El soñador

Si se dejaba llevar por su inclinación natural, no imaginaba actos u obras controlables por el éxito; sentía en sí una inclinación infinita por la inmovilidad, por la contemplación, por el silencio. A menudo se paraba en medio de una calle, en mitad de un cuarto, para escuchar. Escuchar ¿qué? Escuchar todo. Se sentía como un ermitaño ligero, furtivo, solitario, que anda con pasos invisibles por el bosque, y que queda en suspenso para captar todos los ruidos, todos los misterios, todas las realizaciones. Deseaba pasear durante años por las ciudades y por los bosques, no estar en ninguna parte y estar en todas. El soñador tiene el gusto divino de la omnipresencia.

Pierre Drieu La Rochelle