historia

Tarantella

Hay una casita en Tarento, junto al puerto, una pequeña construcción en adobe y ladrillo, encalada una y mil veces en un vano intento de reinventarla cada vez que cambia de manos. En la fachada que enfrenta al mar hay una ventana cuyos vanos y persianas sufren el inmisericorde sol mediterráneo. Toda casa que se precie posee una historia que va ligada a ella, unas veces con luz, otras con sombras pero siempre particular y genuina.

Giuseppe la construyó con sus propias manos, como casi todos los tarentinos, vivía de lo que el mar surtía, así que tiró el pequeño cobertizo que su abuelo le dejó y la alzó cuando desposó a María, la flor que convirtió en oasis su desierto, como solía llamarla. Solía permanecer en la ventana al alba mientras el barco de Giuseppe entraba a puerto. Él hacía sonar la sirena tan pronto divisaba el resplandor de su mirada.

Hay hábitos que no por mucho repetirlos se convierten en rutina; aquella imagen en la ventana, aún siendo frecuente, no dejaba de ser un motivo de gozo, la razón de un aliento, el motor de su vida. Cuando las luces de Tarento se dibujaban en el horizonte, sobre el monótono chapoteo del agua sobre el casco de la nave, se elevaba la voz de Giuseppe cuyo torrente no cesaba hasta divisar la sonrisa de su amada en la ventana.

Tanto amor cabía en su cantar, tanta luz rebosaban sus notas y tanta felicidad procuraban a quienes las escuchaban que aún hoy los tarentinos cortejan a la persona amada con él.

La velocidad

Si pienso en los acontecimientos que he tenido la oportunidad de vivir, esos que luego encontraré en los libros y en la red, resulta realmente sorprendente. Empezando por el fin de la dictadura de Franco hasta los conflictos de Iraq y Afganistán, encuentro un listado que, comparado con otros momentos pasados, resulta impresionante. El problema radica en que cualquier acontecimiento parece necesitar de la presencia de las cámaras para existir y son éstas las que lo convierten en universal y, me atrevería a decir, cotidiano, morbosa y terriblemente cotidiano. Alguna vez he intentado enumerarlos: la llegada de la democracia a España y de un primer gobierno socialista desde la 2ª República, el golpe del 23-F, el brevísimo y oscuro pontificado de Juan Pablo I, la caída del Muro de Berlín con la subsecuente reunificación germana, el fin de la Guerra Fría y la desmembración del gigante soviético, la retransmisión de una guerra en el saloncito de tu casa, el segundo avión de las Torres Gemelas de Nueva York en riguroso directo, la llegada a la presidencia de los USA de una persona negra, el surgimiento de la más escalofriante enfermedad en muchos siglos: el Sida, la desenfrenada carrera tecnológica y la estupidez sin límite de pensar que nuestra forma de vida (y sobre todo de consumo) es sostenible, pero esto es otra historia…
Si pienso en lo que hasta ahora me ha tocado vivir, resulta escalofriante pero en realidad no se si el futuro lo será menos… y mientras acabo el texto, la gente se lanza a las calles en Túnez, Egipto y Yemen, algo está cambiando a nuestro alrededor…

Mi pasión por la historia

No recuerdo en qué momento de mi vida empecé a interesarme por la historia, quizás tenga que ver con la fascinación que, siendo niños, todos sentimos por ese pasado que se nos antoja suntuoso y misterioso, hecho alimentado por la ficción del cine. ¿Quién no ha soñado ser un enigmático faraón en Egipto, un poderoso emperador en Roma o un osado rey del medievo, entre otras cosas? Como siempre, la consecuencia directa era el estímulo de nuestra desbordante imaginación infantil que trasladaba todas esos relatos al medio que nos rodeaba, de repente un trozo de tela atado al cuello nos transformaba en un legionario romano, si a la cabeza, en un intrépido musulmán atacando un castillo cristiano o defendiendo Jerusalén de los cruzados… así comenzó también mi pasión por los castillos, posiblemente porque en ellos encontrabas todo lo que habitualmente debías construir con tu imaginación, un enorme plató donde cobraba forma lo que sólo en tu mente existía, el resto lo ponías tú.
Desde entonces no he dejado de visitar todos los castillos que he podido (aún quedan muchos) y compruebo que por muchos años que pasen, sigue produciendo la misma emoción en mi, por eso quiero hacer aquí mi pequeño homenaje recopilando aquellos que me parecen más interesantes.

El primero que inicia la serie es el castillo de Burgalimar (Bury Al-Hamma) que se alza sobre un pequeño cerro en la localidad de Baños de la Encina (Jaén). Posiblemente se trate de la mejor representación del poder del califato omeya de Córdoba y data del año 968 (357 de la Hégira) en que bajo el gobierno de Al-Hakam II se mandó levantar como parte de una serie de fortalezas militares. Jalonado por catorce torres más la del Homenaje de origen cristiano, está realizado en tapial salvo la mencionada Torre del Homenaje en sillar.

Fortaleza de Bury Al-Hammam

Fortaleza de Bury Al-Hamma. Murallas y torreones.
Fortaleza de Bury Al-Hamma. Patio de Armas y Torre del Homenaje.