prosa

Silencio

No había tiempo para nada más, tan sólo cerrar bien puertas y ventanas para que no entrase el frío. Y la nada inmensa, cálida, que lo rodeaba. La estancia estaba semioscura, sus ojos entornados, sus pies helados. Despacio y en silencio se dirigió hacia su cuarto. Allí hacía más frío. Era indiferente. Había aprendido a controlarlo. Acarició despacio las sábanas para quitar las arrugas y se tendió sobre ellas. Extravío. ¿Quién sabe donde estaba el mundo? Caos, destrucción y más caos. Poco se puede hacer ante eso. Las mantas cubrieron su cuerpo. Pudo sentir levemente el suave escalofrío que nos recorre ante un acantilado, pero sin ver el mar. Tan sólo trozos de su pensamiento como fragmentos enredados a su cuello, y los pies fríos como el hielo. Qué azul se torna todo a veces aun estando en la oscuridad más absoluta. Había extendido su brazo torpemente en dirección al interruptor de la luz, que pendía de la mesilla de noche, y se hizo el silencio. Breve sensación de frío en el cuerpo, otra vez. Rigidez y ausencia de movimientos para no perturbar. Si no lo tengo, no tengo nada.

El faro

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Cuando anochece suelo asomarme a la terraza y mirar al faro encendido, con su rayo de luz giratoria de aviso a navegantes. Yo, que soy marinero en tierra, disfruto igualmente de la señal luminosa. Sé que el cabo está ahí mismo, cerca de mi ventana, y eso me da el punto de estabilidad para saber dónde estoy exactamente. El faro es mi guía nocturno, con su poética luz reflejándose en los ojos.

Esta noche salgo a la terraza, como tantas otras noches, me apoyo en la barandilla y clavo mi vista en el faro. Entonces respiro un poco mejor, dejo mi mente en blanco y sólo atiendo a la línea luminosa que desprende y llega hasta mí en intervalos regulares. Es bonito dejar que la noche caiga, sentir el viento marino golpeando mi piel y mirar el rayo de luz una vez más. Sólo entonces siento ese bienestar propio de cuando se está a salvo.

Tú y yo

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Me inclino a pensar que tú eres tú y yo soy yo, que tú podrías ser yo y yo podría ser tú, que tú y yo somos yo y tú, que tú eres yo y yo soy tú, combinaciones abstractas por imposibles todas, siendo humanos. No siéndolo, seríamos una misma cosa.

Visión poética del mundo

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Salí a la calle ejercitando una visión poética del mundo y me encontré con la inesperada casualidad de mi vida. / Di media vuelta en la cama y el sueño tornó en pesadilla, anunciándome a gritos que la búsqueda habría de seguir. / Desperté entre sábanas enredadas a todo mi cuerpo y no supe discernir si la casualidad era sueño o realidad. / Tocaban el timbre de la puerta y, disponiéndome a abrir, di otra media vuelta en la cama desafiando a la llamada. / Parte de mi pesadilla consistía en varios toques de timbre, dudando yo si abrirle a la casualidad que aguardaba fuera. / Sonó el despertador siendo patente la luz de la mañana y se despejaron las dudas: un día más, un mundo sueño

El viento en los abedules

imagenCansado de pecar en el martilleante sonido de la culpabilidad doliente y extrema, abro las ventanas cubiertas de hiedra, hinchadas por la humedad, empujando con un sonoro golpe de efecto que levanta la inevitable nube de polvo pero que, pasado el estrépito en los ojos, las deja abiertas de par en par.

Las abro en busca de falsas esperanzas que me traigan lo que ya no necesito, como quien ya no tiene nada más que hacer por hoy, distraido y ausente, presto a recibir la vida entera de primero, aunque lo poco que pida emocionado sea que me sueñes en el aire que mece los imposibles abedules del exterior.

Soñar es todo y hoy soñaré, como al principio, en la dulzura de un comienzo, lo que yo quiera, hacerte reir y suspirar, siempre detrás de mi eterna soledad a la que habrá que engañar en una maraña de hechos, envolverle con cintas los ojos y darle tres vueltas para desorientarla, gallina cobarde y ciega, no me encuentres.

Ya perdido en los páramos de ensueño, la quietud de la noche colará la brisa marina por mis ventanas abiertas para llevarme, sin dilación, a juramentos de amor encendido que quizás traigan después el sabor de la hiel; pero yo abrí mi casa, rompí la hiedra, levanté el polvo, recibí a la brisa bienvenida y ahora no puedo más que dejarme llevar.

Melancolía de lluvia tras los cristales

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Caen las gotas sin avisar, de las nubes que cruzan el cielo; desprendidas, desarraigadas, con el ansia de ser lluvia que ha de mojar tu rostro, resbalar por tu cara, erizarte la piel, tocar las baldosas que pisas, precipitarse junto a tantas otras gotas que caen hacia un mar homérico que las volverá a lanzar al cielo, no sin antes haber provocado todo un simulacro de vida, de muerte, de resurrección.

Transformación

Se detiene el tiempo por unos instantes y me sorprendo al verme suspendido entre dos extremos: la realidad y mi más profunda inspiración. Así que ahora ya no existe el presente o el futuro, ni el pasado, sólo lo permanente, lo intemporal. Entre la fantasía y la ensoñación recorro pausadamente unas sensaciones que me son familiares, mil veces presentes, pero ahora brillan con toda su fuerza e intensidad.

Noto cómo mi cuerpo se va enfriando. Ya no hay nada externo que lo caldee, pero no siento frío. Es imposible sentir frío cuando una fuerza tan inmensa te recorre y te da una nueva vida, desconocida para quienes se suelen quedar en la superficie de las cosas.

Estoy dominado por completo, aunque bien es cierto que no contra mi voluntad. El ente es estupendo. Se lleva parte de mi vida y me regala nuevas porciones que la sustituyen. Aprendo todo lo que me enseña. Es simple. Las cosas, según él, son más simples de lo que imaginaba. Pero aún así, desconfío.

Creo que tras el primer contacto consigo dominar un poco la situación, o eso parece. No creo que permita que se apodere de mi vida, pero no tengo certeza de ello. Cobra vida otra personalidad sin que “ello” se percate. Ya dije que es simple. Quizás cambios más complicados estén reservados a fuerzas futuras aún por llegar, pero esta energía, la mejor que poseo, quedará siempre en mi interior.

Virtual

Extrañeza de mundo. Noche. ¿Es la ciudad un pozo en el que caemos por accidente? No tengo la respuesta.
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En la soledad de mis paredes me encierro para evitar ser visto por última vez, callando los segundos eternos que abocan a un sueño terrible. En ciertas ocasiones salgo a la realidad y recopilo todos los datos necesarios para la ineludible conclusión de todos los días: cuánto esfuerzo sin recompensa, cuánto dolor a mi alrededor, cuánta impotencia. Nadie diría que vivo entre cuatro paredes, todo parece tan natural que me da pánico desvelar el secreto, ese gran secreto que supera todas las previsiones sobre mí mismo. Ahora que ya nada importa y todo me perturba dispongo de toda esa información que no contienen los diccionarios, que no me proporcionó la experiencia. Es lo más profundo, encerrado y sin llaves para escapar de una sala de despiece con la cancela oxidada por la humedad del entorno. Y nada importa lo demás, porque no existe, porque desapareció el viejo imperio de la vida y de la muerte sobre este asfalto que piso cada día.

En ocasiones me asomo por un pequeño agujero excavado a arañazos sobre los muros y veo un sol abrasador, o una oscuridad llena de historias vividas sin mí. Sobrevivo, y así paso cada uno de esos segundos eternos confirmándome, cada vez con más certeza, que no hay posibilidad de escapar, que el bosque se desintegró en árboles, el mar en agua, el viento en aire, el campo en tierra y, así, todo se deconstruyó. Dudo sobre si actuar o permanecer al margen. Deseo esto último sobre todas las cosas cuando me asomo por ese hueco fruto de rascar la pared; sembrar mi tierra artificial regada con agua artificial, invadirme de un bosque creado por mí, conformar mi aire, construir lo inconstruible y llegar así a ese punto en el que todos quisieran estar, aunque todavía no lo saben: un paraíso artificial, porque de los verdaderos no nos queda ni la memoria, donde vivir sin miedo al pasado.

El filtro rojo en mis ojos

ImagenEn un mundo tan pequeño se puede ver todo. Puedes ver al sol girando continuamente, tanto, que en un solo día da toda la vuelta. Tan pequeño es este mundo que apenas caben todos los sentimientos posibles: apenas la rabia, apenas el dolor, apenas la alegría…

En este íntimo mundo todo está al alcance de la mano, todo disponible, listo para usar. Tan íntimo es, que no hay más resolución que la necesidad de elegir, la eterna duda, la decisión permanente y muda, para paliar una soledad que no es tal, no más que un sucedáneo de la inmensa soledad que poseemos todos. Hablo de las palabras, de la imposibilidad, de cómo se esconden cuando se trata de algo importante. Hablo de lo difícil, cuando el lenguaje ya no resulta útil, cuando nos preguntamos qué hacer con el silencio si hay tanto que expresar.

Más allá de los sentidos, el mundo crece, pero ya no nos basta con el cuerpo, tan pequeño como el mundo de lo sensible, de lo sentible, de lo concreto. Este es mi silencio, el placer de lo imposible, el filtro rojo en mis ojos.

Derrotar al ego

Hay que erradicar la visión lineal de la realidad para moverse en espiral, que a fin de cuentas es algo más parecido al movimiento universal de todas las cosas. Si nos sumamos a ese movimiento no lineal, el ego empieza a sobrar y, a partir de ahí, comienza un duro trabajo contra uno mismo. Es muy difícil luchar contra él.

La Casa Giratoria es mi medio de expresión acerca de todo esto, el movimiento no lineal aunque ininterrumpido, el seguir adelante aceptando que el tiempo es circular, por lo que todo lo que nos rodea es tan importante como nosotros mismos; la creación entregada al otro como motivo principal, no una creación destinada únicamente a satisfacer el ego. Esta es una de las cosas más difíciles, porque en el fondo, cuando creamos, esperamos el reconocimiento, el premio, la atención…….. y así hasta infinito, esto es, un criadero de insatisfacciones.

Supongo que el artista es un egocéntrico por definición, pero prefiero pensar que hay otros caminos, otras vías de creación, que existe un camino circular alternativo que quizás sea la solución al egocentrismo que padecemos.

Lo más curioso de todo esto es que la teoría ya la sabemos hace mucho, sólo hay que ponerla en práctica, así que, ahora más que nunca, a pensar 10 minutos y a actuar 50. Y el pasado no existe, al igual que el futuro. Sólo un presente continuo con el que hay que lidiar. En eso estamos…