El final del invierno

Primeras amapolas en los campos
cubiertos por completo de margaritas
y mi amor sigue pendiente del tiempo,
del lento paso de las nubes blancas,
de las habituales puestas de sol.

Las calles se abren de par en par
y nosotros todos entramos sin miedo
en el geográfico laberinto que antaño,
tomado por el gélido viento del norte,
nos vetaba toda la calidez del aire.

Así es que los rostros se iluminan
y las sonrisas resuenan como cascabeles
a lo largo y ancho de este sitio olvidado,
al sur de casi todo lo que piensa,
al norte de casi todo lo que siente.