medicina

Lo más doloroso del Sida

Ya lo apuntaba en el post ¿A qué se parece el VIH? A finales de los ochenta y principios de los noventa especialmente existía la creencia, mayoritariamente extendida, de que era posible saber quién estaba infectado sólo por su aspecto físico. Aunque esa actitud ha cambiado gracias sobre todo al desinteresado esfuerzo de ONG comprometidas en la lucha contra el Sida, aún hoy sigue constituyendo uno de los síntomas más dolorosos de la enfermedad. No nos engañemos, esa disposición surge del desconocimiento que provoca un miedo irracional al contagio y facilita que todavía en el siglo XXI escuchemos el desafortunado término grupos de riesgo en lugar del mucho más correcto prácticas de riesgo.

No contribuyamos a que la vida de las personas VIH+/Sida sea aún más difícil de lo que ya resulta. Un gesto de comprensión, una mano tendida y, más aún, una sonrisa, son tan eficaces como la medidas terapéuticas y no entrañan riesgo alguno.

Ya no vivo contigo

Cuando uno fuma no suele ser consciente de su error y, además, suele convencerse a sí
mismo de las ventajas que obtiene del cigarrillo. Sin duda, las peores cadenas
son aquellas que, para poder ignorarlas, las camuflamos y proporcionamos
cualidades que no poseen. Somos perfectamente conscientes de que nos atan, nos
manipulan a voluntad pero qué felices nos sentimos cuando pretendemos convencer
y convencernos de su nimiedad. Resulta curioso observar a tu alrededor a los
esclavos más felices que jamás pudieras imaginar… para aquellos que no se
sientan a gusto con esa condición, una estupenda ayuda puede hallarse en la
iniciativa Mi vida sin ti, un espacio surgido de la buena voluntad de un grupo de personas, donde
encontrar una valiosa ayuda para apoyar esa decisión y medios adecuados para
tener éxito en la empresa. De obligada visita…

Sobre la rutina

Padecer una enfermedad crónica que, además, precise una medicación de forma continua es la forma más sutil y moderna de esclavitud. Todo o casi todo se justifica por un adecuado control de la misma, bien sea de su clínica o de sus parámetros, y sólo desde hace poco tiempo atrás se ha introducido en este contexto el matiz de la calidad de vida del paciente; término aún muy abstracto, por mucho que nos intenten convencer de lo contrario, y absolutamente subjetivo ya que todavía es frecuente que el médico que te diagnostica el padecimiento es quien decide cuáles son las variables que definen tu calidad de vida, sin contar que los laboratorios que fabrican ese producto que tú necesitas, casualmente poseen valiosa información que demuestra la necesidad de la continuidad del tratamiento sine die.

Por otro lado, la cada vez mayor tendencia a la medicalización de la vida, de lo cotidiano, ha conllevado a sustituir hasta el más elemental de los afrontamientos por fármacos. ¿Acaso hemos desarrollado un miedo infundado a los problemas? Nunca un fármaco podrá sustituir nuestra propia decisión ni nos proporciona una responsabilidad si carecemos de ella.

No hace mucho alguien me hablaba de lo duro que resultaba el hecho de pensar que cada mañana, en el desayuno y para el resto de tus días, debías tomar un comprimido. Yo he decidido integrarlo en mi cotidianidad y asumir que los escasos segundos que necesito para tomarlo resultan insignificantes ante la magnitud del tiempo de estabilidad que me proporciona. He pensado que yo elijo y construyo mi calidad de vida.

¿A qué se parece el VIH?

Desde el momento en que la infección se extendió masivamente por todo el mundo, el mayor reto fue sin lugar a dudas el superar las reticencias de la población no infectada a priori respecto a los portadores/enfermos. El rechazo basado en el aspecto físico de la persona rozó la paranoia y causó un daño gravísimo a las personas infectadas que, además de llevar la pesada carga de una enfermedad debilitante, debían soportar el estigma social. La desinformación, la manipulación malintencionada de algunos medios y un miedo irracional sin fundamento alguno estaban en la base de esta actitud que, desgraciadamente, aún hoy persiste para nuestra vergüenza. Sólo mediante la correcta educación sanitaria de toda la población podremos conseguir una sociedad física y psicológicamente sana…