Más allá de las palabras

Es tiempo de cambios. Asumo con displicencia todo lo ocurrido hasta hoy, pero me conmuevo profundamente en la sensación de lo ganado, de lo aprehendido con lazos que ya difícilmente podré desatar.

Y yo de nuevo en el punto cero, ese espacio suave y benevolente conmigo mismo en el que hago recuento de instantes, cierro los ojos y todo se me torna interior.

Las palabras fluyen torpemente, porque el lenguaje en el que quizás me fuera dado pensar, no es el latín, ni el italiano o español, sino un lenguaje del que no conozco una sola palabra, un lenguaje en el que me hablan las cosas mudas y en el que, quizás, una vez en la tumba me justificaré ante un juez desconocido.

Todo se me hace tan presente y tan vivo que me impongo el deber ineludible de sincerarme con todo aquello que me abraza, consciente de que mi libertad será también no olvidar los lazos atados libremente.

Es como si yo mismo estuviera en fermentación, echando burbujas, borboteantes y brillantes. Y todo esto en una especie de pensamiento febril, pero pensamiento con un material más inmediato, más fluido, más ardiente que las palabras. También son remolinos, pero no semejantes a los remolinos del lenguaje, que parecen conducir a perder pie, sino, de algún modo, hasta mí mismo, hasta el más profundo regazo de paz.

En este abandono del tiempo real dibujo en mi memoria un reloj imaginario que va marcando instantes que pasarán a formar parte de mí. Este reloj ha marcado tiempos que los dos hemos amado; y los seguirá marcando.

Citas en negrita:
Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos
Arquilectura. Madrid, 1981