sida

Una vela se extingue

Te recuerdo con tu sonrisa cautivadora, tu palabra sencilla y agradable. Las tardes en tu casa se llenaban de animadas conversaciones, en realidad todos iban no sólo por el cariño que sentían por ti sino porque conseguías con tu actitud que cualquier problema, por más dificultoso que pudiese parecer, se convirtiera en nimio.

Una tarde, cuando al fin nos quedamos a solas, cogiste mi mano y apretándola fuertemente, me dijiste siento que me apago como una vela. Me aferré a tu mano y sin articular palabra, sufrí en mi interior tu dolor. Enjugué tus invisibles lágrimas con toda la ternura que pude hallar en mi corazón, mientras las mías ansiaban convertirse en manantial.

Días después, la luz de tu candela se extinguió, tu castillo fue rendido por ese enemigo invisible que nunca comprendiste, el mismo que no tuvo piedad en sesgar tus proyectos de futuro, tu sempiterna alegría. Quedamos huérfanos de tu presencia pero nunca abandonarás nuestro corazón…

Lo más doloroso del Sida

Ya lo apuntaba en el post ¿A qué se parece el VIH? A finales de los ochenta y principios de los noventa especialmente existía la creencia, mayoritariamente extendida, de que era posible saber quién estaba infectado sólo por su aspecto físico. Aunque esa actitud ha cambiado gracias sobre todo al desinteresado esfuerzo de ONG comprometidas en la lucha contra el Sida, aún hoy sigue constituyendo uno de los síntomas más dolorosos de la enfermedad. No nos engañemos, esa disposición surge del desconocimiento que provoca un miedo irracional al contagio y facilita que todavía en el siglo XXI escuchemos el desafortunado término grupos de riesgo en lugar del mucho más correcto prácticas de riesgo.

No contribuyamos a que la vida de las personas VIH+/Sida sea aún más difícil de lo que ya resulta. Un gesto de comprensión, una mano tendida y, más aún, una sonrisa, son tan eficaces como la medidas terapéuticas y no entrañan riesgo alguno.

¿A qué se parece el VIH?

Desde el momento en que la infección se extendió masivamente por todo el mundo, el mayor reto fue sin lugar a dudas el superar las reticencias de la población no infectada a priori respecto a los portadores/enfermos. El rechazo basado en el aspecto físico de la persona rozó la paranoia y causó un daño gravísimo a las personas infectadas que, además de llevar la pesada carga de una enfermedad debilitante, debían soportar el estigma social. La desinformación, la manipulación malintencionada de algunos medios y un miedo irracional sin fundamento alguno estaban en la base de esta actitud que, desgraciadamente, aún hoy persiste para nuestra vergüenza. Sólo mediante la correcta educación sanitaria de toda la población podremos conseguir una sociedad física y psicológicamente sana…