El abanico

Un abanico de hierro surca el aire hacia el oeste. Aunque la jornada está próxima acabar y el murmullo del pasillo aumenta al ritmo del segundero, mis ojos siguen el fluir del aire que, sin éxito, intenta esparcir las varillas multicolores del abano. De repente, unas palabras brotan desde algún rincón anónimo, no conseguirás un aumento por tu esfuerzo extra, y se pierden entre la confusión.

La ventana

Las copas de los árboles no pueden ocultar la vergüenza del cemento, el hierro desafía la gravedad y su frialdad le separa del calor de la tierra. Desde el tupido manto de hojas las torres levantan su mirada al viento y se hierguen altivas entre las nubes. Su gris comienza a difuminarse. Ha llegado la lluvia.

Una visita inesperada

Siempre has sido un rebelde, no te gustaba estudiar pero el no hacerlo suponía un conflicto que en aquel entonces no podías permitirte. Así comenzaste a desarrollar tu particular protesta contra el sistema. Acudías a clase pero en el momento de mayor interés, te girabas, apoyabas tu espalda contra la pared y fingías dormir. Te pasas el día cazando moscas, solían repetirte. Mirabas con desdén y retornabas a tu posición inicial. Jamás dudaste que existía un cierto complot, no te extrañaba que tus padres confabulasen con esos tiranos que tenías como profesores.

Incluso antes de terminar tus estudios ya sentías debilidad en tus extremidades, si es cierto que era algo intermitente pero afectaba a todas ellas. En realidad no te importaba demasiado, necesitabas por aquel entonces de toda tu energía para disfrutar de todo aquello que un adolescente puede ansiar. Te divertías, desfasabas,vivías el presente.

Cierto día, tu hermana, que desde unos pocos años atrás vivía ya independiente, acudió a visitaros de manera imprevista porque, os dijo, tenía que comunicaros una mala noticia. A raíz de un problema de salud, le diagnosticaron una rara enfermedad degenerativa de carácter hereditario por lo que todos debisteis someteros a unas pruebas. Por un instante tuviste la sensación que tu corazón se había detenido al escuchar la noticia. Sin duda yo no tengo ese problema, te repetíste aquella tarde hasta la saciedad.

El tiempo de espera hasta recoger resultados fue terrible, ¿hay algo peor que vivir en la duda? Todo se transformaba, hasta el más mínimo hormigueo parecía un síntoma letal. Estabas aterrado y quizás por ello no pestañeaste cuando, tras un sinfín de circunloquios, se atrevieron a comunicarte el resultado positivo de las pruebas. No había nada que añadir, nada que preguntar… sólo querías correr, escapar de aquel lugar, de aquella ciudad, de aquel país, del mundo. Tu inexorable destino te encontró, por supuesto.

Has perdido la cuenta de los años transcurridos desde entonces, no sabes si sumar años o restartelos. Te queda la palabra. Eres un superviviente, en el fondo siempre lo has sido.

Las puertas abren hacia afuera

Recibí tu correo mientras la rutina ganaba segundos de mi vida y el tedio sentaba precedente en lo cotidiano. La ilusión es una virtud que pocas veces resulta gratuita y, sin embargo, es tan sencilla de perder, por uno mismo o en manos de algún desalmado.

He pasado de sobrevivir en una gran urbe a un calmado edén, me decías, y hasta los silencios son plenos porque las palabras son únicamente accidentes en el camino que me une a su corazón. Me miró y quedamente me dijo ¿vienes a casa?, continuabas, y en ese momento sus ojos me mostraron la luz que señalaba el fin de mi laberinto y le seguí…

Sentí mi rostro humedecerse con tu alegría, hice mía la emoción que impregnaste en tus palabras e imaginé por un instante que esa sonrisa, que tan bien conocía, me la dedicabas a mí. Vivía en un mundo mítico, insistías en tu correo, donde casi nada parecía ser real hasta que sus manos se fundieron en mi terciopelo y sus ojos en mi alma. Casi podía palpar tu júbilo…

Mi respuesta, contabas, fue afirmativa y he unido mi rumbo al suyo para surcar el mar de la esperanza. Esa travesía nos ha traído al país que le vio nacer, una tierra de verdes campos y casitas rojas donde las puertas abren hacia afuera y los corazones hacia adentro.

A Raquel

Dimma (2/3)

Paseo entre gentes de rostro amable pero impenetrable y mientras su lenguaje tintinea a mi alrededor, mi mente trata de retener todos los detalles que me rodean, el aspecto falsamente retrógrado de sus construcciones, la pausada calma de la población, los bosques que despiertan a la primavera tras el aletargamiento del crudo invierno escandinavo, el oscuro casi ferruginoso color del agua de ríos y lagos, y, sobre todo, los olores de ciudades y campos…

No siento añoranza y los luminosos días de cálido sol me ayudan a sentir cómo el frío del norte dejó de ser el punto de discordia en esta inusual relación con esta tierra, cuando acaricio la arena de costas cuyo fin no alcanzo a adivinar y sumerjo mi mano en un mar aún gélido, sin embargo ahí estás tú para impedir que mis sentimientos se dispersen entre las brumas de la isla de Tylön, más allá de donde el dorado reflejo del sol alcanza las dunas… mi corazón sonríe y su felicidad satisface mi alma. Por un instante la niebla me hizo perder la línea del horizonte pero tu luz nos guió al anhelado puerto del que no deseo zarpar.

Halmstads tre hjärtan

Cuando Christian, rey de Dinamarca, el cuarto de ese nombre, llegó a
Halmstad con sus ingenieros para fortificar la ciudad quedó sumamente
impresionado por la belleza de aquel lugar. Siguiendo la desembocadura
del río Nissan alcanzó el antiguo castillo que dificilmente se mantenía
en pie. Resultaba urgente su reforma, las tropas suecas no tardarían en
estar listas para la guerra. Allí el rey se reunió con su séquito y,
entre la distinguida sociedad que le agasajaba, se encontraba Kirsten,
la dulce hija del duque de Halland. Las reformas del slott
marchaban a buen ritmo pero el soberano ya sólo tenía ojos para la joven
doncella, juntos contemplaban la hermosa puesta de sol sobre Kattegat y
ya el sublime lazo del amor le unía sin remedio a Kirsten.

Un
lluvioso día al inicio del otoño los ingenieros holandeses que el rey
trajo consigo le comunicaron el fin de las obras de fortificación de la
ciudad… había llegado el momento de regresar a la corte, la reina Ana
le esperaba impacente ante la inminente guerra contra Suecia pero ya no
había vuelta atrás para Christian, la hija del duque pronto daría a luz y
la ruptura con la reina era inevitable.

El rey murió defendiendo
Halland junto al lago de Vapnö y, llevado a su amada Hamstald por sus
generales, falleció en brazos de su enamorada… antes de expirar cedió
tres corazones al pendón de la villa, uno por la bella Kirsten, otro por
desear que el propio descansase allí y un tercero para la ciudad que
tanto amó… son los tres corazones que aún ondean en la ciudad de
Halmstad.

Mis gafas

No encuentro mis gafas, me
repetías sin dejar de agitar las manos en señal de desesperación. Te entiendo porque
soy un experto en el arte de perder gafas así que no dudé en ayudarte en la
ingrata tarea. 

Era noche cerrada cuando alcanzaste la ciudad y te dirigiste en
mi búsqueda, te hacía aún lejos por lo que tardé en preparar mi equipaje. En mi
mente se agolpaban todos aquellos poemas que susurraste cálidamente aquella
tarde de verano y la promesa, firme me asegurabas, de acudir a mi rescate,
desde entonces se habían sucedido los correos, los mensajes, las llamadas y las
noches en blanco, por eso, cuando anunciaste tu llegada no fui capaz de
reaccionar. 

De repente, todo aquello que había deseado para mi vida, cobraba
forma en ti.