Propósitos azules

El árbol de la vida

Cuando las luces se apagan, una luz mística conduce al espectador a través de las palabras y los silencios; le transporta de la eclosión de la luz al devenir de la oscuridad, combinando magistralmente una sucesión de imágenes y los fundidos en negro…

El árbol de la vida es tanto un viaje evolutivo como espiritual, la eterna búsqueda de nuestro origen y de nuestro destino, conducidos por los ojos y el corazón de un niño. No condiciona, sugiere, y lo consigue hasta un punto en que no puedes mantener templanza. Te introduces en ese particular diálogo que se establece con uno mismo y con los otros, para concluir que sólo amando se alcanza la felicidad.

La película de Malick es, en definitiva, un espectáculo visual, sonoro y lingüístico que te induce a participar en él.

8 meses y 8 días

Repaso mentalmente una interminable lista que Ernesto me hizo llegar unos días atrás por correo electrónico. Por un momento tuve la sensación de que ibamos a competir por algún premio de repostería más que a preparar una merienda informal. Definitivamente renuncié a seguir buscando la glucosa cristalizada… a la gente le cambia el gesto cuando pregunto por ella.

Ayer olvidé de nuevo avisar a Sara, intenté escribirlo en mi agenda electrónica pero, claro, para saber que hay tareas por hacer debes mirarla y esa es mi asignatura pendiente. No era distinto cuando se trataba del clásico dietario de papel. Hoy me he propuesto no acabar el día sin hablar con ella. Procuraré estar allí antes para ayudarte, conozco ya su respuesta. Toda ella es dulzura.

Suena el móvil y me apresuro a descolgar. Sí, diga, casi no acierto en el saludo. En cinco minutos te recojo, la acelerada voz de Carlos se entrecorta. ¡Las bebidas! Habíamos quedado para ir juntos a comprarlas. Nueva carrera esta vez para vestirme. ¿Dónde dejé el cinturón? Anoche fue un desastre pero ya no es una novedad, es una terrible rutina, tediosa e inevitable rutina.

Como tantas otras noches, prorrogo hasta lo indecible mi llegada al lecho. A Morfeo le cuesta extender sus brazos para acogerme y ya casi no queda nada de lo que charlar con la almohada. Con lentitud premeditada me desvisto, apago la luz y, casi mecánicamente, me reclino sobre la parte de mi cuerpo que solía vencerme el sueño y, con un profundo suspiro, repito el mismo deseo de cada fin de jornada, ¡ojalá amanezca pronto! Así comienza la pesadilla, una vigilia con extraños compañeros de viaje, la soledad, la añoranza, la tristeza… hasta que llega el alba y los dispersa.

Quiero pensar que no es tan importante y que, a diferencia de los fumadores cuando abandonan el hábito, no llevo la cuenta de mis insomnios, pero no es cierto. Hoy hace ocho meses y ocho días, es día ocho y es mi cumpleaños. No consigo encontrar el cinturón y seguro que Carlos se irá sin mí.

Ante diem

Cuando el sueño no llega hasta el inexistente rumor de la oscuridad exaspera nuestra cordura si es que ésta aún existe. De nada sirve contar ovejas cuando el pastor se despreocupó de ellas, se dispersaron en la llanura del olvido; de nada vale intentar alcanzar una calma que abandonó mi ser prematuramente, de nada sirve pensar que estás a mi lado cuando tu lugar en el colchón lo ocupa la ausencia.

Voltear a lo largo del ahora inconmensurable espacio de este lecho, deshojar mis pesadillas, penar por las palabras que pronuncié, sopesar las que ahora te escribiría si pudieras leerlas… las horas nocturnas se tornan eternas cuando no se comparten. Las horas diurnas hubieran anticipado un venturoso crepúsculo de no haber prevalecido la arrogancia de una razón petulante.

Laberinto de recovecos

Con calculada cordura afronto el laberinto de recovecos que encamina la jornada a su fin. Las paredes del estrecho pasillo rezuman palabras de incontables voces que por él pulularon. Soy capaz de percibirlas cuando las acaricio lentamente. La fricción de mis dedos genera una acústica que deleita mis oídos. Ana sonríe y gesticula un adiós sin parirlo. Devuelvo el saludo sin perturbar sus tímpanos.  Ha dejado de llover.

El sentido de su verbo

Como movido por un resorte, se desveló súbitamente en un momento indeterminado de la madrugada aún con ese prurito tan propio del despertar, más si este es brusco. Se incorporó en la cama y, sin un porqué, se dirigió al ventanal. Apenas si comenzaba a dibujarse el nuevo día, sus ojos todavía enturbiados por el repentino hallazgo, ya intuían el azul del mar frente a ellos. Al este, la linterna del faro mantenía su inexorable marcha ajena a las primeras luces del alba; al norte, la bruma comenzaba a desaparecer; al oeste, las luces del pueblo, ya muy debilitadas, agonizaban; al sur, el sentido de su verbo.

Un descanso

A menudo se hace necesaria una parada que disminuya la vertiginosa velocidad que toma la vida. Un momento de reflexión y encuentro con uno mismo para continuar, si cabe, con más fuerza; enriquecer el alma con nuevas experiencias que satisfagan el espíritu para que revierta en palabras que sean vertidas en este espacio. En unos días volveremos a encontrarnos, si lo deseáis, con nuevos propósitos…

El primer tren

Posiblemente no era sencillo hallar la salida del laberinto en el que mi vida se había transformado. Estar solo y sentirse solo, no había gran diferencia entre ambos verbos en aquel entonces. El amor hibernaba en algún lugar, de eso no había duda, el problema era saber dónde se ubicaba ese espacio y cómo acceder a él.

En esa ausencia de esperanza, vagabundeaba por los vericuetos de una anodina subsistencia hasta que una jornada cualquiera, el azar me llevó a la espera de un ferrocarril. Nadie sabía de tu presencia en aquel tren, nadie te esperaba, nadie podía prever que aquel día estaba reservado para nuestro encuentro.

En un vagón de impreciso número, tras abrir la portezuela, apareciste como la luna en las noches de estío, serena, brillante y majestuosa. Cuando nuestras miradas se cruzaron el mundo se detuvo, nada importaba, todos dejaron de existir, nos sumergimos en corazón ajeno, buceando entre mareas hasta alcanzar la incipiente semilla que acabábamos de plantar el uno en el otro.

El encuentro de nuestras pieles se produjo de manera fortuita mas ya era  añorado por desconocido, jubiloso en su contenido, urdido en lo más profundo de nuestro deseo y convertido en germen imparable de dichosa cosecha.

Recorrimos las calles paseando con orgullo nuestra devoción, nuestra alegría, nos besamos en cada rincón jugando a esquivar las indiscretas cámaras de seguridad de las esquinas. Éramos felices incluso compartiendo un simple gesto bajo la tenue luz de una farola. Devoramos demasiado rápido las perdices.

Nos separaba la salvable distancia que trababa nuestro encuentro, las inquietudes impacientes de la juventud, el siniestro abismo etario que en ocasiones jugaba con nosotros haciéndonos hablar lenguajes ininteligibles que nos sumían en la tristeza del amante no correspondido. Naufragamos en un mar que no supimos cruzar…

El límite de la oscuridad

Una premonición invisible quiebra sin piedad el sueño. Nada existe entre los infinitos límites de esta oscuridad. No más cábalas, no más insomnios a deshoras, me digo. A mi lado, las palabras que condujeron al sueño. Alzo el ser con una retahíla ininteligible sólo detenida por el esfuerzo de vencer esa astenia que impide al día iniciar su andadura. Sin pretensión, amanece la rutina.