Los mundos que tú creíste imposibles

A veces tiemblan las paredes,
el cielo se cae a pedazos,
se desmonta la frase que te nombra.

No tengo nombre que me nombre,
ni nadie a quien nombrar,
ni nada que nombrar.

El verbo se hizo carne, bendíceme, padre,
por todos los pecados que me hicieron feliz,
por todas las traiciones a tu nombre
que trajeron luz donde sólo había tinieblas.

Perdóname, padre,
porque en vano utilicé tu nombre,
porque en ocasiones, quizás demasiadas,
emprendí la aventura de imitarte,
yo, que no tengo nombre que me nombre,
que vengo de tierras inexploradas
que poco saben del cuerpo.

Tú que creaste el cielo y la tierra,
todopoderoso monstruo de la creación,
dime, espanto, dónde quedó
la palabra primera, el limbo del corazón,
dónde mi cuna y mi estrella,
quién fue, ¿fuiste tú, padre,
quien me dejó aquí abandonado
cuando había tanto a lo lejos,
tanto que ver, y me diste ojos,
triste error los sentidos engañosos?

Pero te pido perdón por la duda,
por la admiración no profesada,
por no sentirte único,
nunca por la blanca ausencia.

Tú con tu nombre creaste este mundo,
yo sin el mío te creo a ti,
y con ello a todos los mundos
que tú creíste imposibles.