Es tarde, muy tarde y no hallo el ansiado abrazo de Morfeo. Tampoco sé si lo deseo, me acostumbré a velar tu descanso y me resulta extraño dormir toda la noche. Miro los libros junto a la lámpara, siguen como tú los dejaste, cómo disfrutabas leyendo varios a la vez, todos conservan algo de ti, tus señaladores, tu mirada, tus notas y tus emociones… Nunca me había percatado de lo amplia que resulta esta cama, ni lo fría que puede ser la estancia sin tu presencia.
Solo dos minutos, tan solo dos. Hubiera jurado que no menos de una hora transcurrió desde mi última lágrima, el mismo tiempo que tomaste para decir adiós y coger tu equipaje. No siento sed aunque mi boca y mis ojos están extenuados y ajados, no siento hambre aunque tu amor ya no sacie mi vida.
La ventana sigue cerrada, como la vida que compartimos, como tus oídos a mis palabras, como tu corazón a mi llanto.