No viví este largometraje como un thriller ni como un drama rural, sino como una experiencia de fricción constante, donde cada silencio pesa más que las palabras y cada gesto parece cargado de una historia previa que nadie se molesta en explicar. Rodrigo Sorogoyen filma sin concesiones, sin la tentación de embellecer el conflicto ni de ofrecer un punto de vista cómodo desde el que mirar; todo está ahí, expuesto con una crudeza seca, casi ética.

Lo que más me inquieta no es la violencia explícita —que llega como algo casi inevitable—, sino la normalidad con la que se va instalando el malestar, esa sensación de que la convivencia puede resquebrajarse sin grandes gestos, solo a base de desconfianza, orgullo y palabras mal digeridas. El paisaje, lejos de tranquilizar, acentúa el aislamiento, y los personajes no buscan mi empatía: me obligan a observarlos, a aceptarlos en su aspereza.

Terminé de ver la película con la impresión de haber asistido a algo incómodo pero necesario, una de esas obras que no te explican nada del todo, pero que te colocan frente a preguntas morales que siguen trabajando en silencio mucho después del último plano.