Virtual

Extrañeza de mundo. Noche. ¿Es la ciudad un pozo en el que caemos por accidente? No tengo la respuesta.
imagen
En la soledad de mis paredes me encierro para evitar ser visto por última vez, callando los segundos eternos que abocan a un sueño terrible. En ciertas ocasiones salgo a la realidad y recopilo todos los datos necesarios para la ineludible conclusión de todos los días: cuánto esfuerzo sin recompensa, cuánto dolor a mi alrededor, cuánta impotencia. Nadie diría que vivo entre cuatro paredes, todo parece tan natural que me da pánico desvelar el secreto, ese gran secreto que supera todas las previsiones sobre mí mismo. Ahora que ya nada importa y todo me perturba dispongo de toda esa información que no contienen los diccionarios, que no me proporcionó la experiencia. Es lo más profundo, encerrado y sin llaves para escapar de una sala de despiece con la cancela oxidada por la humedad del entorno. Y nada importa lo demás, porque no existe, porque desapareció el viejo imperio de la vida y de la muerte sobre este asfalto que piso cada día.

En ocasiones me asomo por un pequeño agujero excavado a arañazos sobre los muros y veo un sol abrasador, o una oscuridad llena de historias vividas sin mí. Sobrevivo, y así paso cada uno de esos segundos eternos confirmándome, cada vez con más certeza, que no hay posibilidad de escapar, que el bosque se desintegró en árboles, el mar en agua, el viento en aire, el campo en tierra y, así, todo se deconstruyó. Dudo sobre si actuar o permanecer al margen. Deseo esto último sobre todas las cosas cuando me asomo por ese hueco fruto de rascar la pared; sembrar mi tierra artificial regada con agua artificial, invadirme de un bosque creado por mí, conformar mi aire, construir lo inconstruible y llegar así a ese punto en el que todos quisieran estar, aunque todavía no lo saben: un paraíso artificial, porque de los verdaderos no nos queda ni la memoria, donde vivir sin miedo al pasado.