La carta

Cuando recibí tu carta ya me encontraba muy lejos, demasiado distante de la ciudad y a no sé cuántos abismos de ti, de tu corazón. Tras nuestro primer encuentro, pronto fui consciente que no había caminos que compartir, ninguna ruta que nos aproximara pero tu decisión inclinó mi voluntad hacia tu deseo. Tú buscabas que te quisieran y yo odiaba mi soledad…¡triste punto de partida! No lo pensamos demasiado, tampoco era nuestro propósito, ambos optamos por volcar toda la ilusión en aquello que habíamos puesto en marcha y que no sabíamos bien qué era y cómo llamarlo.

No tuve valor para compartir contigo mis inquietudes, mis muchas dudas…prefería esperar tu llamada y dejar que el torrente de tu voz me arrastrara a un mundo que aún me resultaba ajeno, extraño porque no terminaba por sentirme parte de él. Eras capaz de todo y más para ganar un segundo que pudieras compartir conmigo y, sin embargo, yo, que contemplaba nuestro entorno con la indiferencia de quien desconoce destino, no supe estar a la altura de tu entrega y dejé escapar a quien era capaz de amar y amarme. En cualquier caso, si ahora te escribo, es más para tranquilizar mi alma que para solicitar un perdón que no podrá librarme de una incómoda sensación de angustia.

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