sentimientos

El sentido de su verbo

Como movido por un resorte, se desveló súbitamente en un momento indeterminado de la madrugada aún con ese prurito tan propio del despertar, más si este es brusco. Se incorporó en la cama y, sin un porqué, se dirigió al ventanal. Apenas si comenzaba a dibujarse el nuevo día, sus ojos todavía enturbiados por el repentino hallazgo, ya intuían el azul del mar frente a ellos. Al este, la linterna del faro mantenía su inexorable marcha ajena a las primeras luces del alba; al norte, la bruma comenzaba a desaparecer; al oeste, las luces del pueblo, ya muy debilitadas, agonizaban; al sur, el sentido de su verbo.

El primer tren

Posiblemente no era sencillo hallar la salida del laberinto en el que mi vida se había transformado. Estar solo y sentirse solo, no había gran diferencia entre ambos verbos en aquel entonces. El amor hibernaba en algún lugar, de eso no había duda, el problema era saber dónde se ubicaba ese espacio y cómo acceder a él.

En esa ausencia de esperanza, vagabundeaba por los vericuetos de una anodina subsistencia hasta que una jornada cualquiera, el azar me llevó a la espera de un ferrocarril. Nadie sabía de tu presencia en aquel tren, nadie te esperaba, nadie podía prever que aquel día estaba reservado para nuestro encuentro.

En un vagón de impreciso número, tras abrir la portezuela, apareciste como la luna en las noches de estío, serena, brillante y majestuosa. Cuando nuestras miradas se cruzaron el mundo se detuvo, nada importaba, todos dejaron de existir, nos sumergimos en corazón ajeno, buceando entre mareas hasta alcanzar la incipiente semilla que acabábamos de plantar el uno en el otro.

El encuentro de nuestras pieles se produjo de manera fortuita mas ya era  añorado por desconocido, jubiloso en su contenido, urdido en lo más profundo de nuestro deseo y convertido en germen imparable de dichosa cosecha.

Recorrimos las calles paseando con orgullo nuestra devoción, nuestra alegría, nos besamos en cada rincón jugando a esquivar las indiscretas cámaras de seguridad de las esquinas. Éramos felices incluso compartiendo un simple gesto bajo la tenue luz de una farola. Devoramos demasiado rápido las perdices.

Nos separaba la salvable distancia que trababa nuestro encuentro, las inquietudes impacientes de la juventud, el siniestro abismo etario que en ocasiones jugaba con nosotros haciéndonos hablar lenguajes ininteligibles que nos sumían en la tristeza del amante no correspondido. Naufragamos en un mar que no supimos cruzar…

Silencio de amor

Un padre viudo que no ha superado la muerte de su mujer, no ha elaborado su duelo y de una forma inconsciente aborta cualquier posibilidad de nueva relación, además de expiar un subjetivo sentimiento de culpa en la loable tarea de acompañar con la lectura a los enfermos de un hospital. Una adolescente inteligente en un cuerpo de niña que comienza a reclamar que se le trate como a un adulto. Un ácrata enclaustrado en un mundo paralelo y volcado en la carrera por cambiar el sistema. Una hija y su madre distanciadas por incompatibilidades solucionables por el amor que se profesan y que nunca se han confesado.

Ciertamente se trata de personajes quizás demasiado arquetípicos pero tratados de una forma exquisita con un acompañamiento literario y musical no exento de espiritualidad, que arropa en todo momento su particular devenir en la historia que se relata y cuyo fin nos anticipa cuando Alessandro lee una parte del precioso poema que da título a la película.

Posiblemente su final sea previsible pero no por ello menos hermoso. Si además tenemos en cuenta el panorama cinematográfico actual (al menos en provincias) resulta muy estimulante disfrutar de relatos como éste.

T’amai di quannu stavi dintra la naca,
T’addivai ducizza a muddichi a muddichi,
Silenziu d’amuri ca camini ‘ntra li vini,
Nun è pussibili staccarimi di tia.

Nun chianciti no, albiri d’alivi,
Amuri e beni vengunu di luntanu,
Dilizia amata mia, sciatu di l’arma mia,
Dammi lu cori ca ti dugnu la vita.

Vacanti senza culura tengu lu senzu ,
Quanno ‘na mamma si scorda a so figghiu,
Tannu mi scordu d’amari a tia,
Ti vogghu bbene picciridda mia.

Vulati acidduzzi iti ni ll’amata,
Cantantici mentri nc’è morte e vita,
Comu tuttu lu munnu esti la campagna,
Tu sì a Riggina e ju Re di Spagna.

(Alfio Antico, Silenzio d’amuri)

El jardín de Xuyuan

Shen es un hombre menudo, recto de espíritu y optimista. Hace unos años partió de Quanjiao hacia la vecina metrópoli de Nanjing en busca del sol pero en la gigantesca urbe los desafiantes edificios y la omnipresente contaminación no dan tregua a la luz. Shen vive una permanente existencia gris muy a su pesar.

Akame siempre ha vivido en esta ciudad. Su familia posee un pequeño negocio que regentan hace incontables generaciones. Ella es grácil y de modales pulcros, sonríe con el entusiasmo de su juventud pero hay acíbar en sus ojos.

La primavera alcanza Nanjing a través del jardín de Xuyuan, junto al lago en torno al cual todo el parque gira. Akame pasea cada tarde cerca de la orilla. En su lento deambular, su figura parece evitar el agua cuando ésta le devuelve su reflejo. Cerca de allí, el cálido movimiento de un grupo de Tai-Chi-Chuan constituye el particular indicio de que la noche se avecina. Para Shen es un momento de paz interior, sólo alterada al apercibir la presencia en la distancia de Akame. Sus miradas se cruzan con esa intención fugaz e inocente que sólo existe en antiguos relatos, originando un cataclismo en sus corazones.

Shen recoge su mochila y sorteando un arbusto que nunca antes estuvo allí, se dirige al encuentro de aquellos lánguidos ojos con la celeridad que sólo el entusiasmo proporciona. Akame, aún sonrojada, guarda discretamente su pena, y se prepara para el inminente encuentro. Cuando finalmente Shen llega a su lado, su alma ilumina el parque y, extendiendo sus brazos, le ofrece una flor de loto. Ella acepta el presente, lo toma con delicadeza mientras su corazón inicia una carrera desenfrenada contra su voluntad.

Los últimos rayos de sol sobre el lago de Xuyuan iluminan el emocionado fluido que brota desde el interior de Akame. Con quietud, Shen, aprehende su terciopelo y la conduce a través de los árboles a la tierra donde nacen las flores de loto.

Che gelida manina

Una vez concluido el relato anterior con la soberbia aria Che gelida manina, perteneciente a la fantástica ópera de Puccini “La Bohème“, basada en el libro de Henri Murger de título Scènes de la vie de Bohème, uno queda con la sensación de que la obra tiene sentido cuando puedes entender lo recitado y ver a los personajes.

Unas pinceladas acerca del contexto: la historia inicia en París. Allí, cuatro amigos bohemios, Colline, Schaunard, Marcello y Rodolfo, comparten una buhardilla que a duras penas consiguen pagar. En el primer acto, Colline, Marcello y Schaunard se disponen a disfrutar de un dinero que este último acaba de conseguir. Rodolfo, sin embargo, decide quedarse. Una vez solo, alguien llama a la puerta. Se trata de Mimi, una joven costurera que habita en la misma pensión, que le pide ayuda para encender su vela. Segundos después, ella vuelve porque ha olvidado su llave. En ese momento, ambas velas se apagan por lo que deben buscarla a oscuras, situación que facilita el acercamiento de la mano de él con la de ella, encuentro propiciado por Rodolfo quien, a estas alturas, ya se ha enamorado de Mimi.

He traído la versión de Roberto Alagna que, en mi opinión es muy buena. Ojalá la disfrutéis tanto como yo y espero que os lleve a escuchar la respuesta de ella: Si, mi chiamano Mimi.

La parada

La estancia es pequeña, impersonal y atemporal, podría haber sido cualquier otra su función pero fue elegida como parte de nuestras vidas por un curioso destino, originado sin duda en el mismo lugar que se gestó la idea de tornar verdes sus muros. ¿Es ese el color de la naturaleza tras ellos? Quizás fue nuestra esperanza en derribarlos algún día no muy lejano la responsable de tal fenómeno.

Nuestros guardianes se mueven entre nosotros, sorteando una serie de infame mobiliario que por alguna extraña razón desconocida sigue en uso, ¿es acaso una broma macabra o un pensamiento general?
No teníamos previsto detener nuestros caminos en esta parada, nos vemos ligados a ella sin elección y, de la misma manera, volvemos a ella con cuidada frecuencia hasta que un día a través de la megáfonía del vehículo alguien anuncia que la parada queda anulada, al menos temporalmente…

A mi alrededor mucha resignación y rabia contenida en rostros que, como el mío, acuden periódicamente a este triste habitáculo. Todos, como digo, albergamos el secreto deseo de romper esa invisible cadena que a esta celda nos ata inexorablemente.

Il sole (3/3)

A veces la vida nos hace caminar por siniestros recodos en los que
resulta sencillo naufragar, lugares donde perversas sirenas embaucan a
los hombres con sus cantos, entretejiendo complejas melodías que les
enlazan sin remedio a la oscuridad. Como Ulises, hemos partido de una
tierra sin retorno pero no perdemos la esperanza de divisar Ítaca y
soñamos con arribar al consuelo del afecto, al seguro refugio de nuestro hogar.

Cuán duro largo resulta el camino cuando se hace en soledad, qué interminable la noche de quien no cree en un mañana, qué tristes mis palabras si tú no las lees. Éstas surgen reptando entre duermevelas, penetrando en mis sueños hasta romperlos. Desde la callada quietud, en la profunda negrura, vierto deseos en estas líneas porque la espera resulta dulce cuando pienso en ti, porque eres la razón de mis palabras, porque tú eres la luz que anhela mi corazón.

Dimma (2/3)

Paseo entre gentes de rostro amable pero impenetrable y mientras su lenguaje tintinea a mi alrededor, mi mente trata de retener todos los detalles que me rodean, el aspecto falsamente retrógrado de sus construcciones, la pausada calma de la población, los bosques que despiertan a la primavera tras el aletargamiento del crudo invierno escandinavo, el oscuro casi ferruginoso color del agua de ríos y lagos, y, sobre todo, los olores de ciudades y campos…

No siento añoranza y los luminosos días de cálido sol me ayudan a sentir cómo el frío del norte dejó de ser el punto de discordia en esta inusual relación con esta tierra, cuando acaricio la arena de costas cuyo fin no alcanzo a adivinar y sumerjo mi mano en un mar aún gélido, sin embargo ahí estás tú para impedir que mis sentimientos se dispersen entre las brumas de la isla de Tylön, más allá de donde el dorado reflejo del sol alcanza las dunas… mi corazón sonríe y su felicidad satisface mi alma. Por un instante la niebla me hizo perder la línea del horizonte pero tu luz nos guió al anhelado puerto del que no deseo zarpar.