castillos

Tjolöholm

Te seguí a través de la niebla hasta donde el jardín se funde con los cimientos. Sonreías mientras intentabas adivinar el interior del pequeño mirador. A pesar de la lluviosa noche, los senderos que bordean el muro de piedra aparecían tan solo húmedos, en absoluto anegados como temíamos. Las primeras luces del sol empujaron la bruma permitiendo al paisaje recuperar su color, un delicado perfume comenzó a inundar el espacio entre ambos. Sentiste la ineludible necesidad de inhalar ese olor que, fundido con el dulce sentimiento, penetraba en tu interior proporcionando un aire fresco de vida.

La verde alfombra en la que nos movíamos alcanzaba con rotundidad la playa, aquella inexistente arena tostada no osaba rescatar un ápice del terreno perdido ante el contundente verde. En el centro, éste se había aliado con un sólido muro que frustraba cualquier posibilidad de cambio. Miraba absorto esa vana lucha cuando tu voz quebró el silencio mágico del diálogo con la naturaleza. Con tu sonrisa, ahuyentaste mis fantasmas, con tus ojos conseguiste quebrar la bruma y deshacer el hechizo que restaba color a Tjolöholm.

Mi pasión por la historia

No recuerdo en qué momento de mi vida empecé a interesarme por la historia, quizás tenga que ver con la fascinación que, siendo niños, todos sentimos por ese pasado que se nos antoja suntuoso y misterioso, hecho alimentado por la ficción del cine. ¿Quién no ha soñado ser un enigmático faraón en Egipto, un poderoso emperador en Roma o un osado rey del medievo, entre otras cosas? Como siempre, la consecuencia directa era el estímulo de nuestra desbordante imaginación infantil que trasladaba todas esos relatos al medio que nos rodeaba, de repente un trozo de tela atado al cuello nos transformaba en un legionario romano, si a la cabeza, en un intrépido musulmán atacando un castillo cristiano o defendiendo Jerusalén de los cruzados… así comenzó también mi pasión por los castillos, posiblemente porque en ellos encontrabas todo lo que habitualmente debías construir con tu imaginación, un enorme plató donde cobraba forma lo que sólo en tu mente existía, el resto lo ponías tú.
Desde entonces no he dejado de visitar todos los castillos que he podido (aún quedan muchos) y compruebo que por muchos años que pasen, sigue produciendo la misma emoción en mi, por eso quiero hacer aquí mi pequeño homenaje recopilando aquellos que me parecen más interesantes.

El primero que inicia la serie es el castillo de Burgalimar (Bury Al-Hamma) que se alza sobre un pequeño cerro en la localidad de Baños de la Encina (Jaén). Posiblemente se trate de la mejor representación del poder del califato omeya de Córdoba y data del año 968 (357 de la Hégira) en que bajo el gobierno de Al-Hakam II se mandó levantar como parte de una serie de fortalezas militares. Jalonado por catorce torres más la del Homenaje de origen cristiano, está realizado en tapial salvo la mencionada Torre del Homenaje en sillar.

Fortaleza de Bury Al-Hammam

Fortaleza de Bury Al-Hamma. Murallas y torreones.
Fortaleza de Bury Al-Hamma. Patio de Armas y Torre del Homenaje.