El canto de la aurora

Auroros

Desde hace siglos, en diferentes pueblos de la Región de Murcia, el amanecer se adviene sobre la tierra mecido por la música. El canto de los hombres se mezcla con el azahar. Se llaman auroros. En diferentes fechas del año, caminan con una vieja campana de mano y un farol. Aún al alba, se reúnen frente a la puerta de la iglesia y, tras un Ave María compartido con la escarcha, levantan salves por el aire.

Cantan mientras amanece. Y rezan, de casa en casa, por las sendas de la huerta; acequias, carriles, bancales, limoneros, apenas iluminados por un farol que poco a poco, va aminorando su potencia, cediendo ante la presencia inminente del sol. Y su voz. Y la luz…

Así amanecía en la huerta. Así, a veces, deberíamos recordarlo.

El siguiente poema ha sido escrito por el hijo del hijo de uno de esos hombres, testigo partícipe, él también, de aquel ritual en sus años mozos: las despiertas, inmenso caudal rítmico y melódico, telúrico y luminoso, recibido desde las gargantas entre la penumbra de los huertos. Vertido en su propio destino, ofrece su palabra en homenaje, donada la voz a la tierra en que le parieron, amasada desde el amanecer por un canto.

AUGURIOS

Tres golpes
De madera

Ave María Purísima

Uno
Tras
Otro

No ha muerto el alba

Secos
Duros

Contra la puerta de la iglesia

Dios te salve
Dedos en cruz
Sobre la frente

Ave maría
Ave purísima

Silencio
Cántico
Amanece

Rezuman las gargantas oxidadas
Proclaman sobre el vaho su relieve
Incitan al aroma del rocío
Cumplida su misión desvanecerse
Haciendo canto al caminar
Rezando entre el azahar de los naranjos
Evanescente la luna
Destila su mosto despacio

“Dios te salve virgen pulcra
Emperatriz de la aurora”

Una plegaria deslumbra
A esos hombres que te honran

Ave María
¿Se canta o se reza?

Se reza,
Se canta
Se vive,
Se vela…

Quema el aire y sangra hielo
Derritiéndose la escarcha
Canto de paso firme

Luto
Farol
Campana

La oscuridad en declive

Azahares
Brisas
Calma

Ave María
– Silencio…

Concebida sin pecado
Con saliva sin recaudo
Queda un eco tras el alba
Ha comenzado a tañer
Lento, húmedo el azarbe
Inmarchitable del alma.
Siglos por siglos
Amén

Dios guarde desde su herrumbre
El dolor de las campanas.

Texto del post y fragmentos del poemario “Auroras”:
Pedro J. G. Gambín