Soñé una playa, una arena blanca acariciada por tentáculos de mar bravío entre una bruma que anticipaba el alba. Soñé un bosque, eucaliptos, pinos y abetos, sombras pululando entre sus vigorosos troncos, esquivando las tenues luces que anuncian el nuevo día. Soñé un prado, donde la oscura noche no permite resquicio, diáfano en el horizonte apunta la línea de un astro que, sin piedad, parte en dos lo invisible.