Propósitos azules

Matices en blanco y negro

Al cerrar la puerta un sentimiento de desasosiego la invadió, no había duda de que su futuro no estaba allí pero dejaba en esa casa tanto tiempo y tanto amor, ese amor que te empuja a no mover el pomo, ese tiempo que te arrastra sin piedad a la cómoda rutina, que por un momento su paso dejó de ser firme y sobrevino un calor que sólo sintió ella. Aún eran audibles los ruegos de él a través del pasillo en penumbra pero desgraciadamente los reproches ya habían hecho mella en las paredes del habitáculo donde resguardó su corazón cuando la tormenta comenzó.

Cerró los ojos con fuerza y dio un portazo que la devolvió a la realidad, el estruendo penetró con brusquedad en su órgano auditivo causando un dolor más terrible por su significado que por su acción. Asió su maleta con fuerza y recuperó la firmeza de su paso aún a costa de movilizar todos sus recursos. El ascensor se demoró unos segundos, pocos pero suficientes para que él alcanzase a abrir y gritar con desconsuelo ¡por favor, no te… La repentina llegada del ascensor frustró la posibilidad de que pudiese acabar la frase, ella se apresuró a entrar y rápidamente comenzó a descender.

El día era frío, un día de invierno con matices en blanco y negro, muy similar a su existencia de entonces. Una fina lluvia se fundía en su rostro con las lágrimas y empapaba paulatinamente sus ropas, buscó un taxi durante unos minutos que se le antojaron inagotables.

La habitación del hotel tenía un aspecto lúgubre, lámparas de forja de tenue luz pendían a ambos lados de una cama cuya colcha amarilleaba por el uso. Se dejó caer y buscó un cigarrillo en su bolso. Aspiró profundamente al encenderlo, inhaló el humo como si de un aliento de vida se tratase. No consiguió recordar cuándo fue la última vez que fumó, la última vez que se prometió a sí misma que era definitiva su decisión de no volver a hacerlo. Sintió un ligero mareo con el tabaco, se recostó y parpadeó para librarse del molesto escozor que sentía. Una melodía empezó a cobrar fuerza, el teléfono móvil se encendía y se apagaba casi al ritmo de la música. Ignorar la llamada fue un primer paso hacia el olvido, con rabia difícilmente contenida arrojó el aparato lejos de sí, tal y como él hizo con su confianza.

Una vela se extingue

Te recuerdo con tu sonrisa cautivadora, tu palabra sencilla y agradable. Las tardes en tu casa se llenaban de animadas conversaciones, en realidad todos iban no sólo por el cariño que sentían por ti sino porque conseguías con tu actitud que cualquier problema, por más dificultoso que pudiese parecer, se convirtiera en nimio.

Una tarde, cuando al fin nos quedamos a solas, cogiste mi mano y apretándola fuertemente, me dijiste siento que me apago como una vela. Me aferré a tu mano y sin articular palabra, sufrí en mi interior tu dolor. Enjugué tus invisibles lágrimas con toda la ternura que pude hallar en mi corazón, mientras las mías ansiaban convertirse en manantial.

Días después, la luz de tu candela se extinguió, tu castillo fue rendido por ese enemigo invisible que nunca comprendiste, el mismo que no tuvo piedad en sesgar tus proyectos de futuro, tu sempiterna alegría. Quedamos huérfanos de tu presencia pero nunca abandonarás nuestro corazón…

Viento del sur

Su sonrisa es sincera, como lo son sus palabras y silencios; su corazón, tan inocente como el de un niño. Hoy llega lesionado, una profunda herida que interesa a más sistemas orgánicos de los que a priori parece. En su rostro no se atisba el dolor, las lágrimas sólo desgarran su intimidad. En la profunda soledad de su cuarto no hay consuelo, en su alma no hay rencor.

El amanecer trae nuevos aires, vientos del sur que arrastran consigo la lluvia; agua que riega el campo de su espíritu. Alcanza la primavera como estación de felicidad, en ella se resume su cosecha y de su vientre surge un nuevo principio. Será nómada por ella, atravesará las distancias entre ambos y retornará a su edén.

Ese mágico lugar

A veces me sorprendo a mí mismo contemplando absorto ese mágico lugar donde guardas la ambrosía con la que cada día me deleitas y una sutil complacencia acude a mi encuentro. Cuando sucede así, el vital músculo me delata y no puedo evitar que parte de mi esencia brote al exterior de mi ser, esbozo mi mejor rostro y acudo al abrigo de tu rada, allí donde los vientos del desaliento no nos alcanzan, donde no precisamos verbo para nombrar el mar, donde se halla nuestra empírea morada.

Cadenas

El desayuno
Un día más despierto con una terrible sensación de angustia, siento un escalofrío que corre en mi interior y alcanza mi alma. Me giro pausadamente y allí estás tú, mirando la escena con miedo e impotencia. Acaricio entonces tus mejillas en un vano intento de transmitir una serenidad que tampoco poseo. Tus ojos casi imploran una respuesta, soy consciente que desde la irrupción de esta afección en mi vida, ya no he vuelto a ser quien era. ¿Alguna vez te conté que tener una enfermedad crónica es como arrastrar una cadena? Una pesada carga que te acompaña en todo momento y en todo lugar. Uno quisiera olvidarla, ignorarla aunque sólo sea por unos días pero resulta ser inmisericorde. Es curioso porque aún cuando todas las pruebas reflejan una supuesta normalidad, tú la sientes en tu interior, como si de un alienígena se tratara.

Lo primero que te viene a la cabeza es preguntarte por qué en el macabro juego de la probabilidad genética te tuvo que tocar a ti. Te enfadas y descargas tu ira en interminables noches sin sueño. Inútil resulta entender este rompecabezas. Libras una singular batalla, por un lado intentas evitar leer sobre la evolución y, por otro, nuestra innata curiosidad nos lleva a hurgar en los rincones de la red. Curiosamente, te enseña a vivir, a disfrutar de lo cotidiano, de los pequeños detalles. Aprendes a valorar lo que eres por encima de lo que tienes, y lo que tienes antes de que su pérdida te enfrente al terrible vacío de su ausencia. Sólo intento que comprendas el porqué de mi desasosiego, que entiendas que en ocasiones resulte difícil sonreír pero que no olvides que, en cualquier caso, tú eres con quien he decidido recorrer este camino que es la vida.

El buzón

Cuando desapareciste en aquel tren, te llevaste contigo todos nuestros poemas en el equipaje de tu corazón. Ni un adiós, ni aún una luz. En el convoy, mi aliento; en el andén, desesperanza. La máquina es tan fría como tus sentimientos y se mueve por un impulso falto de toda terneza, en ello os asemejáis.

No hubo conmiseración en tu discurso a pesar del menoscabo que turbaba mi espíritu, ni un barrunto de clemencia en tus ojos. Esa fue en realidad tu primera despedida.

Abandoné cabizbajo la estación, puse rumbo a mi nueva soledad y deambulé por los rincones donde furtivamente fuimos esparciendo pequeños fragmentos de nuestro tesoro, por si algún día perdíamos nuestro camino, pero como en el cuento, éstos habían desaparecido.

Un sonido familiar y en el infame receptor móvil que destruye toda intimidad, una comunicación cuyo origen conozco bien. Lo siento, es todo lo que alcanzo a leer. ¿Qué sientes?, me pregunto, ¿haber arrancado una parte de mí o haber perdido promesas en el armario de tu olvido? Yo también lo siento, siento resquebrajar mi interior.

En lo que permanece de nuestro hogar y le separa del mundo dejé una hendidura para una carta que no llegará, una epístola que jamás escribirás y aún así soy incapaz de mirar el buzón con serenidad.

Un rincón de mi futuro

Doy comienzo al mecanismo, un imaginario interruptor. No puedo verte pero siento tu presencia. Quizás te has escondido en algún rincón de mi futuro. Atrapado aún en oníricas cadenas, me resisto al esfuerzo de romperlas aunque acabaré sucumbiendo a los encantos de Hemera. Hay indicios de ti en el planning de mi día y disfruto hallándolos. De una manera cada vez más obvia, el mundo da señales de su despertar.

Una infancia normal

Cuántas veces me quedaba boquiabierta al contemplar las series familiares idílicas en la televisión, o los rostros felices de mis compañeros cuando relataban sus aventuras de fin de semana con los suyos. Yo quería una infancia normal, como la de cualquier niño, esos que juegan al atardecer, se reunen para contar historias o se acercan al río para deslizar piedras por la superficie del agua.

Una madre normal, de las que se enfurecen cuando llegas tarde o cuando apareces con la ropa de tía Gertrudis salpicada de travesuras, de las que sirven platos que no se inmutan ante tu voraz apetito. Un padre al uso clásico, de los que se disgustan con una mala nota, de los que olvidan tu onomástica, de los que convencen a mamá cuando pides algo desorbitado. Sin embargo nadie en mi oráculo particular escucho mis plegarias.

Mamá solo sabía viajar a la nevera entre pitillo y pitillo, hasta que trasladó su residencia al sofá y convirtió el mando a distancia en su nuevo brazo. Al llegar del colegio, buscaba entre sus restos algo comestible para saciar esa horrible sensación en mi vientre. Papá observaba atónito la situación incapaz de resolver el problema, desbordado en su capacidad. Los días que se percataba de mi presencia, me miraba lastimosamente, tomaba mi mano y me rescataba al paraíso de la comida rápida pensando quizás que esa acción podría suplir la evidente dejadez a la que era sometida.

Conseguí graduarme en supervivencia, licenciarme en manejo de ausencias maternas y doctorarme en alimentación bajo condiciones extremas… Soñaba continuamente, imaginaba que un día, al salir del colegio, mis padres habían conseguido escapar del hechizo que alguna bruja malvada les provocó y huíamos felices a una tierra lejana. Soñaba incluso cuando mis ojos permanecían abiertos.

Mientras mis pensamientos caminaban en esos derroteros, intente mover el brazo pero una extraña fuerza me lo impedía. Al tratar de zafarme sentí como un aguijón en el codo, adiviné que bajo el inocente aspecto de aquella gasa una aguja penetraba en mi cuerpo. Al otro lado, tía Gertrudis apretaba con suavidad mi mano mientras acariciaba mi pelo y repetía todo esta bien. Como si de un lector se tratase, regresé al momento cuando este episodio comenzó. El día que, a la vuelta de clase, súbitamente las sombras me rodearon y todo se fundió en negro.

No recuerdo más aunque me esfuerce en ello, recuerdo sin embargo el día en que aquella terrible pesadilla acabó, cuando la dicha retornó a mi vida, cuando todo lo que alguna vez había soñado se hizo realidad… ahora mi nueva familia ha devuelto la sonrisa a mi rostro.

Las sombras del ayer

Todo parecía tan complejo cuando sus almas se cruzaron por primera vez que ninguno de ellos hubiera confiado en la posibilidad de iniciar una andadura por los vericuetos del enamoramiento. Las heridas del pasado no curan con el tiempo, se sobrellevan y sus secuelas tornan difícil incluso la más anodina de las sendas. A pesar de estos pensamientos, decidió deshacer el equipaje de sufrimientos y empezar un nuevo bagaje juntos. Siempre fue tímido así que hizo acopio de todo el coraje que fue capaz de hallar en su interior para acortar una distancia no deseada.

Las palabras se agolpaban en su mente, luchando por un espacio en un diálogo aún por construir. Resultaba complicado imponer orden en aquel maremágnum de ideas, sentimientos y pasiones. Intentó ayudarse con la complicidad de su mirada y la connivencia de su piel, consiguió así fundirse en un solo sentido que, sin llegar a ser perfecto, era la vía más directa al jardín de su regazo, al paraíso de su amor. La recepción fue impecable. Los momentos sucedían a los instantes, la realidad a la ilusión y los besos a las sonrisas. Un mundo surgía del encuentro de sus almas y se abría paso entre las sombras del ayer.

Nueva York

No sin cierta desgana eligió unas prendas del vestidor. Resultar elegida entre todos los aspirantes la llenaba de orgullo, mas atravesar dos continentes sin sentir su apoyo se le antojaba como una tarea de complicada ejecución. Respiró profundamente, impregnó sus pituitarias con el etéreo aroma de él y lo añadió con delicadeza a su equipaje; sin lugar a dudas sería lo más parecido a su compañía.
El sonido de sus pasos en la cocina la devolvió a la realidad. Te prepararé unos bocadillos, le dijo con voz trémula mientras se esforzaba en disimular su enojo. Los patrocinadores ignoraron las recónditas intenciones de su corazón.

Interrumpiendo su enternecedor trabajo culinario, ella asió su mano y le llevó consigo al lugar donde sus besos florecen, donde la eterna primavera transforma los sueños en mágica realidad. Un jardín construido con sublimes deseos. Perdió su piel en la de él convirtiendo en eterno el instante y exhalando una profunda tristeza por el inminente viaje. Se acurrucó a su lado para evitar el frío del alma en las despedidas y ambos hicieron brotar un río que habría de desembocar en un reencuentro.