El raíl infinito: un mundo lleno de posibilidades

A veces la vida nos pone a prueba, nos reta en un enfrentamiento para el cual puede que no estemos preparados y nos vemos obligados a reaccionar con rapidez si no queremos que pase de largo el tren hacia otra estación que ya no será la nuestra. Trenes que van y vienen, que paran en nuestras estaciones tan solo durante un breve espacio de tiempo y hemos de estar alerta para no dejarlos escapar, sobre todo cuando vemos claro que es un tren cargado de mercancías propicias para nuestra vida. No se trata de verlo, sino de sentirlo en lo más profundo, saber que ese tren de mercancías contiene algo que nos hará superarnos un poco más en ese reto de aprendizaje que nos hemos propuesto. Ayer se paró mi tren, lo vi y lo sentí, ese tren que siempre marchaba hacia el norte y que día a día transportaba mis sueños a lo largo de un interminable rail. Hoy ha pasado un tren diferente, nuevo, con otros contenidos, con otras propuestas tan novedosas como inciertas, pero interesantes en cualquier caso. Se impone un trasbordo.

A lo largo de mi vida he viajado en muchos y diferentes trenes que iban y venían por un mundo lleno de posibilidades. En ocasiones descarrilaron y me vi obligado a tomar, como medida de urgencia, uno nuevo. Ya ocurrió otras veces y ahora no me sorprende que ayer estuviese mi tren estancado encima de un puente, sin pasajeros, sin haber llegado a ningún sitio. Estoy seguro de que ese rail no llevaba a ninguna parte, por lo que esta misma mañana he salido con prisa de casa buscando un nuevo tren que poder coger en marcha, para no parar, para no esperar en una vía muerta algo que podría no llegar nunca. La sorpresa ha sido encontrar cientos de trenes que se movían con su traqueteo musical por cientos de vías en forma de pentagramas, espirales y laberintos. Unos salían en ese mismo momento, otros lo harán dentro de unos días e incluso algunos me esperarán lo que sea necesario. He respirado tranquilo y feliz, he cerrado los ojos y una dulce brisa ha saltado mis hombros acariciandome las mejillas, mientras esperaba a cruzar una calle y el semáforo se ponía en verde. Quizás no merezca tanto, pensé, pero he cruzado la calle y las puertas se abrían de par en par a mi paso por la acera. Todo era una sinfonía de sonidos de coches, pasos de gente, obreros arreglando el pavimento, sirenas, niños saliendo del colegio, el viento en los árboles, la vida, casi como en un musical.

Y en lo más profundo de mi corazón, una lágrima emocionada cual espectador maravillado que va enlazando representaciones para no dejar nunca de soñar, para no olvidar jamás esa particular intensidad que la vida nos regala en cada instante que transcurre, una intensidad repleta de infinitos sentimientos posibles, buenos y malos, malos y buenos, y que bien engarzados forman una trayectoria que es la mía, siempre recorrida con la ayuda de esos trenes que siempre pasan sin avisar, poniendo a prueba mi capacidad de improvisación.

He viajado en muchos de esos trenes, otros pasan ante mí a menudo y otros hasta parecen dispuestos a esperar mi momento preciso para saltar al interior de uno de sus vagones. Sólo espero mantener la atención necesaria para saltar de ellos antes de que descarrilen y evitarme un nuevo golpe. Ya aprendí mucho de los golpes; ahora sólo quiero aprender de las suaves brisas, las sonrisas, el espectáculo de todo cuanto me rodea y mis propios sueños. Comenzaré a morir el día en que deje de soñar.

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