Alva

Dejaba el mar tras de sí cuando dirigió el vehículo a través de la perfecta recta pavimentada que atraviesa la exuberancia verde del cereal, sólo interrumpida por el blanco inmaculado del campanario. A medida que acortaba distancia, el edificio ganaba magnificencia y el vetusto roble desafiaba su belleza. Tomó el desvío y en pocos segundos alcanzó la verja.

Junto al camino que rodea la iglesia, a la izquierda del longevo fagáceo, una mujer permanecía impasible al devenir de la tarde. Sin duda se trataba de Novalie. Lars se acercó y la saludó con voz queda. Ella le miró y esbozó una sonrisa imposible en su rostro aún húmedo mientras su mano asía la de él con rabia contenida. Al dirigir Novalie de nuevo su mirada hacia la tierra, Lars tropezó de bruces con la realidad.

Una pequeña piedra rectangular donde se leía Alva rompía el perfecto orden del césped, alrededor unos juguetes huérfanos. Lars los limpió con pulcritud.

Tampoco pudo evitar la misma sensación de humedad que antes sintiera Novalie.