El primer tren

Posiblemente no era sencillo hallar la salida del laberinto en el que mi vida se había transformado. Estar solo y sentirse solo, no había gran diferencia entre ambos verbos en aquel entonces. El amor hibernaba en algún lugar, de eso no había duda, el problema era saber dónde se ubicaba ese espacio y cómo acceder a él.

En esa ausencia de esperanza, vagabundeaba por los vericuetos de una anodina subsistencia hasta que una jornada cualquiera, el azar me llevó a la espera de un ferrocarril. Nadie sabía de tu presencia en aquel tren, nadie te esperaba, nadie podía prever que aquel día estaba reservado para nuestro encuentro.

En un vagón de impreciso número, tras abrir la portezuela, apareciste como la luna en las noches de estío, serena, brillante y majestuosa. Cuando nuestras miradas se cruzaron el mundo se detuvo, nada importaba, todos dejaron de existir, nos sumergimos en corazón ajeno, buceando entre mareas hasta alcanzar la incipiente semilla que acabábamos de plantar el uno en el otro.

El encuentro de nuestras pieles se produjo de manera fortuita mas ya era  añorado por desconocido, jubiloso en su contenido, urdido en lo más profundo de nuestro deseo y convertido en germen imparable de dichosa cosecha.

Recorrimos las calles paseando con orgullo nuestra devoción, nuestra alegría, nos besamos en cada rincón jugando a esquivar las indiscretas cámaras de seguridad de las esquinas. Éramos felices incluso compartiendo un simple gesto bajo la tenue luz de una farola. Devoramos demasiado rápido las perdices.

Nos separaba la salvable distancia que trababa nuestro encuentro, las inquietudes impacientes de la juventud, el siniestro abismo etario que en ocasiones jugaba con nosotros haciéndonos hablar lenguajes ininteligibles que nos sumían en la tristeza del amante no correspondido. Naufragamos en un mar que no supimos cruzar…

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