.com han subrayado como uno de los grandes logros de la película.

Tráiler oficial y clips de Aftersun

Antes de seguir rebobinando emociones, vale la pena mirar cómo se presentó y se fragmentó la película en sus materiales promocionales. El tráiler oficial y algunos clips seleccionados refuerzan esa mezcla de cotidianidad y herida que atraviesa todo el film.

Los avances de MUBI y los clips oficiales resumen bien la promesa de la película: una intimidad aparentemente pequeña que, al mínimo roce, deja ver una corriente subterránea de tristeza. El tráiler construye un verano luminoso; los clips, en cambio, dejan colarse la grieta.

Escenas clave y lenguaje visual en Aftersun

El televisor apagado: la memoria como reflejo roto

En el corazón de Aftersun hay una escena en apariencia mínima: un cuarto de hotel poco iluminado, un televisor CRT, un par de libros y el reflejo de dos cuerpos flotando en la pantalla negra. Tras pedirle a Sophie que apague la cámara, Calum queda atrapado en ese rectángulo oscuro: su reflejo aparece nítido en el espejo del fondo mientras el de la niña es apenas un contorno borroso sobre el cristal del televisor. Como han señalado varios análisis centrados en este plano, el encuadre convierte la TV en un portal literal y metafórico de la memoria, un espacio donde las imágenes se fragmentan y se distorsionan igual que los recuerdos con el paso del tiempo.

La decisión de filmar este momento sin cortes, dejando que el ojo del espectador recorra el plano, es clave: la cámara se mantiene fija, permitiendo que sean los reflejos —y no los cuerpos “reales”— los que cuenten la escena. Calum es, para la Sophie adulta que mira hacia atrás, más fantasma que presencia; alguien que habita sobre todo la superficie de los objetos donde alguna vez se quedó flotando su imagen. El televisor deja de ser un simple aparato y se convierte en una superficie de duelo, un lugar al que Sophie regresa una y otra vez en busca de una claridad que nunca termina de alcanzar.

Agua, profundidad y desaparición

El agua es el otro gran eje visual de la película. La piscina, el mar, el bordillo donde Sophie se asoma a ver a los adolescentes mayores: todo está atravesado por esa presencia líquida que funciona a la vez como promesa y amenaza. Para Sophie, el agua es transición: ahí se asoma a una adolescencia que todavía no le pertenece, ahí recibe su primer beso, ahí escucha a su padre hablar de crecer y cambiar sobre una colchoneta que se balancea. El agua está en movimiento, siempre desplazándose, como la identidad que ella apenas empieza a intuir.

Para Calum, en cambio, el agua es un lugar de disolución. Una de las imágenes más perturbadoras del film es la de él adentrándose en el mar hasta que el encuadre lo traga y la escena corta antes de que sepamos qué ha pasado exactamente. Ese corte abrupto suspende la respiración del espectador y convierte el océano en una metáfora transparente de la depresión: una masa inmensa en la que uno puede desaparecer sin dejar rastro. La diferencia entre los planos acuáticos de Sophie y los de Calum —curiosidad frente a abismo— sintetiza, sin palabras, la distancia emocional que los separa.

Cámara en mano, encuadres descentrados y la mirada de Sophie

Otro rasgo visual importante es la forma en que la película adopta la perspectiva de Sophie incluso cuando no está mirando a través de la MiniDV. Muchos planos están ligeramente descentrados, con cabezas cortadas, horizontes torcidos o detalles que se quedan a medias dentro del encuadre, como si la cámara estuviera imitando la forma en que una niña observa el mundo: más atenta a un gesto que a una composición “correcta”. Esa aproximación, que críticos y analistas han señalado como uno de los grandes aciertos formales del film, hace que el espectador sienta que está dentro de la memoria de Sophie, no viendo una reconstrucción aséptica desde fuera.

Cuando la película pasa del 35 mm “objetivo” al vídeo doméstico, el estilo se radicaliza: zooms bruscos, temblores, desajustes de foco. Pero incluso en el material “profesional” hay una continuidad de esa mirada inestable. El resultado es un relato visual que nunca se presenta como verdad absoluta, sino como una serie de intentos de recordar, de fijar, de comprender. Aftersun, en su dimensión más puramente plástica, es el intento de una adulta de volver a mirar con los ojos de la niña que fue, sabiendo que esa operación está condenada a la distorsión.

Baile bajo “Under Pressure” vs rave: dos tiempos del mismo adiós

El clímax de Aftersun se construye sobre un díptico visual: el baile en el hotel al ritmo de Under Pressure y la rave donde la Sophie adulta intenta alcanzar a su padre entre flashes de luz blanca. Vistas en paralelo, las dos escenas parecen contar lo mismo —un padre y una hija que se buscan—, pero la puesta en escena revela que hablan de dos tiempos completamente distintos de ese vínculo: el instante de la conexión y el momento en que esa conexión ya solo puede existir como recuerdo fracturado.

Plano, luz y distancia en el baile del hotel

En el baile del hotel, la cámara se sitúa cerca de Calum y Sophie, a la altura de sus cuerpos, con encuadres que abrazan el movimiento más que ilustrarlo. La luz es cálida, procedente de lámparas del propio salón, y las sombras son suaves; el color se mantiene en una gama anaranjada que remite a la intimidad doméstica. El plano se abre y se cierra siguiendo la cadencia de la canción, pero nunca pierde el eje emocional: esas dos figuras que, por unos minutos, se alinean en una coreografía torpe y perfecta al mismo tiempo.

La manera en que Charlotte Wells filma este baile, como han señalado varios ensayos dedicados a la secuencia, evita la solemnidad: Calum se mueve de forma un poco ridícula, Sophie se ríe, hay margen para el juego. La cámara comparte ese humor, dejándose contaminar por la alegría del momento. Es la versión que la niña guarda como “último recuerdo feliz”: cercana, cálida, casi táctil. El espacio está definido —suelo, paredes, muebles, otros huéspedes de fondo— y la música, aunque poderosa, no ahoga los sonidos del entorno. Todo parece, por una vez, bajo control.

Rave: luz estroboscópica y cuerpo desintegrado

En la rave, en cambio, la cámara renuncia a la comodidad del plano limpio. El encuadre se llena de cuerpos anónimos que ocultan y revelan a Calum a golpes de luz estroboscópica. La paleta de color vira hacia azules y blancos fríos, y las sombras ya no son suaves: son bloques de oscuridad que devoran fragmentos enteros del cuerpo de Paul Mescal. Como explican análisis centrados en esta secuencia, el efecto es el de una memoria que no llega a completarse nunca; cada flash ofrece un trozo de información y lo retira antes de que podamos integrarlo.

La distancia de cámara también cambia radicalmente. Si en el hotel estábamos casi pegados a los personajes, aquí la cámara se ve obligada a trabajar entre la multitud: hay hombros delante del objetivo, cabezas que tapan el centro del plano, desenfoques rápidos. La Sophie adulta se convierte en una figura que empuja literalmente contra el flujo de los cuerpos para llegar a su padre. Ese esfuerzo físico por atravesar la masa de gente visualiza la lucha emocional por alcanzar una versión de Calum que ya no existe. Y cuando por fin lo agarra, el abrazo dura un instante antes de quebrarse: la luz lo engulle de nuevo, el plano se rompe, la escena corta.

Movimiento y montaje: continuidad vs colapso

El movimiento del baile del hotel es continuo: aunque la coreografía sea improvisada, la cámara acompaña los pasos de Calum y Sophie sin violentarlos, con panorámicas suaves y cortes discretos que nunca rompen la ilusión de fluidez. Es un momento de sincronía: padre, hija, cámara y música están, por una vez, en el mismo compás. Ensayos en vídeo como el de Aporia sobre el “Under Pressure dance” han subrayado esa sensación de armonía precaria que, precisamente por ser frágil, resulta tan devastadora cuando se sabe lo que vendrá después.

En la rave, el movimiento es lo opuesto: discontinuo, entrecortado, casi convulsivo. El cuerpo de Calum ya no baila con Sophie, sino contra algo que no vemos del todo: su gesto es más cercano al trance que a la celebración. El montaje se pliega a esa lógica: los cortes se aceleran, se solapan las dos líneas temporales, se juega con el fuera de campo sonoro para que la canción entre y salga como si viniera de lugares distintos. Lo que en el hotel era una línea continua, aquí es un electrocardiograma desbocado. Visualmente, la película traduce así el paso de la vivencia al trauma: de una experiencia que fluye a un recuerdo que solo puede articularse a golpes, a destellos, a fragmentos.

Dos versiones de la misma canción

El uso de Under Pressure en ambas escenas cierra el círculo. En el hotel, la canción funciona como banda sonora diegética de una pequeña celebración familiar; en la rave, se convierte en la partitura mental de una relectura dolorosa. La remezcla que firma Oliver Coates, con las voces de Queen y Bowie aisladas sobre capas de chelo y texturas electrónicas, acompaña esta mutación: lo que empezó como tema reconocible se descompone en capas hasta que apenas quedan restos identificables. El sonido, igual que la imagen, pasa de la claridad a la desintegración.

Comparados al detalle, el baile y la rave son dos espejos que se enfrentan: en uno vemos el momento en que la hija todavía podía agarrar la mano del padre; en el otro, la imposibilidad de volver a hacerlo. La puesta en escena de Wells y el trabajo de montaje construyen esa comparación sin subrayados verbales, confiando en que el espectador se dé cuenta de que está viendo la misma canción, el mismo gesto y el mismo amor… filmados desde dos tiempos vitales irreconciliables.

Lo mejor y lo peor de Aftersun

🟢 Lo mejor

El montaje de Blair McClendon es la columna vertebral invisible de la película. La secuencia final con Under Pressure —en la versión reconstruida por el compositor Oliver Coates, de la que se ha escrito en detalle en medios musicales— funciona como detonación emocional y tesis formal a la vez: padre e hija bailan en el resort, el presente del recuerdo, mientras la Sophie adulta intenta alcanzarlo en la rave, el presente de la memoria. El corte alterno entre ambos espacios se acelera como un corazón en ataque de pánico, y la canción se va descomponiendo, perdiendo capas, hasta dejar casi solo las voces que preguntan por qué no podemos darle otra oportunidad al amor. Es un clímax que no necesita diálogos ni explicaciones para que se entienda lo esencial: ese es el último momento en el que Sophie tuvo a su padre cerca sin saber que era el último.

La fotografía de Gregory Oke convierte el verano en un estado de ánimo más que en una estación. El uso del 35 mm, tal y como él mismo detalla en su conversación con Kodak o en análisis técnicos como el de No Film School, no es una decisión fetichista sino dramática: los recuerdos importantes no se sienten en alta definición, se sienten en grano, en pequeños destellos de luz rebotando en el agua de la piscina o en un cigarrillo encendido en la oscuridad del balcón. Cuando irrumpe la imagen de la MiniDV, el choque es casi físico: pasamos de la caricia cálida del celuloide a la aspereza del vídeo doméstico. La propia película establece su jerarquía de memoria con estos cambios de textura.

Las interpretaciones sostienen la película incluso cuando la narrativa parece flotar. Mescal llena a Calum de contradicciones sin necesidad de grandes escenas «de lucimiento»: es un padre juguetón en la piscina y un hombre roto cuando la cámara lo deja solo en la habitación. La escena en la que practica tai chi en silencio, frente al mar, mientras intenta ordenar algo que claramente nunca va a ordenarse, dice más que cualquier discurso. Corio, por su parte, nunca actúa como «niña prodigio» de festival: simplemente existe frente a la cámara, con la torpeza y la ferocidad de una niña que empieza a ver grietas en los adultos. Entrevistas como la que Charlotte Wells concedió a Filmmaker Magazine refuerzan hasta qué punto el trabajo con el reparto fue un pilar creativo del proyecto.

🔴 Lo peor

La principal fisura de Aftersun está en su apuesta radical por la sugerencia. Lo que para unos será una virtud incontestable —ese decidir no explicar, no diagnosticar, no cerrar heridas—, para otros será una fuente de frustración. Hay pasajes del segundo acto en los que la película parece quedarse colgada en escenas de cotidianeidad sin un contrapunto dramático claro: conversaciones con los adolescentes del resort, juegos que se estiran un poco más de la cuenta, paseos en los que la atmósfera pesa más que lo que realmente ocurre.

También se siente algo desaprovechada la figura de la Sophie adulta. Aparece en la rave como presencia fantasmática poderosa, pero su vida presente —la casa, la pareja, la hija— queda reducida a pinceladas mínimas que casi funcionan como notas al margen. Se entiende la decisión de mantener el foco en la experiencia de la niña y no convertir esto en un drama adulto más convencional, pero se echa de menos, aunque sea por puro egoísmo emocional, un momento más de confrontación entre la mujer que recuerda y la niña que vivió aquello.

Valoración de Aftersun y conclusión

★★★★★★★★☆☆ (8/10)

Aftersun es una de esas películas que no te piden que las entiendas, sino que te dejes atravesar. Como experiencia, roza por momentos lo hipnótico; como relato, a veces parece un álbum de fotos al que le faltan páginas. Y, sin embargo, ese hueco, esa ausencia de ciertas imágenes, es precisamente lo que la vuelve tan dolorosamente honesta: ningún duelo se recuerda completo, siempre hay zonas en sombra.

Charlotte Wells firma un debut que, en otra filmografía, sería la obra de madurez. Aquí es la primera piedra. Hay una confianza pasmosa en la puesta en escena, en el trabajo con los actores, en la fe absoluta en que el espectador sabrá leer un reflejo en un televisor oscuro o una mano que tiembla al apagar la luz. No hay trampa melodramática ni pornografía emocional: solo la insistencia obstinada de volver una y otra vez al mismo momento para ver si esta vez se entiende algo nuevo.

Quizá por eso la película se queda pegada al cuerpo como esa quemadura leve que parecía poca cosa en la playa y por la noche escuece con saña. Sales de Aftersun con ganas de llamar a tu padre, o de escribirle una carta póstuma, o de rebobinar tus propias cintas mentales para ver qué gestos no supiste leer a tiempo. No es una película perfecta, pero sí una de esas que parecen hablarnos desde un lugar muy íntimo, como si estuviera rebuscando en el mismo cajón de recuerdos que tú llevabas años sin abrir.

Hay quien dice que el cine no cambia nada. Puede que tenga razón. Pero hay películas, como Aftersun, que al menos cambian la forma en la que miras tus propias vacaciones, tus propios balcones a contraluz, tus propias cintas mal grabadas. Y, a veces, eso basta.

Ficha técnica de Aftersun (2022)

Título original Aftersun
Título en España Aftersun
Dirección Charlotte Wells
Guion Charlotte Wells
Reparto principal Paul Mescal, Frankie Corio, Celia Rowlson‑Hall, Brooklyn Toulson, Sally Messham
Fotografía Gregory Oke
Música Oliver Coates
Montaje Blair McClendon
Diseño de producción Billur Turan
Producción Adele Romanski, Barry Jenkins, Mark Ceryak, Amy Jackson
Productoras Pastel, Unified Theory, BBC Film, BFI, Screen Scotland, Tango Entertainment
Duración 98 minutos
Estreno en España 16 de diciembre de 2022
País Reino Unido, Estados Unidos
Premios destacados 7 premios BIFA incluyendo Mejor Película, Dirección y Guion; BAFTA al Mejor Debut británico; múltiples premios de la crítica internacional y nominación al Oscar para Paul Mescal, recogidos por medios como Screen Daily.
Filmaffinity 7,2/10 en FilmAffinity
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