Un móvil dura un año…

Hace mucho que oigo la frase que titula esta entrada, se trata de ese tipo de sentencias que universalmente damos por ciertas sin saber su procedencia, sin que nadie se haya cuestionado la veracidad de la fuente, y hoy, por azar, la explicación sale a mi encuentro.

No es una frase gratuita, ni siquiera actual ya que sus raíces se remontan casi un siglo, ni tampoco procede de la experiencia del devenir del tiempo…no, que va, es mucho más simple que todo eso. El origen está en algo que se vino en llamar obsolescencia programada, palabra que en sí misma me parece preciosa en su fonética pero terrible en su significado.

En la segunda década del siglo pasado los dueños del mercado de bombillas llegaron a un acuerdo global para reducir la vida media de las mismas y así acelerar su consumo, coincidiendo con la crisis de 1929 se acuña el término para designar el fenómeno de caducidad de los productos («un producto que no se estropea es una tragedia para los negocios«) con el fin de conseguir aumentar la demanda y, por ende, los puestos de trabajo tan mermados por la mencionada crisis.

Sin embargo, es ya en los 50 cuando toma forma y se pone en marcha de una forma masiva hasta nuestros días asistiendo a un consumismo desenfrenado, irresponsable e insostenible.

Ahora bien, ¿dónde enviamos los residuos que generamos al participar en esta vorágine?

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