Silencio

No había tiempo para nada más, tan sólo cerrar bien puertas y ventanas para que no entrase el frío. Y la nada inmensa, cálida, que lo rodeaba. La estancia estaba semioscura, sus ojos entornados, sus pies helados. Despacio y en silencio se dirigió hacia su cuarto. Allí hacía más frío. Era indiferente. Había aprendido a controlarlo. Acarició despacio las sábanas para quitar las arrugas y se tendió sobre ellas. Extravío. ¿Quién sabe donde estaba el mundo? Caos, destrucción y más caos. Poco se puede hacer ante eso. Las mantas cubrieron su cuerpo. Pudo sentir levemente el suave escalofrío que nos recorre ante un acantilado, pero sin ver el mar. Tan sólo trozos de su pensamiento como fragmentos enredados a su cuello, y los pies fríos como el hielo. Qué azul se torna todo a veces aun estando en la oscuridad más absoluta. Había extendido su brazo torpemente en dirección al interruptor de la luz, que pendía de la mesilla de noche, y se hizo el silencio. Breve sensación de frío en el cuerpo, otra vez. Rigidez y ausencia de movimientos para no perturbar. Si no lo tengo, no tengo nada.