Ya viene el sol

Imagen Ya estamos en verano. El calor no ha hecho más que empezar y seguirá subiendo. Los aires acondicionados trabajarán a destajo y muchos sufriremos los resfriados de rigor, provocados por estos aparatos infernales. El consumo de electricidad seguirá batiendo records históricos y nos parecerá lo más normal del mundo. Los recursos naturales disminuirán todavía más con el largo período de sequía que atravesamos. El que pueda, irá a la playa el máximo de veces posible y luego se dará tantas duchas como el calor le exija. Los inconscientes que tengan piscina la llenarán, por supuesto, pese a las advertencias de ahorro del agua, y aunque no la tengan, no les preocupará darse dos duchas diarias, o tres, porque se han bañado en el mar y hay que quitarse la sal, o porque hace tanto calor que ¡anda ya!

Antepondremos nuestras necesidades económicas a las necesidades naturales, como viene siendo habitual hace decenas de años, y antepondremos nuestro bienestar personal al “bienestar común”, demostrando una vez más que aún nos queda mucho por evolucionar. Esto implicará defender todo el derroche que se nos avecina con el consabido argumento de que el turismo veraniego es uno de los motores principales de nuestra economía.

Ha llegado el verano una vez más. Qué ilusión. Millones de personas haciendo las mismas cosas, al mismo tiempo, y creyéndose que están descansando. Colas de tráfico kilométricas para entrar en las poblaciones costeras, temperaturas superando los cuarenta grados y más aire acondicionado, la radiación ultravioleta arrasando nuestra piel y nosotros tomando el sol como si nos importase más nuestro bronceado que un potencial cáncer de piel.

Situemos en una balanza el beneficio económico y el coste medioambiental de todo esto, miremos el resultado y que cada cual saque sus propias conclusiones. Si somos egoístas, nos saldrán fácilmente las cuentas a nuestro favor; si somos realistas, las cuentas no salen ni con calculadora.

Afortunadamente hay alternativas, cada cual las suyas.