Paseabas tu dulzura cada atardecer junto a los destellos del agua, el puerto devolvía cada sonrisa con un acompasado ritmo de olas que hacia zozobrar las embarcaciones más pequeñas. Con delicado esmero, asía tu mano y juntos nos balanceábamos en las cadenas de la plaza mientras el mundo a nuestro alrededor dejaba de existir, solo tu mirada y el suave tacto de tu piel.