Lo que queda del día

Ayer por la tarde di un paseo hasta la orilla del Mar Menor y me quedé allí sentado durante casi una hora. El fuerte brillo del sol cegó mis ojos, que lo miraban embrujados como si de un irresistible tesoro se tratase. Después vino la oscuridad total pero ya no me importó, porque una sonrisa de color dorado me acompañaba susurrándome al oído: no te rindas, no te rindas…