prosa

La experiencia del viaje

¡Qué situación más difícil! Qué extraño el sentimiento ante la vida detenida, ante la inmensidad de la mente insatisfecha y capaz. Si me miro adentro no me conozco y, a veces, veo un torbellino que me asusta y me atrae al mismo tiempo (la excitación del abismo), en forma de fuerza centrípeta. Y no me resisto ante la tentación de dejarme devorar por mí mismo, morderme y despedazarme hasta ver qué hay debajo de la piel. Pensamiento y materia orgánica combinados para dar a luz a un corazón que palpita sólo por causa de las leyes de la sabia naturaleza; y por nada más. ¿Me equivoco? No, no lo hago. Pero no puedo rendirme. Perder la confianza en el género humano supondría perder la confianza en mí mismo y en mis potenciales. Siempre ansié encontrarme con alguien que cruzase ese profundo umbral que me separa del medio en que todos nos esforzamos por sobrevivir (egoístamente) a cualquier precio, y poder hablar, con la voz, con los ojos, con las manos, con el adorado silencio…, hablar de mí y del otro, de los otros y de este mundo y de aquel y del universo infinito, de los contingentes todos.

Hay instantes en la breve vida que poseemos en que se produce el ansiado milagro. Es entonces cuando se detiene el tiempo durante meses, o años, y recapitulamos a la vez que compartimos todo aquello que poseemos, y lo entregamos con todo nuestro amor como fuerza motora. Pero el pasado no es eterno y, en ningún caso, la evolución es conjunta. Así que, ante la imposibilidad de compartir llegado el momento, hay quien emprende una discreta retirada; ante el miedo al potencial ajeno, cuando alguien descubre el autoengaño de querer y no poder, hay quien huye rápida, sonora y torpemente; ante el descubrimiento de que la propia evolución ya no es paralela, ya no tiene paralelas, hay quien dice a todo un “sí, sí”, y se fuerza en seguir adelante buscando puntos de amarre detrás de aquella curva al final del camino que alcanza a ver, y a la que antes no se atrevió siquiera a mirar. Y lo que venga será bien recibido. “En medio de la tormenta, cualquier puerto es bueno” con tal de que no naufrague nuestra embarcación, esa que tal vez algún día nos lleve a Ítaca… Al menos intentaré que, tarde o temprano, la experiencia del viaje haya merecido la pena.

Más allá de las palabras

Es tiempo de cambios. Asumo con displicencia todo lo ocurrido hasta hoy, pero me conmuevo profundamente en la sensación de lo ganado, de lo aprehendido con lazos que ya difícilmente podré desatar.

Y yo de nuevo en el punto cero, ese espacio suave y benevolente conmigo mismo en el que hago recuento de instantes, cierro los ojos y todo se me torna interior.

Las palabras fluyen torpemente, porque el lenguaje en el que quizás me fuera dado pensar, no es el latín, ni el italiano o español, sino un lenguaje del que no conozco una sola palabra, un lenguaje en el que me hablan las cosas mudas y en el que, quizás, una vez en la tumba me justificaré ante un juez desconocido.

Todo se me hace tan presente y tan vivo que me impongo el deber ineludible de sincerarme con todo aquello que me abraza, consciente de que mi libertad será también no olvidar los lazos atados libremente.

Es como si yo mismo estuviera en fermentación, echando burbujas, borboteantes y brillantes. Y todo esto en una especie de pensamiento febril, pero pensamiento con un material más inmediato, más fluido, más ardiente que las palabras. También son remolinos, pero no semejantes a los remolinos del lenguaje, que parecen conducir a perder pie, sino, de algún modo, hasta mí mismo, hasta el más profundo regazo de paz.

En este abandono del tiempo real dibujo en mi memoria un reloj imaginario que va marcando instantes que pasarán a formar parte de mí. Este reloj ha marcado tiempos que los dos hemos amado; y los seguirá marcando.

Citas en negrita:
Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos
Arquilectura. Madrid, 1981

El peso de la historia

Es el peso de la historia, de nuestra propia historia, el que nos aplasta contra un presente lleno de interrogantes nunca resueltos.

Sólo la ausencia de memoria cura las heridas, sólo su presencia nos potencia las ansias de buscar nuevas miradas que apacigüen el caos.

Son nuevos clamores que destruyen las armonías todas, pero que se presentan como vías únicas al aprendizaje y a la demoledora inteligencia.

Dos lunas

Visto así, qué promiscuo resulta todo desde una distancia que torna en infundada a toda opinión. Pero me gusta esa posición tuya de mera observación a través de una minúscula ventana orientada a mi vida marginal, la más caótica y desordenada. No entres, por favor, no entres y sigue en tu puesto de vigía, con los sentidos atentos ante una inminente emergencia, por si es necesario actuar.

De lo que ves por esa ventana, nada te creas, pues nada es perdurable, nada es eterno, apenas momentáneo, a veces divertido… Y se juega a no ser, a parecer, a intuir sobre mantos de seda tantos caracteres, deseos e infelicidades, que el juego se torna a veces peligroso cual ruleta rusa sobre el corazón. Pero, ¿qué es nuestra vida sino poner los sentimientos en peligro? ¿Qué vida, de línea impredecible por definición, puede seguir invariable una órbita constante e inmutable? ¿Qué hay más cercano a eso que la propia muerte?

Demasiado tremendas, en fin, mis palabras para describir algo tan mundano y desangelado. Demasiado antagónicos ambos mundos, mis dos mundos, para abrazarse en un solo texto. No puede ser, el cerebro me da vueltas en la cabeza, el bolígrafo se me clava en los dedos, el papel se torna inacabable.

Queda como tarea ineludible entrar por separado en cada uno de mis mundos, uno contingente, otro tan cierto como que te estoy escribiendo… ¿o quería usar otro verbo?

El placer de andar

Andando se ven mejor las formas y los contornos, los colores, el paisaje. Se respira mejor, se aprecia el detalle.

Sólo quiero andar por caminos de lluvias amarillas como única patria, ajeno a un mundo que nunca me incluyó en su totalidad. Yo vivo otros mundos, los recorro largo y tendido, aprendiendo en sus detalles y en su lejanía. Estos mundos no participan de leyes escritas ni concepciones acerca de modos establecidos de ver.

Mis caminos, tan poco transitados, son pedregosos para quienes se alejan de ellos, pero no saben lo intenso que resulta andarlos.

El raíl infinito: un mundo lleno de posibilidades

A veces la vida nos pone a prueba, nos reta en un enfrentamiento para el cual puede que no estemos preparados y nos vemos obligados a reaccionar con rapidez si no queremos que pase de largo el tren hacia otra estación que ya no será la nuestra. Trenes que van y vienen, que paran en nuestras estaciones tan solo durante un breve espacio de tiempo y hemos de estar alerta para no dejarlos escapar, sobre todo cuando vemos claro que es un tren cargado de mercancías propicias para nuestra vida. No se trata de verlo, sino de sentirlo en lo más profundo, saber que ese tren de mercancías contiene algo que nos hará superarnos un poco más en ese reto de aprendizaje que nos hemos propuesto. Ayer se paró mi tren, lo vi y lo sentí, ese tren que siempre marchaba hacia el norte y que día a día transportaba mis sueños a lo largo de un interminable rail. Hoy ha pasado un tren diferente, nuevo, con otros contenidos, con otras propuestas tan novedosas como inciertas, pero interesantes en cualquier caso. Se impone un trasbordo.

A lo largo de mi vida he viajado en muchos y diferentes trenes que iban y venían por un mundo lleno de posibilidades. En ocasiones descarrilaron y me vi obligado a tomar, como medida de urgencia, uno nuevo. Ya ocurrió otras veces y ahora no me sorprende que ayer estuviese mi tren estancado encima de un puente, sin pasajeros, sin haber llegado a ningún sitio. Estoy seguro de que ese rail no llevaba a ninguna parte, por lo que esta misma mañana he salido con prisa de casa buscando un nuevo tren que poder coger en marcha, para no parar, para no esperar en una vía muerta algo que podría no llegar nunca. La sorpresa ha sido encontrar cientos de trenes que se movían con su traqueteo musical por cientos de vías en forma de pentagramas, espirales y laberintos. Unos salían en ese mismo momento, otros lo harán dentro de unos días e incluso algunos me esperarán lo que sea necesario. He respirado tranquilo y feliz, he cerrado los ojos y una dulce brisa ha saltado mis hombros acariciandome las mejillas, mientras esperaba a cruzar una calle y el semáforo se ponía en verde. Quizás no merezca tanto, pensé, pero he cruzado la calle y las puertas se abrían de par en par a mi paso por la acera. Todo era una sinfonía de sonidos de coches, pasos de gente, obreros arreglando el pavimento, sirenas, niños saliendo del colegio, el viento en los árboles, la vida, casi como en un musical.

Y en lo más profundo de mi corazón, una lágrima emocionada cual espectador maravillado que va enlazando representaciones para no dejar nunca de soñar, para no olvidar jamás esa particular intensidad que la vida nos regala en cada instante que transcurre, una intensidad repleta de infinitos sentimientos posibles, buenos y malos, malos y buenos, y que bien engarzados forman una trayectoria que es la mía, siempre recorrida con la ayuda de esos trenes que siempre pasan sin avisar, poniendo a prueba mi capacidad de improvisación.

He viajado en muchos de esos trenes, otros pasan ante mí a menudo y otros hasta parecen dispuestos a esperar mi momento preciso para saltar al interior de uno de sus vagones. Sólo espero mantener la atención necesaria para saltar de ellos antes de que descarrilen y evitarme un nuevo golpe. Ya aprendí mucho de los golpes; ahora sólo quiero aprender de las suaves brisas, las sonrisas, el espectáculo de todo cuanto me rodea y mis propios sueños. Comenzaré a morir el día en que deje de soñar.