amistad

Tjolöholm

Te seguí a través de la niebla hasta donde el jardín se funde con los cimientos. Sonreías mientras intentabas adivinar el interior del pequeño mirador. A pesar de la lluviosa noche, los senderos que bordean el muro de piedra aparecían tan solo húmedos, en absoluto anegados como temíamos. Las primeras luces del sol empujaron la bruma permitiendo al paisaje recuperar su color, un delicado perfume comenzó a inundar el espacio entre ambos. Sentiste la ineludible necesidad de inhalar ese olor que, fundido con el dulce sentimiento, penetraba en tu interior proporcionando un aire fresco de vida.

La verde alfombra en la que nos movíamos alcanzaba con rotundidad la playa, aquella inexistente arena tostada no osaba rescatar un ápice del terreno perdido ante el contundente verde. En el centro, éste se había aliado con un sólido muro que frustraba cualquier posibilidad de cambio. Miraba absorto esa vana lucha cuando tu voz quebró el silencio mágico del diálogo con la naturaleza. Con tu sonrisa, ahuyentaste mis fantasmas, con tus ojos conseguiste quebrar la bruma y deshacer el hechizo que restaba color a Tjolöholm.

El resto de tu vida

No tengo tu rostro
no tengo tu risa
tu calma, tu prisa
preciados tesoros
ahora sin vida
ahogados en rutinas
inventadas por nosotros
qué paraíso no daría
por el resto de tu vida
enjuagar de lágrimas tus ojos
y dibujar precoces sonrisas
tras la amarga despedida
sentimiento ignoto
de asaz melancolía
turba el alma mía
y conduce a mi abandono
desde tu partida
sueño tu misiva
sólo deseo tu retorno

Borrasca

Los días de lluvia salgo fuera de mi rutina, compruebo mis bolsillos para que nada me frene y no deshago equipaje sin que los primeros matices de tu esencia alcancen mi ser.

No consigo evitar que las gotas de lluvia desemboquen en mi río. Tú eras mi guía en la tormenta, el refugio al que mi vida se dirigía, final de camino y principio de ansiado amanecer. Eras alba nacida de la fusión del más vital de nuestros alientos.

Y vuelvo a la lluvia, regreso al momento en que todo ocurrió, ese lapso de tiempo que tu amor sació mi avidez de tu alma y aún con los ojos cerrados podía ver tu sonrisa, en la distancia, sentir tu piel e inundar el silencio con el timbre de tu voz.

La lluvia no se detiene, en realidad, no ha parado desde tu ocaso. Te llevaste la luz enredada en tu cabello, la alegría enlazada entre los dedos. Tu marcha desoló mi espíritu y dejó mi duelo a merced de la lluvia, por eso cuando llega la borrasca no puedo saber que empapa más mi corazón, si el agua que ella trae o la que tu adiós condujo hacia mi.

Una vela se extingue

Te recuerdo con tu sonrisa cautivadora, tu palabra sencilla y agradable. Las tardes en tu casa se llenaban de animadas conversaciones, en realidad todos iban no sólo por el cariño que sentían por ti sino porque conseguías con tu actitud que cualquier problema, por más dificultoso que pudiese parecer, se convirtiera en nimio.

Una tarde, cuando al fin nos quedamos a solas, cogiste mi mano y apretándola fuertemente, me dijiste siento que me apago como una vela. Me aferré a tu mano y sin articular palabra, sufrí en mi interior tu dolor. Enjugué tus invisibles lágrimas con toda la ternura que pude hallar en mi corazón, mientras las mías ansiaban convertirse en manantial.

Días después, la luz de tu candela se extinguió, tu castillo fue rendido por ese enemigo invisible que nunca comprendiste, el mismo que no tuvo piedad en sesgar tus proyectos de futuro, tu sempiterna alegría. Quedamos huérfanos de tu presencia pero nunca abandonarás nuestro corazón…

Viento del sur

Su sonrisa es sincera, como lo son sus palabras y silencios; su corazón, tan inocente como el de un niño. Hoy llega lesionado, una profunda herida que interesa a más sistemas orgánicos de los que a priori parece. En su rostro no se atisba el dolor, las lágrimas sólo desgarran su intimidad. En la profunda soledad de su cuarto no hay consuelo, en su alma no hay rencor.

El amanecer trae nuevos aires, vientos del sur que arrastran consigo la lluvia; agua que riega el campo de su espíritu. Alcanza la primavera como estación de felicidad, en ella se resume su cosecha y de su vientre surge un nuevo principio. Será nómada por ella, atravesará las distancias entre ambos y retornará a su edén.

Nueva York

No sin cierta desgana eligió unas prendas del vestidor. Resultar elegida entre todos los aspirantes la llenaba de orgullo, mas atravesar dos continentes sin sentir su apoyo se le antojaba como una tarea de complicada ejecución. Respiró profundamente, impregnó sus pituitarias con el etéreo aroma de él y lo añadió con delicadeza a su equipaje; sin lugar a dudas sería lo más parecido a su compañía.
El sonido de sus pasos en la cocina la devolvió a la realidad. Te prepararé unos bocadillos, le dijo con voz trémula mientras se esforzaba en disimular su enojo. Los patrocinadores ignoraron las recónditas intenciones de su corazón.

Interrumpiendo su enternecedor trabajo culinario, ella asió su mano y le llevó consigo al lugar donde sus besos florecen, donde la eterna primavera transforma los sueños en mágica realidad. Un jardín construido con sublimes deseos. Perdió su piel en la de él convirtiendo en eterno el instante y exhalando una profunda tristeza por el inminente viaje. Se acurrucó a su lado para evitar el frío del alma en las despedidas y ambos hicieron brotar un río que habría de desembocar en un reencuentro.

8 meses y 8 días

Repaso mentalmente una interminable lista que Ernesto me hizo llegar unos días atrás por correo electrónico. Por un momento tuve la sensación de que ibamos a competir por algún premio de repostería más que a preparar una merienda informal. Definitivamente renuncié a seguir buscando la glucosa cristalizada… a la gente le cambia el gesto cuando pregunto por ella.

Ayer olvidé de nuevo avisar a Sara, intenté escribirlo en mi agenda electrónica pero, claro, para saber que hay tareas por hacer debes mirarla y esa es mi asignatura pendiente. No era distinto cuando se trataba del clásico dietario de papel. Hoy me he propuesto no acabar el día sin hablar con ella. Procuraré estar allí antes para ayudarte, conozco ya su respuesta. Toda ella es dulzura.

Suena el móvil y me apresuro a descolgar. Sí, diga, casi no acierto en el saludo. En cinco minutos te recojo, la acelerada voz de Carlos se entrecorta. ¡Las bebidas! Habíamos quedado para ir juntos a comprarlas. Nueva carrera esta vez para vestirme. ¿Dónde dejé el cinturón? Anoche fue un desastre pero ya no es una novedad, es una terrible rutina, tediosa e inevitable rutina.

Como tantas otras noches, prorrogo hasta lo indecible mi llegada al lecho. A Morfeo le cuesta extender sus brazos para acogerme y ya casi no queda nada de lo que charlar con la almohada. Con lentitud premeditada me desvisto, apago la luz y, casi mecánicamente, me reclino sobre la parte de mi cuerpo que solía vencerme el sueño y, con un profundo suspiro, repito el mismo deseo de cada fin de jornada, ¡ojalá amanezca pronto! Así comienza la pesadilla, una vigilia con extraños compañeros de viaje, la soledad, la añoranza, la tristeza… hasta que llega el alba y los dispersa.

Quiero pensar que no es tan importante y que, a diferencia de los fumadores cuando abandonan el hábito, no llevo la cuenta de mis insomnios, pero no es cierto. Hoy hace ocho meses y ocho días, es día ocho y es mi cumpleaños. No consigo encontrar el cinturón y seguro que Carlos se irá sin mí.

No lo consigo

No consigo recordar si alguna vez he compartido contigo la sensación de perdurabilidad que acompañaba tu sola mención en mi corazón, sí recuerdo no obstante, haber superado ese absurdo pundonor arrastrado por una timidez que dificultaba incluso la expresión escrita de los sentimientos. Sin duda una dificultad vencida porque el cariño es la fuerza que nos moviliza hasta lo indecible y, verdaderamente, creí en la sinceridad de tu respuesta…de hecho aún lo hago y por eso te escribo. Si uno es capaz de dar forma a sus sentimientos, por qué ese abismo entre lo escrito y sus actos, por qué renunciar al regalo de la amistad leal…tú también sentiste cómo la distancia crecía entre nosotros y es triste porque el silencio llegó cuando aún había mucho por decir…

No consigo recordar si alguna vez he compartido contigo la magia de la poesía…

Guadalupe

Un momento sublime en un lugar mágico. Los pasos se pierden entre el silencio del claustro mientras mi alma juega al escondite con la paz que esos muros desprenden y me hace sentir feliz. Unos ojos nos observan desde un ventanuco cercano a la torre y siento la más humana de las comunicaciones. Intento capturar el momento, inspirar para atrapar en mis pulmones el olor místico de esas vidas que durante siglos han alcanzado la meta de su fe.

Resulta sencillo difuminarse en ese ambiente y sólo deseas la soledad como compañera, el silencio como aliado, el espíritu como guía… sólo bajo la pertinaz lluvia puedes sentir cómo el jardín pretende invadir con su aroma los más recónditos espacios del monasterio, trato de dejarme arrastrar por la avalancha de sensaciones que parecen empujarme hacia el reposo eterno de aquellos que, ya sin remedio, pretendieron encauzar sus actos.

Anochece y busco la luz que me indica la salida hacia el bullicioso mundo exterior, incluso el entorno no es capaz de librarse del poderoso influjo de esas vetustas piedras, en un no disimulado respeto la gente espera encontrarse alejada del recinto para retomar sus preocupaciones y sus cuitas… entre ellos os vi marchar hacia el sueño… y ahora sigo vuestros pasos.