El faro

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Cuando anochece suelo asomarme a la terraza y mirar al faro encendido, con su rayo de luz giratoria de aviso a navegantes. Yo, que soy marinero en tierra, disfruto igualmente de la señal luminosa. Sé que el cabo está ahí mismo, cerca de mi ventana, y eso me da el punto de estabilidad para saber dónde estoy exactamente. El faro es mi guía nocturno, con su poética luz reflejándose en los ojos.

Esta noche salgo a la terraza, como tantas otras noches, me apoyo en la barandilla y clavo mi vista en el faro. Entonces respiro un poco mejor, dejo mi mente en blanco y sólo atiendo a la línea luminosa que desprende y llega hasta mí en intervalos regulares. Es bonito dejar que la noche caiga, sentir el viento marino golpeando mi piel y mirar el rayo de luz una vez más. Sólo entonces siento ese bienestar propio de cuando se está a salvo.