Sentir la vida

Por añoranza
vuelo,
desplegando atentamente
las alas atoradas.

Veo el camino
y las cimas
de este entramado
llamado red.

Erase una vez
el mundo entero
girando
cual rueda esférica.

Cierto día
se paró el viento
y los bosques
guardaron silencio.

El Sol, ardiendo,
desatendió
los puntos cardinales
y nos cegó a todos.

Las nubes,
atolondradas,
sin viento que las guiase,
se dispersaron.

Llovió en Calama,
donde no llueve jamás,
y Finlandia
perdió el verdor.

Ahora, con ojos arrasados,
las gentes del norte
espantan las moscas
venidas del desierto.

El Sahara, aliviado,
se llenó de pájaros
picoteando
los ojos de los niños.

Momentos de luna llena
se repitieron
en todos los mares,
a cada momento,

y las aguas
se colaron por los ríos,
batiendo sus alas
para trepar monte arriba.

Es así que nos sorprendemos
a cada instante,
sin saber qué se mueve:
si el mundo o nosotros.

Es por esto
que se borraron
los caminos todos,
permitiendo la odisea.

El mundo se llenó
de nuevas cimas,
caminos y puentes
aún sin descubrir,

y yo, cual piedra sorprendida,
me fui desintegrando
sobre la red de Perséfone,
afirmando la imposibilidad.

Perdimos los referentes,
ganando las batallas
a la improvisación
y la emprendedura.

Nos hicimos libres
para elegir el lugar,
ese hábitat mundanal
que sería propio.

Mientras Penélope,
paciente,
mantenía la espera
tejiendo y destejiendo,

yo accedí
al universo infinito
representado
en la cueva de Cyane,

sintiendo la inminencia
de toda posibilidad
a la hora de ver
y sentir la vida.