El filtro rojo en mis ojos

ImagenEn un mundo tan pequeño se puede ver todo. Puedes ver al sol girando continuamente, tanto, que en un solo día da toda la vuelta. Tan pequeño es este mundo que apenas caben todos los sentimientos posibles: apenas la rabia, apenas el dolor, apenas la alegría…

En este íntimo mundo todo está al alcance de la mano, todo disponible, listo para usar. Tan íntimo es, que no hay más resolución que la necesidad de elegir, la eterna duda, la decisión permanente y muda, para paliar una soledad que no es tal, no más que un sucedáneo de la inmensa soledad que poseemos todos. Hablo de las palabras, de la imposibilidad, de cómo se esconden cuando se trata de algo importante. Hablo de lo difícil, cuando el lenguaje ya no resulta útil, cuando nos preguntamos qué hacer con el silencio si hay tanto que expresar.

Más allá de los sentidos, el mundo crece, pero ya no nos basta con el cuerpo, tan pequeño como el mundo de lo sensible, de lo sentible, de lo concreto. Este es mi silencio, el placer de lo imposible, el filtro rojo en mis ojos.

5 comentarios en “El filtro rojo en mis ojos”

  1. Me preguntaba por qué el rojo. Es posible que me equivoque, pero pensé que por ser uno de los colores más intensos, que más irradiaria aquello que las palabras no pueden expresar… podría ser.

  2. Ni la soledad ni el silencio existen. Las palabras tienen su potencia, no son nunca inútiles, pero cuando se limitan, cuando se topan con su imposibilidad, es menester una transgresión: hay que hacerlas estallar. El lenguale no es una cárcel, lo es cuando el mundo se ve pequeño, tal como lo dices. El lenguaje no es sólo la lengua, ni sólo lo que se dice, por eso no es reducible a este mundo.

    A las palabras hay que desdoblarlas, hay que hacer una incisión en ellas para ver qué es lo que oculta su enunciado, su pergamino. La soledad y el silencio sólo pronuncian una in-divi-dualidad, en el sentido de ese ser incapaz de divi-dirse en dos (o en más), en el sentido de ese ser incapaz de desdoblarse, de hacerse con su sombra un doble de sí.

    Es mundo de la trangresión el que resulta ser más grande y menos pequeño que ese mundillo del que hablas: hay que efectuar rupturas existenciales, quiebres epistemológicos en la articualción del lenguaje que nos hemos apropiado y que nos invoca al fijismo de lo que creemo ser, hay que hacer más balabuceos…

    Hay que hacerlo para ver que los umbrales que transgreden a las palabras son capaces de describir lo múltiple, lo infinito, y lo plural. A diferencia de los límites, esos umbrales son lo único capaz de disolver a la soledad y al silencio. No culpes a las palabras, no hagas pequeño este mundo: lo que te preocupa es el terror de tu mutismo, y eso no tiene que ver con las palabras, tiene que ver con tu cuerpo y con la relación que llevas con él, tiene que ver con eso que has incoporado y que se ha tejido en tu cuerpo, tiene que ver con las extensiones móviles de tu ser en tanto que es como un tirititero de tu cuerpo.

    Como sea, esta preocupación tuya es un buen comienzo para desodoblarte, para olerte la axila y ver que estás en ti antes de estar en «la casa giratoria». De hecho tu casa giratoria es tu cuerpo, no es el mundo. Ciertamente, el mundo es la casa giratoria del cuerpo en el que estás, y acaso lo puedes percibir como tuyo mediante ese cuerpo, pero se necesita una sarta de transgresiones para estar afuera y existir a pesar de él.

    Por eso las palabras describen al mundo como «diferido» por el cuerpo tuyo: ese cuerpo es en realidad el cuerpo mismo del lenguaje, pero el lenguaje incluso va más allá de ese cuerpo. La trangresión media entre esos mundos, y eso es lo que añoras: una ionización de su ser para extrapolar las palabras que tu cuerpo quiere hacer visibles, esas que se agolpan en un gesto o en una serie de retenciones…

    Si acaso, el filtro rojo es la carne de tu cuerpo que impide que veas a través de ella: son los párpados de tu ser que hacen de velo a tu existencia…

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