El buzón

Cuando desapareciste en aquel tren, te llevaste contigo todos nuestros poemas en el equipaje de tu corazón. Ni un adiós, ni aún una luz. En el convoy, mi aliento; en el andén, desesperanza. La máquina es tan fría como tus sentimientos y se mueve por un impulso falto de toda terneza, en ello os asemejáis.

No hubo conmiseración en tu discurso a pesar del menoscabo que turbaba mi espíritu, ni un barrunto de clemencia en tus ojos. Esa fue en realidad tu primera despedida.

Abandoné cabizbajo la estación, puse rumbo a mi nueva soledad y deambulé por los rincones donde furtivamente fuimos esparciendo pequeños fragmentos de nuestro tesoro, por si algún día perdíamos nuestro camino, pero como en el cuento, éstos habían desaparecido.

Un sonido familiar y en el infame receptor móvil que destruye toda intimidad, una comunicación cuyo origen conozco bien. Lo siento, es todo lo que alcanzo a leer. ¿Qué sientes?, me pregunto, ¿haber arrancado una parte de mí o haber perdido promesas en el armario de tu olvido? Yo también lo siento, siento resquebrajar mi interior.

En lo que permanece de nuestro hogar y le separa del mundo dejé una hendidura para una carta que no llegará, una epístola que jamás escribirás y aún así soy incapaz de mirar el buzón con serenidad.

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