Cuando los veranos pasen veloces

Los veranos pasarán veloces
cuando la estrella del norte
se sitúe sobre la escarcha relajada
de sus noches empapadas en sudor,
y ya no habrá más pruebas ni retos,
ni símbolos del calor, sino abrumadores
detalles de una pared blanca
que no sabrá cuál es su función.

Los pájaros apenas tendrán tiempo
para una breve parada en la charca
cristalina como pasajero fulgor,
y los animales que despierten
después de cien noches de invierno
no se darán cuenta de lo ocurrido
al verse de nuevo enfrentados al sueño.

Cuando los veranos pasen veloces
no habrá más mar que el mismo mar
que nos seduce en todo instante ahora,
y en nuestras vacaciones estivales
habrá tantos días de sol como de nieve,
porque frío y calor no serán más
que dos caras de una misma moneda.

Sentir la vida

Por añoranza
vuelo,
desplegando atentamente
las alas atoradas.

Veo el camino
y las cimas
de este entramado
llamado red.

Erase una vez
el mundo entero
girando
cual rueda esférica.

Cierto día
se paró el viento
y los bosques
guardaron silencio.

El Sol, ardiendo,
desatendió
los puntos cardinales
y nos cegó a todos.

Las nubes,
atolondradas,
sin viento que las guiase,
se dispersaron.

Llovió en Calama,
donde no llueve jamás,
y Finlandia
perdió el verdor.

Ahora, con ojos arrasados,
las gentes del norte
espantan las moscas
venidas del desierto.

El Sahara, aliviado,
se llenó de pájaros
picoteando
los ojos de los niños.

Momentos de luna llena
se repitieron
en todos los mares,
a cada momento,

y las aguas
se colaron por los ríos,
batiendo sus alas
para trepar monte arriba.

Es así que nos sorprendemos
a cada instante,
sin saber qué se mueve:
si el mundo o nosotros.

Es por esto
que se borraron
los caminos todos,
permitiendo la odisea.

El mundo se llenó
de nuevas cimas,
caminos y puentes
aún sin descubrir,

y yo, cual piedra sorprendida,
me fui desintegrando
sobre la red de Perséfone,
afirmando la imposibilidad.

Perdimos los referentes,
ganando las batallas
a la improvisación
y la emprendedura.

Nos hicimos libres
para elegir el lugar,
ese hábitat mundanal
que sería propio.

Mientras Penélope,
paciente,
mantenía la espera
tejiendo y destejiendo,

yo accedí
al universo infinito
representado
en la cueva de Cyane,

sintiendo la inminencia
de toda posibilidad
a la hora de ver
y sentir la vida.

En el fondo del mar

Trabajabas en la biblioteca cuando yo era aún un joven tímido y poco decidido a desvelarte la profunda admiración que tu presencia me despertaba. Cuando por azar, o habría que decir broma de mal gusto del destino, nos encontramos casi quince años después no nos lo podíamos creer, pero allí estábamos frente a frente, hablando de nuevo y dispuestos a no dejar pasar una inesperada segunda oportunidad que la vida nos estaba brindando.

Todo lo que dijiste, todo lo que expresé, todo volverá a quedar dormido en el fondo del mar. Los trenes sólo pasan una vez en la vida, pero el destino quiso darnos una segunda oportunidad enviando el mismo tren a las puertas de nuestra posibilidad.

Ahora me alegro de que lo hayas perdido por segunda vez.

Motivos para escribir

Siempre quise escribir un diario, el típico diario personal donde alguien escribe sobre sí mismo sin pudor ni omisiones. El temor a que este cuaderno fuese encontrado y leído por alguien, sin yo saberlo, me hizo desistir de cada una de mis intenciones para llevarlo a cabo. Sin embargo hay otras vías para poder escribir. Un diario es cuestión de empezar y no parar, sin pensar en nada más. Así que allá voy.

No me acuerdo de mi pasado, soy amnésico, y por eso tengo la imperiosa necesidad de reflejar aquí todo cuanto ocurre en mi mundo para que quede constancia antes de que lo olvide.

Este es mi cuaderno público, para todos aquellos que gusten de inmiscuirse en las vidas de los demás y para mí mismo, por supuesto. Supero el temor a que este cuaderno sea encontrado de una forma tan fácil como efectiva: publicándolo. Así no hay temor, porque ya sé que siempre habrá alguien que leerá todo cuanto quede aquí reflejado.

Un solo pero: sigo teniendo debilidad por el cuaderno en papel, el tacto de sus hojas, el leve sonido del lápiz deslizándose, y siempre habrá páginas escritas únicamente para ser guardadas, a modo de catarsis. Nadie es perfecto. Además, ¿cómo expresar con palabras aquello que únicamente se puede apreciar con los sentidos? El intento de hacerlo queda guardado en las entrañas de mi libro de almohada.

Silencio

No había tiempo para nada más, tan sólo cerrar bien puertas y ventanas para que no entrase el frío. Y la nada inmensa, cálida, que lo rodeaba. La estancia estaba semioscura, sus ojos entornados, sus pies helados. Despacio y en silencio se dirigió hacia su cuarto. Allí hacía más frío. Era indiferente. Había aprendido a controlarlo. Acarició despacio las sábanas para quitar las arrugas y se tendió sobre ellas. Extravío. ¿Quién sabe donde estaba el mundo? Caos, destrucción y más caos. Poco se puede hacer ante eso. Las mantas cubrieron su cuerpo. Pudo sentir levemente el suave escalofrío que nos recorre ante un acantilado, pero sin ver el mar. Tan sólo trozos de su pensamiento como fragmentos enredados a su cuello, y los pies fríos como el hielo. Qué azul se torna todo a veces aun estando en la oscuridad más absoluta. Había extendido su brazo torpemente en dirección al interruptor de la luz, que pendía de la mesilla de noche, y se hizo el silencio. Breve sensación de frío en el cuerpo, otra vez. Rigidez y ausencia de movimientos para no perturbar. Si no lo tengo, no tengo nada.

El mago

Ha desaparecido el mago de la luz,
o quizás tan sólo se ha ocultado bajo las sombras
en un movimiento que no termino de comprender.
Luces y sombras, que son ver y mirar
mis dos mundos, mi mirada controlada,
mi vista desperdigada en claros ecos
que resuenan en las fronteras de mi entendimiento.

¿Y cómo aprehender tan magna aventura
si ya nací con alas para volar por cielos e infiernos?

Por los siglos de los siglos se abrieron dos mundos,
luces y sombras, alas y sangre,
ver y mirar, mi esencia, en un solo ser.

Transformación

Se detiene el tiempo por unos instantes y me sorprendo al verme suspendido entre dos extremos: la realidad y mi más profunda inspiración. Así que ahora ya no existe el presente o el futuro, ni el pasado, sólo lo permanente, lo intemporal. Entre la fantasía y la ensoñación recorro pausadamente unas sensaciones que me son familiares, mil veces presentes, pero ahora brillan con toda su fuerza e intensidad.

Noto cómo mi cuerpo se va enfriando. Ya no hay nada externo que lo caldee, pero no siento frío. Es imposible sentir frío cuando una fuerza tan inmensa te recorre y te da una nueva vida, desconocida para quienes se suelen quedar en la superficie de las cosas.

Estoy dominado por completo, aunque bien es cierto que no contra mi voluntad. El ente es estupendo. Se lleva parte de mi vida y me regala nuevas porciones que la sustituyen. Aprendo todo lo que me enseña. Es simple. Las cosas, según él, son más simples de lo que imaginaba. Pero aún así, desconfío.

Creo que tras el primer contacto consigo dominar un poco la situación, o eso parece. No creo que permita que se apodere de mi vida, pero no tengo certeza de ello. Cobra vida otra personalidad sin que “ello” se percate. Ya dije que es simple. Quizás cambios más complicados estén reservados a fuerzas futuras aún por llegar, pero esta energía, la mejor que poseo, quedará siempre en mi interior.

Virtual

Extrañeza de mundo. Noche. ¿Es la ciudad un pozo en el que caemos por accidente? No tengo la respuesta.
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En la soledad de mis paredes me encierro para evitar ser visto por última vez, callando los segundos eternos que abocan a un sueño terrible. En ciertas ocasiones salgo a la realidad y recopilo todos los datos necesarios para la ineludible conclusión de todos los días: cuánto esfuerzo sin recompensa, cuánto dolor a mi alrededor, cuánta impotencia. Nadie diría que vivo entre cuatro paredes, todo parece tan natural que me da pánico desvelar el secreto, ese gran secreto que supera todas las previsiones sobre mí mismo. Ahora que ya nada importa y todo me perturba dispongo de toda esa información que no contienen los diccionarios, que no me proporcionó la experiencia. Es lo más profundo, encerrado y sin llaves para escapar de una sala de despiece con la cancela oxidada por la humedad del entorno. Y nada importa lo demás, porque no existe, porque desapareció el viejo imperio de la vida y de la muerte sobre este asfalto que piso cada día.

En ocasiones me asomo por un pequeño agujero excavado a arañazos sobre los muros y veo un sol abrasador, o una oscuridad llena de historias vividas sin mí. Sobrevivo, y así paso cada uno de esos segundos eternos confirmándome, cada vez con más certeza, que no hay posibilidad de escapar, que el bosque se desintegró en árboles, el mar en agua, el viento en aire, el campo en tierra y, así, todo se deconstruyó. Dudo sobre si actuar o permanecer al margen. Deseo esto último sobre todas las cosas cuando me asomo por ese hueco fruto de rascar la pared; sembrar mi tierra artificial regada con agua artificial, invadirme de un bosque creado por mí, conformar mi aire, construir lo inconstruible y llegar así a ese punto en el que todos quisieran estar, aunque todavía no lo saben: un paraíso artificial, porque de los verdaderos no nos queda ni la memoria, donde vivir sin miedo al pasado.

Derrotar al ego

Hay que erradicar la visión lineal de la realidad para moverse en espiral, que a fin de cuentas es algo más parecido al movimiento universal de todas las cosas. Si nos sumamos a ese movimiento no lineal, el ego empieza a sobrar y, a partir de ahí, comienza un duro trabajo contra uno mismo. Es muy difícil luchar contra él.

La Casa Giratoria es mi medio de expresión acerca de todo esto, el movimiento no lineal aunque ininterrumpido, el seguir adelante aceptando que el tiempo es circular, por lo que todo lo que nos rodea es tan importante como nosotros mismos; la creación entregada al otro como motivo principal, no una creación destinada únicamente a satisfacer el ego. Esta es una de las cosas más difíciles, porque en el fondo, cuando creamos, esperamos el reconocimiento, el premio, la atención…….. y así hasta infinito, esto es, un criadero de insatisfacciones.

Supongo que el artista es un egocéntrico por definición, pero prefiero pensar que hay otros caminos, otras vías de creación, que existe un camino circular alternativo que quizás sea la solución al egocentrismo que padecemos.

Lo más curioso de todo esto es que la teoría ya la sabemos hace mucho, sólo hay que ponerla en práctica, así que, ahora más que nunca, a pensar 10 minutos y a actuar 50. Y el pasado no existe, al igual que el futuro. Sólo un presente continuo con el que hay que lidiar. En eso estamos…

Más allá de las palabras

Es tiempo de cambios. Asumo con displicencia todo lo ocurrido hasta hoy, pero me conmuevo profundamente en la sensación de lo ganado, de lo aprehendido con lazos que ya difícilmente podré desatar.

Y yo de nuevo en el punto cero, ese espacio suave y benevolente conmigo mismo en el que hago recuento de instantes, cierro los ojos y todo se me torna interior.

Las palabras fluyen torpemente, porque el lenguaje en el que quizás me fuera dado pensar, no es el latín, ni el italiano o español, sino un lenguaje del que no conozco una sola palabra, un lenguaje en el que me hablan las cosas mudas y en el que, quizás, una vez en la tumba me justificaré ante un juez desconocido.

Todo se me hace tan presente y tan vivo que me impongo el deber ineludible de sincerarme con todo aquello que me abraza, consciente de que mi libertad será también no olvidar los lazos atados libremente.

Es como si yo mismo estuviera en fermentación, echando burbujas, borboteantes y brillantes. Y todo esto en una especie de pensamiento febril, pero pensamiento con un material más inmediato, más fluido, más ardiente que las palabras. También son remolinos, pero no semejantes a los remolinos del lenguaje, que parecen conducir a perder pie, sino, de algún modo, hasta mí mismo, hasta el más profundo regazo de paz.

En este abandono del tiempo real dibujo en mi memoria un reloj imaginario que va marcando instantes que pasarán a formar parte de mí. Este reloj ha marcado tiempos que los dos hemos amado; y los seguirá marcando.

Citas en negrita:
Hugo von Hofmannsthal, Carta de Lord Chandos
Arquilectura. Madrid, 1981