La experiencia del viaje

¡Qué situación más difícil! Qué extraño el sentimiento ante la vida detenida, ante la inmensidad de la mente insatisfecha y capaz. Si me miro adentro no me conozco y, a veces, veo un torbellino que me asusta y me atrae al mismo tiempo (la excitación del abismo), en forma de fuerza centrípeta. Y no me resisto ante la tentación de dejarme devorar por mí mismo, morderme y despedazarme hasta ver qué hay debajo de la piel. Pensamiento y materia orgánica combinados para dar a luz a un corazón que palpita sólo por causa de las leyes de la sabia naturaleza; y por nada más. ¿Me equivoco? No, no lo hago. Pero no puedo rendirme. Perder la confianza en el género humano supondría perder la confianza en mí mismo y en mis potenciales. Siempre ansié encontrarme con alguien que cruzase ese profundo umbral que me separa del medio en que todos nos esforzamos por sobrevivir (egoístamente) a cualquier precio, y poder hablar, con la voz, con los ojos, con las manos, con el adorado silencio…, hablar de mí y del otro, de los otros y de este mundo y de aquel y del universo infinito, de los contingentes todos.

Hay instantes en la breve vida que poseemos en que se produce el ansiado milagro. Es entonces cuando se detiene el tiempo durante meses, o años, y recapitulamos a la vez que compartimos todo aquello que poseemos, y lo entregamos con todo nuestro amor como fuerza motora. Pero el pasado no es eterno y, en ningún caso, la evolución es conjunta. Así que, ante la imposibilidad de compartir llegado el momento, hay quien emprende una discreta retirada; ante el miedo al potencial ajeno, cuando alguien descubre el autoengaño de querer y no poder, hay quien huye rápida, sonora y torpemente; ante el descubrimiento de que la propia evolución ya no es paralela, ya no tiene paralelas, hay quien dice a todo un “sí, sí”, y se fuerza en seguir adelante buscando puntos de amarre detrás de aquella curva al final del camino que alcanza a ver, y a la que antes no se atrevió siquiera a mirar. Y lo que venga será bien recibido. “En medio de la tormenta, cualquier puerto es bueno” con tal de que no naufrague nuestra embarcación, esa que tal vez algún día nos lleve a Ítaca… Al menos intentaré que, tarde o temprano, la experiencia del viaje haya merecido la pena.