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Un rincón de mi futuro

Doy comienzo al mecanismo, un imaginario interruptor. No puedo verte pero siento tu presencia. Quizás te has escondido en algún rincón de mi futuro. Atrapado aún en oníricas cadenas, me resisto al esfuerzo de romperlas aunque acabaré sucumbiendo a los encantos de Hemera. Hay indicios de ti en el planning de mi día y disfruto hallándolos. De una manera cada vez más obvia, el mundo da señales de su despertar.

Laberinto de recovecos

Con calculada cordura afronto el laberinto de recovecos que encamina la jornada a su fin. Las paredes del estrecho pasillo rezuman palabras de incontables voces que por él pulularon. Soy capaz de percibirlas cuando las acaricio lentamente. La fricción de mis dedos genera una acústica que deleita mis oídos. Ana sonríe y gesticula un adiós sin parirlo. Devuelvo el saludo sin perturbar sus tímpanos.  Ha dejado de llover.

El límite de la oscuridad

Una premonición invisible quiebra sin piedad el sueño. Nada existe entre los infinitos límites de esta oscuridad. No más cábalas, no más insomnios a deshoras, me digo. A mi lado, las palabras que condujeron al sueño. Alzo el ser con una retahíla ininteligible sólo detenida por el esfuerzo de vencer esa astenia que impide al día iniciar su andadura. Sin pretensión, amanece la rutina.

El impasible segundero

Sin interés por el avance impasible del segundero, ordeno con disimulada fatiga el fruto de una ciclópea jornada y pongo fin a mi conectividad online. ¿Dónde está la improvisación? Si las piezas no estuviesen ordenadas, sería imposible completar el rompecabezas. No admite réplica el argumento. Blindado y perfecto para una tercera ola. Deshumanizador y alienante para asumirlo.

Angustioso sigilo

Como cada mañana un runrún me interrumpe el descanso, como cada mañana aborrezco su estirpe. ¿Hay acaso objeto más odiado? Y es éste un aborrecimiento infinito. Mis ojos apenan aciertan a mantener unos segundos la mirada y mis tímpanos permanecen paralizados ante el angustioso sigilo. Todos los sentidos te buscan pero hallan ausencia. En un intento por rescatarte, busco una luz al otro lado de la tronera y al encuentro llega la lluvia.

El delicado efluvio del papel

Suelo encontrar satisfacción en la lectura nocturna. Despedir la rutina cotidiana con una aventura, un ensayo o un poema. Una torre de literatura flanquea el espacio de nuestro abrigo y proporciona perspicaz material para un gozoso encuentro. No acierto a comprender tu renuncia al suave tacto y el delicado efluvio del papel. Sólo un minuto y regreso de Portugal con un elefante, argumento mientras intentas sin éxito que renuncie a mi voluntad infinita de viajar.

Constelaciones

En el aire se adivina la noche. El silencio de la penumbra sólo es interrumpido por el pulular de nuestras palpitaciones. Bajo la ingente masa estelar uno se siente frágil. Apunto el índice hacia el infinito y juego a trazar las constelaciones. ¿Dónde está Orión?, preguntas mientras observas cómo mi dedo dibuja la silueta de la Osa Mayor. A tu espalda, contesto, abril entra en su recta final y pronto dejaremos de verla.

Un inquebrantable escudo

Me gusta mirar con disimulo tu rostro cuando estás sumergida en la lectura. Un inquebrantable escudo te aísla de la realidad que sólo alcanza algún resquicio cuando intuyes que te observo. No seas bobo, espetas simulando un enfado, intento concentrarme. No puedo evitarlo, me defiendo, resulta delicioso ver cómo los sentimientos se reflejan en tu semblante. En un instante una minúscula almohada cambia el refugio de tu espalda por la incertidumbre de un vuelo sin destino claro.

El néctar de tus labios

Con cariñosa premura me sientas junto al hogar y me anticipas un sorbo del néctar de tus labios. ¿Te hablé de mi adicción a él?, la partida es siempre el cronómetro que marca el tiempo hasta volver a encontrarnos. Tu singular acento convierte en música cada palabra que tu boca pronuncia. He tomado prestado de tu almohada parte de tu sueño, dijiste, aquel que compartiste conmigo. ¿Eramos felices?, pregunté, no había lugar para otro deseo, contestaste con rotundidad mientras nuestras manos anulaban distancias.

Los pétalos de las amapolas

El roce del aire en los pétalos de las amapolas me devuelve a la realidad. Ensimismado en la bella postal de un antiguo faro cuya linterna guió nuestro rumbo, no acierto a calzarme. La improvisada almohada de hierba presta el impulso que necesito y alcanzo el camino que con apasionado brío inicié . Un delicioso ramillete de sutiles deseos acompaña mi regreso. Tan frágil que precisa cuidados, tan sólido que nada quiebra su raíz.