Ante diem

Cuando el sueño no llega hasta el inexistente rumor de la oscuridad exaspera nuestra cordura si es que ésta aún existe. De nada sirve contar ovejas cuando el pastor se despreocupó de ellas, se dispersaron en la llanura del olvido; de nada vale intentar alcanzar una calma que abandonó mi ser prematuramente, de nada sirve pensar que estás a mi lado cuando tu lugar en el colchón lo ocupa la ausencia.

Voltear a lo largo del ahora inconmensurable espacio de este lecho, deshojar mis pesadillas, penar por las palabras que pronuncié, sopesar las que ahora te escribiría si pudieras leerlas… las horas nocturnas se tornan eternas cuando no se comparten. Las horas diurnas hubieran anticipado un venturoso crepúsculo de no haber prevalecido la arrogancia de una razón petulante.

Laberinto de recovecos

Con calculada cordura afronto el laberinto de recovecos que encamina la jornada a su fin. Las paredes del estrecho pasillo rezuman palabras de incontables voces que por él pulularon. Soy capaz de percibirlas cuando las acaricio lentamente. La fricción de mis dedos genera una acústica que deleita mis oídos. Ana sonríe y gesticula un adiós sin parirlo. Devuelvo el saludo sin perturbar sus tímpanos.  Ha dejado de llover.

El sentido de su verbo

Como movido por un resorte, se desveló súbitamente en un momento indeterminado de la madrugada aún con ese prurito tan propio del despertar, más si este es brusco. Se incorporó en la cama y, sin un porqué, se dirigió al ventanal. Apenas si comenzaba a dibujarse el nuevo día, sus ojos todavía enturbiados por el repentino hallazgo, ya intuían el azul del mar frente a ellos. Al este, la linterna del faro mantenía su inexorable marcha ajena a las primeras luces del alba; al norte, la bruma comenzaba a desaparecer; al oeste, las luces del pueblo, ya muy debilitadas, agonizaban; al sur, el sentido de su verbo.

Siempre se regresa

Volverás como el otoño tras el cálido verano, como los sueños cuando cae la noche, como la esperanza perdida en el caminar de la vida. Regresarás con tu mochila repleta de sensaciones, miradas y palabras, con tu ilusión y tu sonrisa. Retornarás a este rincón de nuestro mundo donde siempre he estado… esperándote.

El primer tren

Posiblemente no era sencillo hallar la salida del laberinto en el que mi vida se había transformado. Estar solo y sentirse solo, no había gran diferencia entre ambos verbos en aquel entonces. El amor hibernaba en algún lugar, de eso no había duda, el problema era saber dónde se ubicaba ese espacio y cómo acceder a él.

En esa ausencia de esperanza, vagabundeaba por los vericuetos de una anodina subsistencia hasta que una jornada cualquiera, el azar me llevó a la espera de un ferrocarril. Nadie sabía de tu presencia en aquel tren, nadie te esperaba, nadie podía prever que aquel día estaba reservado para nuestro encuentro.

En un vagón de impreciso número, tras abrir la portezuela, apareciste como la luna en las noches de estío, serena, brillante y majestuosa. Cuando nuestras miradas se cruzaron el mundo se detuvo, nada importaba, todos dejaron de existir, nos sumergimos en corazón ajeno, buceando entre mareas hasta alcanzar la incipiente semilla que acabábamos de plantar el uno en el otro.

El encuentro de nuestras pieles se produjo de manera fortuita mas ya era  añorado por desconocido, jubiloso en su contenido, urdido en lo más profundo de nuestro deseo y convertido en germen imparable de dichosa cosecha.

Recorrimos las calles paseando con orgullo nuestra devoción, nuestra alegría, nos besamos en cada rincón jugando a esquivar las indiscretas cámaras de seguridad de las esquinas. Éramos felices incluso compartiendo un simple gesto bajo la tenue luz de una farola. Devoramos demasiado rápido las perdices.

Nos separaba la salvable distancia que trababa nuestro encuentro, las inquietudes impacientes de la juventud, el siniestro abismo etario que en ocasiones jugaba con nosotros haciéndonos hablar lenguajes ininteligibles que nos sumían en la tristeza del amante no correspondido. Naufragamos en un mar que no supimos cruzar…

El límite de la oscuridad

Una premonición invisible quiebra sin piedad el sueño. Nada existe entre los infinitos límites de esta oscuridad. No más cábalas, no más insomnios a deshoras, me digo. A mi lado, las palabras que condujeron al sueño. Alzo el ser con una retahíla ininteligible sólo detenida por el esfuerzo de vencer esa astenia que impide al día iniciar su andadura. Sin pretensión, amanece la rutina.

El impasible segundero

Sin interés por el avance impasible del segundero, ordeno con disimulada fatiga el fruto de una ciclópea jornada y pongo fin a mi conectividad online. ¿Dónde está la improvisación? Si las piezas no estuviesen ordenadas, sería imposible completar el rompecabezas. No admite réplica el argumento. Blindado y perfecto para una tercera ola. Deshumanizador y alienante para asumirlo.

Angustioso sigilo

Como cada mañana un runrún me interrumpe el descanso, como cada mañana aborrezco su estirpe. ¿Hay acaso objeto más odiado? Y es éste un aborrecimiento infinito. Mis ojos apenan aciertan a mantener unos segundos la mirada y mis tímpanos permanecen paralizados ante el angustioso sigilo. Todos los sentidos te buscan pero hallan ausencia. En un intento por rescatarte, busco una luz al otro lado de la tronera y al encuentro llega la lluvia.

La importancia de no derramar café

Le gustaba llegar temprano ya que el ritual exigía su tiempo. Pausadamente colocaba la cápsula en el receptáculo y aquella tostada semilla inundaba la oficina de un aroma soberbio.

Aquel día, coincidiendo con la última gota de moca, la puerta se abrió inesperadamente. De la chistera de los recursos recuperó una espléndida sonrisa con la que agasajar al recién llegado gerente. Una estudiada cortesía le permitió salvar un saludo para, inmediatamente, apostillar no sin cierto orgullo, podemos estar satisfechos con los números del trimestre.

El directivo le miró sorprendido, verdaderamente nunca me importó demasiado tu concepto de satisfacción siempre que las estadísticas ofrecieran los datos adecuados, le contestó sin disimular su contrariedad mientras forzaba una mueca de disgusto por el café que acababa de derramar.

Alva

Dejaba el mar tras de sí cuando dirigió el vehículo a través de la perfecta recta pavimentada que atraviesa la exuberancia verde del cereal, sólo interrumpida por el blanco inmaculado del campanario. A medida que acortaba distancia, el edificio ganaba magnificencia y el vetusto roble desafiaba su belleza. Tomó el desvío y en pocos segundos alcanzó la verja.

Junto al camino que rodea la iglesia, a la izquierda del longevo fagáceo, una mujer permanecía impasible al devenir de la tarde. Sin duda se trataba de Novalie. Lars se acercó y la saludó con voz queda. Ella le miró y esbozó una sonrisa imposible en su rostro aún húmedo mientras su mano asía la de él con rabia contenida. Al dirigir Novalie de nuevo su mirada hacia la tierra, Lars tropezó de bruces con la realidad.

Una pequeña piedra rectangular donde se leía Alva rompía el perfecto orden del césped, alrededor unos juguetes huérfanos. Lars los limpió con pulcritud.

Tampoco pudo evitar la misma sensación de humedad que antes sintiera Novalie.