Minimalismo

El minimalismo consiste en dejar espacio para lo que de verdad importa, lo que te hace feliz. Y aquí no estoy hablando de placer, sino de felicidad. ¿La diferencia? El placer es una sensación pasajera y está provocada por un hecho externo que produce un sentimiento agradable. (…) La felicidad, en cambio, es un estado que trasciende a una emoción y está vinculada con una sensación de autorrealización y plenitud, tiene un carácter duradero y, en este caso, el foco está dentro.

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Útil y utópico

Qué útil sería poder desterrar todo conocimiento previo, toda educación en valores preestablecidos, todo condicionamiento cultural, para así abandonarse a la libertad de saberse uno mismo y conocerse, desde el vacío blanco y clarificador que surge cuando no hay nada ni nadie con quien compararse. Y qué utópico.

Cocina Zen (Shojin-Ryori)

De vez en cuando me gusta abrir en esta casa un hueco para el zen desde un punto de vista filosófico y espiritual, no tanto religioso.

En el zen, como en otros caminos espirituales, son muy importantes la correcta preparación de la comida y el seguimiento de una buena dieta. El propósito de la cocina zen, o shokin-ryori, es contribuir a la salud física, mental y espiritual tanto del cocinero como de los comensales. Es por ello que también se le denomina yukeseki o medicina, y encarna el mismo principio contenido en el sistema médico indio ayurvédico, según el cual la selección de los alimentos y su preparación son inseparables del tratamiento de enfermedades y del cultivo de una buena salud.

Si alguien enferma debería examinar su dieta, elegir bien, masticar cuidadosamente y dar gracias. De este modo se da rienda suelta a los poderes curativos de la naturaleza con los que el hombre ha sido bendecido y prácticamente todas sus enfermedades son vencidas.

D. Scott y T. Pappas, Three Bowls Cookbook

Aunque la dieta zen es tradicionalmente vegetariana y muchos de sus seguidores se abstienen de comer carne basándose en el precepto budista de no matar a seres sensitivos, es importante decir que algunos seguidores del zen sí comen carne y que el hacerlo o no es sólo una cuestión personal.

La cocina shojin proviene originalmente de China, y sus conceptos filosóficos llegaron a Japón con el regreso de los monjes que habían viajado a China para aprender ch’an. Uno de los más famosos fue Eihei Dogen, que escribió un tratado sobre el tema: Tenzo Kyokun. Los principios que se defendían en estos tratados influyeron notablemente en el desarrollo de la cocina japonesa en general, al igual que ocurrió con el diseño de casas y jardines.

Cualquiera que haya preparado una comida para alguien querido, ya sea familia, amistades o todo lo que existe, como en la gran reunión, quizá haya experimentado un sentimiento placentero cuando se juntan los alimentos. Cuando los colores y sabores se mezclan con la certeza creciente por parte del cocinero de que el manjar será exquisito, algo pasa a través del cocinero, a través de los alimentos, a través del vestíbulo de meditación y regresa después. Supongo que podría llamársele amor. La gente ha disfrutado ya de los alimentos antes incluso de habérselos comido. El cocinero lo percibe y crece una sensación de bienestar.

D. Scott y T. Pappas, Three Bowls Cookbook

Tras el shojin-ryori se esconden el principio básico del amor y la gratitud por los alimentos recibidos. Preparar y compartir la comida contribuye entonces al bienestar de la sociedad y de nosotros mismos.

Construir un jardín zen

Para construir un jardín zen, deberás comprar grava blanca (para cubrir unos 100 metros lineales de terreno) y siete grandes rocas pulidas por la acción del tiempo. En uno de los extremos de mejor visibilidad, construye una sala de meditación desde la que puedas contemplar tu creación. Has de trabajar más de cinco años en construirlo, y te anticipo que gastarás los ahorros de toda tu vida. Una vez terminado, hay que dejarlo reposar al menos 300 años, con lo que ya habrás conseguido el 1% de tu propósito inicial.
¡Hay quien se anima a construirlo!

¿Debemos renunciar a la utopía?

La idea de que los humanos pronto tendremos en nuestras manos la posibilidad de crear una sociedad perfecta, ha derivado a lo largo del siglo XX en lo que se denominan antiutopías (o distopías), esto es, la utopía en un sentido negativo y no deseable. De cumplirse algunos de los pensamientos utópicos que a lo largo de siglos han desarrollado en escritos o predicciones de multitud de escritores, filósofos o gurús varios, las consecuencias podrían ser nefastas para nosotros.

Aldous Huxley aborda con maestría esta posibilidad en Un mundo feliz (1932), una advertencia de que el progreso científico-técnico no nos llevará a ese “mundo feliz” que esperamos, sino a una sociedad “inhumana” donde la planificación y el control estarán por encima de nuestras libertades fundamentales.

También en 1984 (escrita en 1949), George Orwell predice un trágico futuro si no ponemos límites a la intrusión de la tecnología en nuestra sociedad, ya que los gobernantes, sean estados o multinacionales, podrán utilizarla en un momento dado para controlar y dominar a las personas. La planificación pasaría a ser sumisión y eliminación de cualquier posible discrepancia con lo establecido.

Estas antiutopías no proponen una visión positiva del futuro, sino que advierten de la situación indeseable a la que llegaremos si no cambiamos el camino de nuestro desarrollo.

Las utopías parecen mucho más realistas hoy de lo que se creía antes. Y ahora nos hallamos ante otro problema igualmente angustioso: ¿cómo evitar su realización definitiva? Quizás empezará una nueva era en la que los intelectuales y las clases cultas soñarán con el modo de evitar la utopía y volver a una sociedad no utópica, que sea menos perfecta, pero más libre.

Aldous Huxley, Un mundo feliz (1932)

En opinión de los críticos de la utopía, los intentos de ponerla en práctica exigen la eliminación de cualquier oposición al proyecto, ya que no podría tolelarse una pluralidad de opiniones sobre ella. Por lo tanto, identifican utopismo con totalitarismo.

Karl Popper, en sus libros Miseria del Historicismo (1957) y La sociedad abierta y sus enemigos (1945), alienta al abandono de las utopías sociales y a la solución de los problemas concretos siguiendo un criterio de realizabilidad en el presente, y no basándose en soluciones globales y definitivas a partir del modelo de una sociedad perfecta.

El atractivo del utopismo surge de no comprender que no podemos establecer el paraíso en la tierra. Lo que sí podemos es, en cambio, hacer la vida un poco menos terrible y un poco menos injusta en cada generación.

Karl Popper, Utopía y violencia (1947)

A principios del siglo XXI, las utopías sociales están desapareciendo y el panorama del pensamiento utópico no parece ser muy halagüeño. El realismo político gana terreno basándose en el lema: “hay que acogerse a los hechos tal como son”, esto es, que los seres humanos son como son y es imposible cambiarlos. Según esta perspectiva, sería la ciencia la que ha de mostrarnos nuestras posibilidades y nuestros límites.

Asistimos a la desaparición del pensamiento utópico y, con ello, a la aceptación del realismo político. Sin embargo, la pregunta sigue ahí:

¿debemos renunciar a la utopía?

La filosofía de “menos es más”

Menos es más
Menos es más

Adoptar la filosofía de “menos es más” supone decidir qué necesitamos tener alrededor y qué no. Tener menos posesiones implica ser más selectivo. Las cosas con las que elegimos vivir deben valorarse por sus cualidades estéticas y prácticas, y las apreciaremos más si las hemos seleccionado con tiempo y cuidado.

Los espacios simples y despejados satisfacen la necesidad de calma, y el placer de contemplar algo bello ayuda a centrar la mente y recuperar el ánimo.