Propósitos azules

Silencio de amor

Un padre viudo que no ha superado la muerte de su mujer, no ha elaborado su duelo y de una forma inconsciente aborta cualquier posibilidad de nueva relación, además de expiar un subjetivo sentimiento de culpa en la loable tarea de acompañar con la lectura a los enfermos de un hospital. Una adolescente inteligente en un cuerpo de niña que comienza a reclamar que se le trate como a un adulto. Un ácrata enclaustrado en un mundo paralelo y volcado en la carrera por cambiar el sistema. Una hija y su madre distanciadas por incompatibilidades solucionables por el amor que se profesan y que nunca se han confesado.

Ciertamente se trata de personajes quizás demasiado arquetípicos pero tratados de una forma exquisita con un acompañamiento literario y musical no exento de espiritualidad, que arropa en todo momento su particular devenir en la historia que se relata y cuyo fin nos anticipa cuando Alessandro lee una parte del precioso poema que da título a la película.

Posiblemente su final sea previsible pero no por ello menos hermoso. Si además tenemos en cuenta el panorama cinematográfico actual (al menos en provincias) resulta muy estimulante disfrutar de relatos como éste.

T’amai di quannu stavi dintra la naca,
T’addivai ducizza a muddichi a muddichi,
Silenziu d’amuri ca camini ‘ntra li vini,
Nun è pussibili staccarimi di tia.

Nun chianciti no, albiri d’alivi,
Amuri e beni vengunu di luntanu,
Dilizia amata mia, sciatu di l’arma mia,
Dammi lu cori ca ti dugnu la vita.

Vacanti senza culura tengu lu senzu ,
Quanno ‘na mamma si scorda a so figghiu,
Tannu mi scordu d’amari a tia,
Ti vogghu bbene picciridda mia.

Vulati acidduzzi iti ni ll’amata,
Cantantici mentri nc’è morte e vita,
Comu tuttu lu munnu esti la campagna,
Tu sì a Riggina e ju Re di Spagna.

(Alfio Antico, Silenzio d’amuri)

Casi una oda

Reflejos estoicos
conjugados entre surcos
y antiguos vestigios
grabados con tenaz sufrimiento
otrora dominante en tu historia
son ahora luminiscentes candelas
que nuevo amanecer
brindan a tu encuentro
cándido refugio de pueril inocencia
alma que desconoce mancilla
un mar de sueños te espera
despliega velas al viento
parte con premura
sin miedo al horizonte
alcanza el ansiado paraíso
destino casi olvidado
allá donde eterna ventura
surque benévola tu rostro.

Un gesto de ternura

Una barandilla de aluminio desafía el sol de mediodía y éste hace brillar su orgullo.

Esther se dirige con parsimonia a su vehículo ante la indiferencia del gorrilla. Detiene su paso y hurga en un bolso acarreado sin entusiasmo. ¿Dónde puse las llaves?, repite con insistencia.

El niño le mira desde una ventana y sonríe. Sus dedos menudos se mueven acompasadamente en un gesto de ternura.

El impasible segundero

Sin interés por el avance impasible del segundero, ordeno con disimulada fatiga el fruto de una ciclópea jornada y pongo fin a mi conectividad online. ¿Dónde está la improvisación? Si las piezas no estuviesen ordenadas, sería imposible completar el rompecabezas. No admite réplica el argumento. Blindado y perfecto para una tercera ola. Deshumanizador y alienante para asumirlo.

Luz y Mar

Un beso siembra
jubilosa y ansiada primavera
y florece en el corazón
como campo fértil de vida
donde parir desea alegría.
Vientos hipérboles,
portadores de vigoroso fluido,
alimentan una recóndita gloria,
armonía luminosa
que brotar espera
del aliento, gozo sincero;
del vientre, océano sereno.
Tras de ti, Mar en calma,
Luz regocija al universo.

Angustioso sigilo

Como cada mañana un runrún me interrumpe el descanso, como cada mañana aborrezco su estirpe. ¿Hay acaso objeto más odiado? Y es éste un aborrecimiento infinito. Mis ojos apenan aciertan a mantener unos segundos la mirada y mis tímpanos permanecen paralizados ante el angustioso sigilo. Todos los sentidos te buscan pero hallan ausencia. En un intento por rescatarte, busco una luz al otro lado de la tronera y al encuentro llega la lluvia.

La importancia de no derramar café

Le gustaba llegar temprano ya que el ritual exigía su tiempo. Pausadamente colocaba la cápsula en el receptáculo y aquella tostada semilla inundaba la oficina de un aroma soberbio.

Aquel día, coincidiendo con la última gota de moca, la puerta se abrió inesperadamente. De la chistera de los recursos recuperó una espléndida sonrisa con la que agasajar al recién llegado gerente. Una estudiada cortesía le permitió salvar un saludo para, inmediatamente, apostillar no sin cierto orgullo, podemos estar satisfechos con los números del trimestre.

El directivo le miró sorprendido, verdaderamente nunca me importó demasiado tu concepto de satisfacción siempre que las estadísticas ofrecieran los datos adecuados, le contestó sin disimular su contrariedad mientras forzaba una mueca de disgusto por el café que acababa de derramar.

Alva

Dejaba el mar tras de sí cuando dirigió el vehículo a través de la perfecta recta pavimentada que atraviesa la exuberancia verde del cereal, sólo interrumpida por el blanco inmaculado del campanario. A medida que acortaba distancia, el edificio ganaba magnificencia y el vetusto roble desafiaba su belleza. Tomó el desvío y en pocos segundos alcanzó la verja.

Junto al camino que rodea la iglesia, a la izquierda del longevo fagáceo, una mujer permanecía impasible al devenir de la tarde. Sin duda se trataba de Novalie. Lars se acercó y la saludó con voz queda. Ella le miró y esbozó una sonrisa imposible en su rostro aún húmedo mientras su mano asía la de él con rabia contenida. Al dirigir Novalie de nuevo su mirada hacia la tierra, Lars tropezó de bruces con la realidad.

Una pequeña piedra rectangular donde se leía Alva rompía el perfecto orden del césped, alrededor unos juguetes huérfanos. Lars los limpió con pulcritud.

Tampoco pudo evitar la misma sensación de humedad que antes sintiera Novalie.

El delicado efluvio del papel

Suelo encontrar satisfacción en la lectura nocturna. Despedir la rutina cotidiana con una aventura, un ensayo o un poema. Una torre de literatura flanquea el espacio de nuestro abrigo y proporciona perspicaz material para un gozoso encuentro. No acierto a comprender tu renuncia al suave tacto y el delicado efluvio del papel. Sólo un minuto y regreso de Portugal con un elefante, argumento mientras intentas sin éxito que renuncie a mi voluntad infinita de viajar.