Un paseo por Calblanque (3)

Saliendo de la rambla de Cobaticas, la brisa marina y el olor a sal se hacen evidentes. Nos subimos a un promontorio para mejorar la perspectiva que se abre ante nosotros y observamos los rasgos más característicos del amplio y variado paisaje en torno a las Salinas del Rasall, allá al fondo, que a modo de espejo bien parecen un oasis en la distancia precedido por el saladar y los abandonados bancales, que antaño fueron soporte de la agricultura de quienes por aquí habitaron hasta hace poco más de 50 años. También avistamos desde este punto las ruinas de una antigua casa cúbica, siendo testigos de cómo construir una vivienda con los materiales que la naturaleza a nuestro alrededor nos quiera ofrecer.

Nos ponemos en la piel de estas gentes y de sus actividades: cultivos de secano, apicultura, pastoreo, minería, caza, pesca, extracción de sal,… Las posibilidades de vivir en conjunción con el medio se hacen patentes. Es media mañana y decidimos dar cuenta del esperado almuerzo que nos permita continuar la marcha con fuerzas suficientes para todo lo que aún nos aguarda.

Dejando a nuestra izquierda esos antiguos cultivos, hoy eriales, nos adentramos en una zona donde cambia el sustrato del suelo y la vegetación, el saladar, donde comprobamos por nosotros mismos las diferentes adaptaciones de la flora a las extremas condiciones derivadas del exceso de sal, llegando finalmente a las salinas. Son estas un ejemplo de la transformación de un humedal para favorecer la explotación de sal, valorándolo como ejemplo de la intervención positiva del hombre en la naturaleza, al crear un ambiente que enriquece enormemente el entorno. Pensamos en la necesidad de mantenerlas, así como en las nefastas consecuencias derivadas del abandono de este tipo de ecosistemas, pero no desfallecemos y proseguimos la marcha en dirección, ahora sí, al mar, acercándonos a las dunas fósiles.