Skrea Strand

En Skrea Strand uno alcanza la playa atravesando una suerte de casitas bajas todas ellas de madera construidas en perfecto orden, a ambos lados de un estrecho camino asfaltado que finaliza en otro mayor que discurre paralelo a la línea del litoral y que une el resto de casitas dispersas entre sí y éstas a su vez con la carretera principal que les conduce a Falkenberg, villa a la que pertenecen.

Todo el poblamiento parece estar protegido del mar por una impresionante barrera de dunas tras la cual se halla una playa de arena tostada. aquí y allá surgen impresionantes generadores de energía eólica mas ni siquiera su presencia es capaz de romper el sonido que surge de la naturaleza que nos rodea.

Cierro los ojos y regreso al tacto del viento, al olor del atardecer, a la música de la primavera, al sabor del amanecer en la casita del jardín. Al finalizar la experiencia, una alfaguara brota en ellos.

 

Procuro olvidarte

Hace ya tres años desde nuestro encuentro, tu llegada fue tormentosa como la vida que dejaste. Tu juego manipula el destino, transforma en pesadillas los sueños y gusta de romper ilusiones. Hasta el momento de aquella desafortunada coincidencia, no llegué nunca a ser consciente de tu existencia, siempre te veía parasitar vidas ajenas y uno nunca es capaz de experimentar el dolor ajeno. ¿Qué buscabas en mí?

Reptando, así te aproximaste a mí, esperando pacientemente tu tiempo hasta encontrar el modo de vencer mi desconfianza, entonces llegó el caos. Me dejé caer en tu tentación y me sumergí en el mar de la duda, donde sólo habita la soledad.

Aún siento tu gélido aliento muy próximo a mi alma, un sutil hálito que parece generarse en mi interior y que no ha cesado de palpitar desde que llegaste. Cada vez que intento cerrar tu puerta, una duda me asalta, ¿es tu llave maestra?

Un nudo en la garganta

Te siento a mi lado cuando el cansancio me vence, de una manera fugaz entras en mi sueño, acompañándome en una historia ficticia que nunca se repite. Yo pongo las ganas y tú la sonrisa, a veces al revés, pero esa es una espléndida manera de recorrer el camino en mutuo apoyo.

Te siento a mi lado cuando mis ojos se abren a la luz del cálido amanecer, como si de un momento de magia se tratase, una sonrisa se dibuja en tu rostro y tu sonrisa ilumina el alba, emanas amor con la mirada. En un instante fecundo, parimos felicidad y disipamos la oscuridad que nos rodea.

Te siento a mi lado cuando esperanza vierto en mis palabras, tu aliento rebosa fuerza y tu alma, inspiración temprana. Eres ilusión que deshizo el nudo de mi garganta, energía que a mi corazón no falta. Tan solo pensar en ti es suficiente para que mis manos derramen tu gracia en frases concatenadas.

Tarantella

Hay una casita en Tarento, junto al puerto, una pequeña construcción en adobe y ladrillo, encalada una y mil veces en un vano intento de reinventarla cada vez que cambia de manos. En la fachada que enfrenta al mar hay una ventana cuyos vanos y persianas sufren el inmisericorde sol mediterráneo. Toda casa que se precie posee una historia que va ligada a ella, unas veces con luz, otras con sombras pero siempre particular y genuina.

Giuseppe la construyó con sus propias manos, como casi todos los tarentinos, vivía de lo que el mar surtía, así que tiró el pequeño cobertizo que su abuelo le dejó y la alzó cuando desposó a María, la flor que convirtió en oasis su desierto, como solía llamarla. Solía permanecer en la ventana al alba mientras el barco de Giuseppe entraba a puerto. Él hacía sonar la sirena tan pronto divisaba el resplandor de su mirada.

Hay hábitos que no por mucho repetirlos se convierten en rutina; aquella imagen en la ventana, aún siendo frecuente, no dejaba de ser un motivo de gozo, la razón de un aliento, el motor de su vida. Cuando las luces de Tarento se dibujaban en el horizonte, sobre el monótono chapoteo del agua sobre el casco de la nave, se elevaba la voz de Giuseppe cuyo torrente no cesaba hasta divisar la sonrisa de su amada en la ventana.

Tanto amor cabía en su cantar, tanta luz rebosaban sus notas y tanta felicidad procuraban a quienes las escuchaban que aún hoy los tarentinos cortejan a la persona amada con él.

Tjolöholm

Te seguí a través de la niebla hasta donde el jardín se funde con los cimientos. Sonreías mientras intentabas adivinar el interior del pequeño mirador. A pesar de la lluviosa noche, los senderos que bordean el muro de piedra aparecían tan solo húmedos, en absoluto anegados como temíamos. Las primeras luces del sol empujaron la bruma permitiendo al paisaje recuperar su color, un delicado perfume comenzó a inundar el espacio entre ambos. Sentiste la ineludible necesidad de inhalar ese olor que, fundido con el dulce sentimiento, penetraba en tu interior proporcionando un aire fresco de vida.

La verde alfombra en la que nos movíamos alcanzaba con rotundidad la playa, aquella inexistente arena tostada no osaba rescatar un ápice del terreno perdido ante el contundente verde. En el centro, éste se había aliado con un sólido muro que frustraba cualquier posibilidad de cambio. Miraba absorto esa vana lucha cuando tu voz quebró el silencio mágico del diálogo con la naturaleza. Con tu sonrisa, ahuyentaste mis fantasmas, con tus ojos conseguiste quebrar la bruma y deshacer el hechizo que restaba color a Tjolöholm.

El resto de tu vida

No tengo tu rostro
no tengo tu risa
tu calma, tu prisa
preciados tesoros
ahora sin vida
ahogados en rutinas
inventadas por nosotros
qué paraíso no daría
por el resto de tu vida
enjuagar de lágrimas tus ojos
y dibujar precoces sonrisas
tras la amarga despedida
sentimiento ignoto
de asaz melancolía
turba el alma mía
y conduce a mi abandono
desde tu partida
sueño tu misiva
sólo deseo tu retorno

Tú eres mi espejo

Dulce es el amanecer cuando el amor vela tu sueño, discreto el tacto que te anuncia el despertar. Hasta la noche, tenebrosa oscuridad que conquista la tierra cuando el astro completa su órbita, se estremece ante la presencia de tu corazón, es tal su fuerza que derribó todos nuestros miedos y edificó un anhelo común. Al unir nuestras almas también nuestros destinos se ligan, tu ansías caminar a mi lado y yo, recorrer junto a ti la vereda que a la felicidad conduce. Tú eres mi espejo, yo transparencia que tu sonrisa halaga.

La visita de la rutina

Habitáis el mismo lugar pero no compartís nada. Los sentimientos están prohibidos y se miden escrupulosamente los gestos de ternura. ¿Dónde quedó la sonrisa? De una manera mecánica llegáis al lecho, ocupáis vuestro territorio, insalvable ya en distancia, y no os atrevéis a cruzarlo.

Cuando la luz se apaga, aprietas con fuerza los párpados en un vano intento de forzar un sueño que no llega y comienza la agonía que sólo el alba alivia. ¿En qué momento acabó el nosotros? Quizás un día, tras recibir la visita de la rutina, os dejasteis seducir por ella, quizás el sedoso tacto de sus labios ya no era la necesaria meta de tus cálidos dedos.

La esperanza fluye en tu mundo onírico, pero ese torrente que llega a ser río no desemboca en ningún mar; no conduce a puerto la nave donde resguardaste el corazón. Una desagradable sensación punzante dibuja un gesto de dolor en tu rostro, inspiras profundamente buscando un remedio para tu mal.

Nadie a tu alrededor comparte la terrible experiencia que sesga tu insomne noche. Nuevo intento de cerrar los ojos, sólo cuando te prometes que mañana será el último día que regalarás a quien no entiende de futuro, quien malgasta el presente mientras éste sucede ante sí, el sueño te alcanza.

La carta

Cuando recibí tu carta ya me encontraba muy lejos, demasiado distante de la ciudad y a no sé cuántos abismos de ti, de tu corazón. Tras nuestro primer encuentro, pronto fui consciente que no había caminos que compartir, ninguna ruta que nos aproximara pero tu decisión inclinó mi voluntad hacia tu deseo. Tú buscabas que te quisieran y yo odiaba mi soledad…¡triste punto de partida! No lo pensamos demasiado, tampoco era nuestro propósito, ambos optamos por volcar toda la ilusión en aquello que habíamos puesto en marcha y que no sabíamos bien qué era y cómo llamarlo.

No tuve valor para compartir contigo mis inquietudes, mis muchas dudas…prefería esperar tu llamada y dejar que el torrente de tu voz me arrastrara a un mundo que aún me resultaba ajeno, extraño porque no terminaba por sentirme parte de él. Eras capaz de todo y más para ganar un segundo que pudieras compartir conmigo y, sin embargo, yo, que contemplaba nuestro entorno con la indiferencia de quien desconoce destino, no supe estar a la altura de tu entrega y dejé escapar a quien era capaz de amar y amarme. En cualquier caso, si ahora te escribo, es más para tranquilizar mi alma que para solicitar un perdón que no podrá librarme de una incómoda sensación de angustia.

Borrasca

Los días de lluvia salgo fuera de mi rutina, compruebo mis bolsillos para que nada me frene y no deshago equipaje sin que los primeros matices de tu esencia alcancen mi ser.

No consigo evitar que las gotas de lluvia desemboquen en mi río. Tú eras mi guía en la tormenta, el refugio al que mi vida se dirigía, final de camino y principio de ansiado amanecer. Eras alba nacida de la fusión del más vital de nuestros alientos.

Y vuelvo a la lluvia, regreso al momento en que todo ocurrió, ese lapso de tiempo que tu amor sació mi avidez de tu alma y aún con los ojos cerrados podía ver tu sonrisa, en la distancia, sentir tu piel e inundar el silencio con el timbre de tu voz.

La lluvia no se detiene, en realidad, no ha parado desde tu ocaso. Te llevaste la luz enredada en tu cabello, la alegría enlazada entre los dedos. Tu marcha desoló mi espíritu y dejó mi duelo a merced de la lluvia, por eso cuando llega la borrasca no puedo saber que empapa más mi corazón, si el agua que ella trae o la que tu adiós condujo hacia mi.