El alféizar de mi ventana

Hace tiempo que no alcanzo a entrelazar las palabras que manan de mi corazón, se agolpan en mi mente y pululan a través de mis sueños, jugando de forma caprichosa con mi voluntad. La noche se interrumpe con despertares que siguen al sobresalto que me produce tu ausencia y mientras un sollozo rompe el silencio, mis pasos me empujan a buscar la reconfortante luz de la luna desde el alféizar de mi ventana

Un nudo en la garganta

Te siento a mi lado cuando el cansancio me vence, de una manera fugaz entras en mi sueño, acompañándome en una historia ficticia que nunca se repite. Yo pongo las ganas y tú la sonrisa, a veces al revés, pero esa es una espléndida manera de recorrer el camino en mutuo apoyo.

Te siento a mi lado cuando mis ojos se abren a la luz del cálido amanecer, como si de un momento de magia se tratase, una sonrisa se dibuja en tu rostro y tu sonrisa ilumina el alba, emanas amor con la mirada. En un instante fecundo, parimos felicidad y disipamos la oscuridad que nos rodea.

Te siento a mi lado cuando esperanza vierto en mis palabras, tu aliento rebosa fuerza y tu alma, inspiración temprana. Eres ilusión que deshizo el nudo de mi garganta, energía que a mi corazón no falta. Tan solo pensar en ti es suficiente para que mis manos derramen tu gracia en frases concatenadas.

Tarantella

Hay una casita en Tarento, junto al puerto, una pequeña construcción en adobe y ladrillo, encalada una y mil veces en un vano intento de reinventarla cada vez que cambia de manos. En la fachada que enfrenta al mar hay una ventana cuyos vanos y persianas sufren el inmisericorde sol mediterráneo. Toda casa que se precie posee una historia que va ligada a ella, unas veces con luz, otras con sombras pero siempre particular y genuina.

Giuseppe la construyó con sus propias manos, como casi todos los tarentinos, vivía de lo que el mar surtía, así que tiró el pequeño cobertizo que su abuelo le dejó y la alzó cuando desposó a María, la flor que convirtió en oasis su desierto, como solía llamarla. Solía permanecer en la ventana al alba mientras el barco de Giuseppe entraba a puerto. Él hacía sonar la sirena tan pronto divisaba el resplandor de su mirada.

Hay hábitos que no por mucho repetirlos se convierten en rutina; aquella imagen en la ventana, aún siendo frecuente, no dejaba de ser un motivo de gozo, la razón de un aliento, el motor de su vida. Cuando las luces de Tarento se dibujaban en el horizonte, sobre el monótono chapoteo del agua sobre el casco de la nave, se elevaba la voz de Giuseppe cuyo torrente no cesaba hasta divisar la sonrisa de su amada en la ventana.

Tanto amor cabía en su cantar, tanta luz rebosaban sus notas y tanta felicidad procuraban a quienes las escuchaban que aún hoy los tarentinos cortejan a la persona amada con él.

Tjolöholm

Te seguí a través de la niebla hasta donde el jardín se funde con los cimientos. Sonreías mientras intentabas adivinar el interior del pequeño mirador. A pesar de la lluviosa noche, los senderos que bordean el muro de piedra aparecían tan solo húmedos, en absoluto anegados como temíamos. Las primeras luces del sol empujaron la bruma permitiendo al paisaje recuperar su color, un delicado perfume comenzó a inundar el espacio entre ambos. Sentiste la ineludible necesidad de inhalar ese olor que, fundido con el dulce sentimiento, penetraba en tu interior proporcionando un aire fresco de vida.

La verde alfombra en la que nos movíamos alcanzaba con rotundidad la playa, aquella inexistente arena tostada no osaba rescatar un ápice del terreno perdido ante el contundente verde. En el centro, éste se había aliado con un sólido muro que frustraba cualquier posibilidad de cambio. Miraba absorto esa vana lucha cuando tu voz quebró el silencio mágico del diálogo con la naturaleza. Con tu sonrisa, ahuyentaste mis fantasmas, con tus ojos conseguiste quebrar la bruma y deshacer el hechizo que restaba color a Tjolöholm.

El resto de tu vida

No tengo tu rostro
no tengo tu risa
tu calma, tu prisa
preciados tesoros
ahora sin vida
ahogados en rutinas
inventadas por nosotros
qué paraíso no daría
por el resto de tu vida
enjuagar de lágrimas tus ojos
y dibujar precoces sonrisas
tras la amarga despedida
sentimiento ignoto
de asaz melancolía
turba el alma mía
y conduce a mi abandono
desde tu partida
sueño tu misiva
sólo deseo tu retorno

Tú eres mi espejo

Dulce es el amanecer cuando el amor vela tu sueño, discreto el tacto que te anuncia el despertar. Hasta la noche, tenebrosa oscuridad que conquista la tierra cuando el astro completa su órbita, se estremece ante la presencia de tu corazón, es tal su fuerza que derribó todos nuestros miedos y edificó un anhelo común. Al unir nuestras almas también nuestros destinos se ligan, tu ansías caminar a mi lado y yo, recorrer junto a ti la vereda que a la felicidad conduce. Tú eres mi espejo, yo transparencia que tu sonrisa halaga.

La visita de la rutina

Habitáis el mismo lugar pero no compartís nada. Los sentimientos están prohibidos y se miden escrupulosamente los gestos de ternura. ¿Dónde quedó la sonrisa? De una manera mecánica llegáis al lecho, ocupáis vuestro territorio, insalvable ya en distancia, y no os atrevéis a cruzarlo.

Cuando la luz se apaga, aprietas con fuerza los párpados en un vano intento de forzar un sueño que no llega y comienza la agonía que sólo el alba alivia. ¿En qué momento acabó el nosotros? Quizás un día, tras recibir la visita de la rutina, os dejasteis seducir por ella, quizás el sedoso tacto de sus labios ya no era la necesaria meta de tus cálidos dedos.

La esperanza fluye en tu mundo onírico, pero ese torrente que llega a ser río no desemboca en ningún mar; no conduce a puerto la nave donde resguardaste el corazón. Una desagradable sensación punzante dibuja un gesto de dolor en tu rostro, inspiras profundamente buscando un remedio para tu mal.

Nadie a tu alrededor comparte la terrible experiencia que sesga tu insomne noche. Nuevo intento de cerrar los ojos, sólo cuando te prometes que mañana será el último día que regalarás a quien no entiende de futuro, quien malgasta el presente mientras éste sucede ante sí, el sueño te alcanza.

Borrasca

Los días de lluvia salgo fuera de mi rutina, compruebo mis bolsillos para que nada me frene y no deshago equipaje sin que los primeros matices de tu esencia alcancen mi ser.

No consigo evitar que las gotas de lluvia desemboquen en mi río. Tú eras mi guía en la tormenta, el refugio al que mi vida se dirigía, final de camino y principio de ansiado amanecer. Eras alba nacida de la fusión del más vital de nuestros alientos.

Y vuelvo a la lluvia, regreso al momento en que todo ocurrió, ese lapso de tiempo que tu amor sació mi avidez de tu alma y aún con los ojos cerrados podía ver tu sonrisa, en la distancia, sentir tu piel e inundar el silencio con el timbre de tu voz.

La lluvia no se detiene, en realidad, no ha parado desde tu ocaso. Te llevaste la luz enredada en tu cabello, la alegría enlazada entre los dedos. Tu marcha desoló mi espíritu y dejó mi duelo a merced de la lluvia, por eso cuando llega la borrasca no puedo saber que empapa más mi corazón, si el agua que ella trae o la que tu adiós condujo hacia mi.

Matices en blanco y negro

Al cerrar la puerta un sentimiento de desasosiego la invadió, no había duda de que su futuro no estaba allí pero dejaba en esa casa tanto tiempo y tanto amor, ese amor que te empuja a no mover el pomo, ese tiempo que te arrastra sin piedad a la cómoda rutina, que por un momento su paso dejó de ser firme y sobrevino un calor que sólo sintió ella. Aún eran audibles los ruegos de él a través del pasillo en penumbra pero desgraciadamente los reproches ya habían hecho mella en las paredes del habitáculo donde resguardó su corazón cuando la tormenta comenzó.

Cerró los ojos con fuerza y dio un portazo que la devolvió a la realidad, el estruendo penetró con brusquedad en su órgano auditivo causando un dolor más terrible por su significado que por su acción. Asió su maleta con fuerza y recuperó la firmeza de su paso aún a costa de movilizar todos sus recursos. El ascensor se demoró unos segundos, pocos pero suficientes para que él alcanzase a abrir y gritar con desconsuelo ¡por favor, no te… La repentina llegada del ascensor frustró la posibilidad de que pudiese acabar la frase, ella se apresuró a entrar y rápidamente comenzó a descender.

El día era frío, un día de invierno con matices en blanco y negro, muy similar a su existencia de entonces. Una fina lluvia se fundía en su rostro con las lágrimas y empapaba paulatinamente sus ropas, buscó un taxi durante unos minutos que se le antojaron inagotables.

La habitación del hotel tenía un aspecto lúgubre, lámparas de forja de tenue luz pendían a ambos lados de una cama cuya colcha amarilleaba por el uso. Se dejó caer y buscó un cigarrillo en su bolso. Aspiró profundamente al encenderlo, inhaló el humo como si de un aliento de vida se tratase. No consiguió recordar cuándo fue la última vez que fumó, la última vez que se prometió a sí misma que era definitiva su decisión de no volver a hacerlo. Sintió un ligero mareo con el tabaco, se recostó y parpadeó para librarse del molesto escozor que sentía. Una melodía empezó a cobrar fuerza, el teléfono móvil se encendía y se apagaba casi al ritmo de la música. Ignorar la llamada fue un primer paso hacia el olvido, con rabia difícilmente contenida arrojó el aparato lejos de sí, tal y como él hizo con su confianza.